Páginas amarillas
- Alexander Maurello 🇨🇴

- 10 dic 2025
- 23 min de lectura
Actualizado: 6 may

El lunes de pascuita después de Semana Santa, el Capitán Guevara, se vio asediado con el arrume de reciclables al frente del comando, mientras gritaban "justicia" temprano en la mañana. Eso, más el embotellamiento generado en la carrera California que lo encerraba en su oficina, hizo que tomara una resolución que sabía que lamentaría en algún punto; así que, torciendo el gesto, levantó la bocina de su teléfono y pidió le comunicaran con el detective Carlos Ramírez.
El detective llegó ansioso. Desde hacía ya un par de días, le había pedido al capitán el caso de las Kaled, pues sus compañeros no avanzaban nada y habían agarrado al primer sospechoso que se les había atravesado. “De cosa no intervino el D.A.S.”, fue su pensamiento final ante la foto del posible culpable. Dobló el periódico donde leía las noticias y llegó a donde estaba su jefe.
Luego de una charla de más de una hora con Guevara, no demostró su decepción en el rostro sino una suerte de fastidio. Ese favor; es decir el caso, era como para unos patrulleros que quisieran ascender de puesto. No para él. A Ramírez le disgustaba tener que tratar con habitantes de la calle, eran difíciles, se movían con plata y usualmente sus comentarios eran callejones sin salida. El jefe lo convenció con el argumento que era el mejor efectivo de la policía y le habían pedido pronta solución de ese conflicto social.
¡Mentira! Si alguien con un apellido de abolengo —ya fuera gringo, europeo o un político—, no le pateaban la silla al Capitán, este no hacía nada con rapidez, aunque tampoco fue de inmediato el encontrar a alguien que quisiera el caso. Ramírez lo entendió apenas le dieron el folio, lo leyó íntegro y debió salir a buscar pruebas para confirmar los hechos.
Tan solo fue salir de la comisaría, ver a los manifestantes, y notar cómo cientos de pares de ojos cayeron sobre él: atravesó una pared invisible de olores ácidos, artificiales, dulzones, que se cruzaban a su paso. Gente con grasa pegada a la piel, con las narices sucias, tanto como sus ropas. Carretillas llenas de cartón aparcadas, mientras fumaban marihuana sin importarle las instalaciones oficiales. Todos reunidos a la espera de una respuesta.
El detective se remangó la camisa y, como si fuera a rebuscar en una pila de boñiga, caminó hacia el centro de ese grupo, libreta en mano y con ganas de resolver el caso lo más pronto posible. ¿La verdad? Ya apestaba.
Su primer destino fue el Boliche. Ramírez vistió lo menos vistoso posible para la ocasión. Cambió en la tienda un billete de veinte pesos en moneditas, que los locos siempre le iban a pedir camino abajo y, sobre todo, si quería encontrar a quien supiera algo. Entre más se adentraba a esa zona, se daba cuenta que era un hervidero de personas, de venta salvaje, de desguace de piratas y coleccionistas de lo desechable.
El primer día optó por preguntar y pagar con centavos a los locos del centro, quienes lo guiaban a uno en la telaraña de calles de esa parte de la ciudad. El Boliche, como una herida expuesta, es difícil de observar al rompe; y si no se tiene el coraje suficiente, la crudeza de la calle llega a afectarlo a uno. Muchos olores industriales que le dan densidad al ambiente y un hollín que sube por las paredes grises, de algún proyecto olvidado y que se confunde en las noches con sombras siniestras, que se lanzan sobre uno después de las siete de la noche.
Ramírez, con las mangas de su camisa hasta los codos y empapado en sudor, dio con la primera respuesta a su caso, algún testigo, alguien que narrara una versión inicial de los hechos. Luego de hablar con unos obreros en un desguace local, estos le indicaron hablar con el Pingajo, un desechable con una carretilla de tablas de colores patrios con la que se rebuscaba:
— Ese man y su llave, le pueden tirar la sopa – le dijo uno de los mecánicos. Ramírez frunció el ceño ¿Un hombre y una llave? ¿Qué clase de pista era esa?
Llegó a la conclusión de que no podía emplear su jerga policial para hacer las preguntas, porque nadie iba a cooperar. La actitud que mostraron los del desguace se debía a que, en algún momento, ellos también habían llegado del interior del país, igual que Ramírez, y por eso comprendían la formalidad propia de los Andes. Notaron que él no tenía la menor idea de dónde estaba, y le aconsejaron que fuera prudente.
Recorrió hasta entrada la tarde cada una de las callejuelas de la zona. Estaba decidido a encontrar al tal Pingajo para que le diera claridad, pero el tipo era escurridizo o estaba en sobre aviso de que alguien lo buscaba. Al final del día lo vio entrar a una casona vieja que daba a los caños y que estaba repleta de vagabundos. Decidió ser prudente y volver mañana con refuerzos.
Antes de devolverse a su casa, el detective decidió llegar un rato a Medicina Legal. Siempre al final del día, para no toparse con familiares desesperados o llantos desgarradores, también los forenses estaban más relajados antes de entregar su turno. El edificio de tres pisos, de ladrillo rojo y luces blancas, le daba una formalidad de funeraria. Saltó las escaleras de dos en dos y cruzó la puerta de vidrio doble del lugar.
Ramírez bajó hasta la morgue del lugar con las manos en los bolsillos. Se refrescaba con el aire acondicionado del interesante día de recorrer esta tierra bajo el sol. Entre más acercaba a las dos puertas grises, de donde salía el límpido olor a formol, sentía un resquemor en la garganta.
El forense era un tipo menudo en carnes. Ramírez sabía que era él por la bata distintiva y el rostro apacible de quien habla con cadáveres. Estaba justo en la puerta y terminaba de llenar una planilla. Cuando lo vio venir, le abrió la puerta con una media sonrisa cómplice. Ambos entraron y recorrieron un camino de camillas con sus sábanas manchadas de leves o profundos colores terrosos.
—Detective —saludo sin entusiasmo— ¿Vino por los del caño, supondré?
—Supones bien, Camacho. Las Kaled tendrán que esperar por mí ¿Qué me tienes?
El forense sin muchos rodeos, se acercó a una camilla, le miró el rótulo del pie y jaló la primera sábana. Una mujer desnuda, en condición de calle, la cara deforme por la hinchazón y la piel verdosa como una gelatina. Un ahogado normal, salvo su boca...
—Todos muestran la misma condición —masculló el forense Camacho sus palabras. Caminaba por una hilera de muertos que destapaba para que lo notara—.¿Los ves, detective?
Treinta cuerpos, treinta sonrisas. No eran marcas de ahogamiento, sino sonrisas plácidas, casi beatíficas. Era como si hubieran visto algo hermoso antes de morir... ¿Pero ahogados?
— ¿Alguna marca de lucha? ¿Moretones? ¿Una nariz rota? —preguntó Ramírez desconcertado ante la serena expresión de los muertos.
— Ninguna, ni un solo rasguño y si lo hay, fue después de muertos. Curiosamente, además de la sonrisa, tienen los pies descarnados y los tendones de los gemelos reventados. Más allá, solo se metieron al agua y... —Camacho miró por debajo de sus lentes mientras chasqueaba los dedos— se fueron felices.
El detective trataba de entender lo que sucedía, los imagino como poseídos, bailando en las fétidas aguas de los caños donde fueron hallados. Pensó en como convencer a una persona para ahogarse. Ramírez terminó con sus preguntas de rutina
— ¿Algo más? ¿Drogas en el cuerpo?
—Las que quieras, Ramírez. Al ser habitante de calle es un milagro si no las prueban. Pero, si te gusta pensar, se murieron de cansancio, no por ahogamiento. Extenuados por alta actividad física, como si hubieran corrido hasta caer.
Ramírez cubrió el cadáver y con un gesto de cabeza, se despidió con la misma efusividad de Camacho.
El segundo día de investigaciones, antes de meterse de cabeza en la zona señalada, Ramírez le pidió al Capitán que le dejara a un patrullero a su cargo, y que este fuera con ropa de civil a la entrada del mercado; a su vez, él dejaría tanta formalidad para la calle y el traje elegante vendría para el reporte final. Así las cosas, sobre las nueve de la mañana, luego de internarse y estar en el corazón del mercado, vislumbraron al fondo una casa republicana derruida que era usada de bodega, refugio y olla.
El detective Ramírez y el patrullero Suárez atravesaron el portal de la casa, donde dos coteros peleaban por una confusión de bultos, iba a haber tropel, pero ellos no estaban por eso. Cruzaron por un pasillo largo, pintado de un pálido verde con un irregular descascarado a lo largo de las paredes, con manchas de humedad enormes en el techo, moho y otras cosas indefinibles. Encontraron una suerte de patio, ya al final de la casa, que daba a uno de los caños circundantes. Allí se encontraba un aparcadero de carretillas destartaladas, a veces con inquilinos dentro, arropados con sábanas y cajas rotas, con las que cubrían sus cuerpos.
Ramírez, por instinto, se llevó el dedo índice a la nariz. Miró de reojo a Suárez, quien escupió al suelo y señaló la carretilla con los colores patrios
El patrullero Suárez le pegó un par de puntapiés y el reciclador se levantó del sueño, asustado quizás, por quedarse dormido. Este, con los muy ojos abiertos, miró a los tipos frente a sí, tan pulcros que lo primero que le vino a la mente fue gritar: — ¡Tombos!
El resto de sujetos se sobresaltaron cuando resonó el grito por los recovecos de la casa. Muchos corrieron, hombres a medio soñar abandonaron su éxtasis para cruzar las fronteras; algunas mujeres se escondían o tonteaban con las polleras, con una mirada de reojo que controlaba el panorama; había jóvenes recién lanzados a la calle que salieron sin ruido... niños sin madre o padre. Dejaron sus pipas y jeringas antes que los apresaran o les dieran golpes por el hecho de ser gente desechable. Otros, por el contrario, se envalentonaron y mostraron filos plateados a los costados de sus manos o revólveres hechizos, los llamados “chopos”, que se ocultaban dentro de las camisas roídas que tenían.
El supuesto Pingajo saltó del mullido saco dentro de la carretilla para ponerse en pie en el patio, presto para correr y dejar que la comunidad del centro devorara a quienes llegaron tan a lo profundo de la garganta del mercado. No llegó muy lejos. Suárez lo barrió de una patada y se le echó encima como un gato. Ramírez, al ver que los otros comenzaban a envalentonarse ante el evento, no dudó en dejar ver el revólver en la sobaquera, cubierta con naturalidad con el periódico que llevaba bajo el brazo todo el tiempo.
— Te preguntamos algo y te dejamos ir. ¿Va?
— ¿Pero van a tirar la liga? — repuso el Pingajo con un lloriqueo. Entonces Suárez, miró al detective y este asintió.
—¡Pago! ¡Pago!
Un cuarto de hora más tarde, los tres salieron de ese atolladero. El Pingajo colaboró al afirmar que se había confundido porque el sople estaba fuerte. El habitante de la calle sacó el carrito del patio y los dos civiles le siguieron con una sonrisa falsa, pero modesta. Los tres dejaron el lugar y decidieron subir hasta llegar a la Calle de las Vacas, percibieron el arrume de gente que se agolpa a esa hora y buscaron un restaurante de pollos asados.
Muy a pesar, ya que el dueño se entendía muy bien con Ramírez por ser ambos del interior del país, profirió un “no” rotundo cuando su coterráneo le propuso dejar comer al Pingajo en una mesa. El detective pidió un pollo entero con sopa y se pusieron a almorzar a un lado de la acera, junto a la carretilla.
El Pingajo parecía no haber comido bien en semanas. Engulló el pollo y vació la sopa en un santiamén. Un poco más consciente, más aterrizado, el sujeto levantó la cabeza como un gesto y manoteó como si exigiera una explicación. Suárez, entendió el mensaje y se lo pasó al detective.
— ¿Qué sabes de los muertos, allá abajo, por los caños del mercado?
— ¡Eche! ¿Y qué tengo yo que ver con esas vainas?
— ¡Pilla, loca! — apuntilló Suárez desesperado — Dicen que fuiste el último que vio a todos los que se pelaron. Le digo al detective que te embalemos, te llevamos y allá arriba, a la principal, llegaron unos tipos caleños que están medio tostaos — dejó un silencio de reflexión, uno que se sintió a pesar de lo atestado que estaba el pedacito de calle — ¡Pata es lo que vas a llevar...!
— ¡Mire, calidá, a mí no me achaque esos fiambres! El último que vio a ese montón de gente fue Lombrij´e Mulo — se levantó con los ojos casi salidos, azarado como un ratón ante el gato — Ese man era con quien me rebuscaba en la carretilla para los baretos; pero un día, subimos más allá de la Murillo y ese man no volvió normal. Se encontró un directorio telefónico amarillo, de esos viejos, entre la basura, se puso a leer. ¡Dizque a leer! Y cuando bajamos por Líbano, este cole se pone de pie en la punta de la carreta y se pone hablar mondas que nunca en mi chirrete vida le oí hablar. ¡Por mi madrecita santa que fue así!
Los agentes se miraron con suspicacia. En el tiempo que estuvo con ellos, no consumió droga alguna y estaba relativamente “bien”, a pesar que ya se rascaba el cuello y movía el pie ansioso. Antes de soltarlo por fin, Ramírez le preguntó por su compañero, Lombriz de Mula.
— Ese se tostó feo. Vayan hasta el fondo del caño, detrás del mercado de carne. Busquen una casona vieja, la única que todavía sigue en pie por allí. Allá espantan, cole.
Antes de dar la vuelta y emprender el camino a los caños, el Pingajo agarró del brazo al detective para reclamarle unas monedas:
— ¿Y no vas a tirar nada para el bareto?
— ¡Vomita, entonces! — respondió el detective Ramírez con fastidio en el rostro.
Atravesaron todo el Mercado de Carnes, con su variopinto cúmulo de olores, donde el revoltillo de aromas de especias, sangre y agua empozada deambulaban como un fantasma de hediondez. A su alrededor, hombres con ropas que alguna vez fueron blancas, —ahora impregnadas con el color de la carne y el recio hedor ferroso— conversaban entre risas y amenazas. Saltaron los riachuelos rojos que daban a los desagües más cercanos y, a medida que los expendios quedaban vacíos, crecía una sensación malsana que les recorría el abdomen, como si fueran observados por ojos invisibles entre la resolana del medio día.
Los dos hombres salieron por la parte de atrás del largo edificio cerrado, después de dejar el último tendedero con esterillas, allá donde traían los camiones con los animales descuartizados. Observaron asqueados como los perros se peleaban por los pellejos y las tripas que se desechaban. A esa hora, todo estaba desierto debido a la naturaleza del lugar.
Cruzaron la calle siguiente y subieron por un destartalado puente que unía un tramo de los últimos caños de la ciudad con en el principio de las invasiones. Entre las chabolas mal hechas se levantaba una suerte de mansión que, en sus mejores épocas, debió albergar personas de abolengo. Ahora, lucía como un caballero vencido y derrotado, con partes de su armadura esparcidas a su alrededor.
Hasta allá le llegó el sentido del deber a Ramírez, porque Suárez lo veía como una pérdida de tiempo. Fue el patrullero quien buscó entre los locos y habitantes de la calle alguien que le diera razón acerca del Lombriz de Mula. Suárez le regañó porque cada vez que mencionaba el apodo con tan buena dicción, los interpelados se miraban con extrañeza entre ellos.
En efecto, el boca a boca lo llevó al interior del edificio. La casona se levantaba entre paredes endebles, con una cal de un color enfermizo que recubría y tapaba las heridas de sus ladrillos caídos; las grandes ventanas de ajimez, apuntadas con la madera devastada, sin cristales y tapadas burdamente con trozos de cartón sucio. Sólo quedaban las jambas como monturas de anteojos y, por extraño que resulte, las tejas terracotas que medio cubrían el techo, seguían inexplicablemente en su lugar, pese a lo quebradas. La puerta principal, despejada y vacía de marco blanco y con lumbre en su interior, exhalaba un aire pesado, caliente y con olor a moho. Los cuartos dispersos estaban ocupados por los adictos de siempre, abandonados a su suerte, con nubes densas de humo que danzaban por los corredores y pasillos.
Las cosas empezaron a tornarse realmente extrañas cuando al internarse por la casona dieron con el patio; pero en ese momento, muy probablemente, la apariencia de la casa y sus medidas por fuera no coincidían con los espacios de dentro, los espacios se fueron tornando adimensionales y, al fondo, notaron que se alzaba lo que parecía una suerte de granero o cobertizo para herramientas. Advirtieron que, de alguna manera no visible, las paredes sostenían cientos y cientos de páginas amarillas, de esas de los antiguos directorios que desechaban cada año por la ciudad. Al avanzar vieron una línea formada por mendigos, con las mismas guías telefónicas sobre sus manos; incluso había uno que sostenía hasta tres en sus escuálidos brazos y se tambaleaba ante el esfuerzo.
— ¡Ehhhh! ¡Ve, ve! ¡El cachaco marica este se va a colar! — gruñó el que estaba próximo a entrar por una puerta hinchada, con un símbolo raro remarcado entre las tablas de arriba de la puerta, como tres signos de interrogación unidos por el punto.
Suárez lo miró como quien pisa mierda y levantó un poco la camisa para que vieran el mango del arma de dotación, acción innecesaria que hizo que todos salieran de allí despavoridos y, a su vez, saliera quien se encontraba dentro del cuarto.
Era un hombre enjuto y delgado, alto en extremo. Estaba desnudo salvo por las páginas amarillas que había rasgado, unido, vuelto a rasgar y pegado a su cuerpo. Lucía demacrado, con unas profundas ojeras y los pómulos salidos, casi como una momia con su piel apergaminada y pálida, casi transparente como el alabastro cuando refleja la luz. Sobre su cabeza se alzaba una endeble corona del mismo material que su ropa, inamovible.
El patrullero, al verlo como una amenaza, saltó hacia atrás y desenfundó sin dudar. Ramírez le pidió que bajara el arma y le preguntó por el tal Lombriz de Mulo. El sujeto sonrió y dejó ver sus encías desdentadas, pero el gesto era sobrenaturalmente tranquilizador.
— Así se me solía decir, buen hombre. Ahora me gusta que me llamen Antonio, pues sé que Antoine, se les dificulta mucho.
La sorpresa fue inmediata. La respuesta no dio rodeos ni fue insegura, sino al punto. Aceptar y corregir. Suárez no pudo contener un “¿Eche?” ante la distinción con la que hablaba. Ramírez supuso que estaba frente a un ilustre demente; de esas personas cuyo cerebro les hizo un corto circuito. Sacó la libreta de apuntes y se presentó como el agente de la Ley que investigaba los muertos del caño.
El rostro del sujeto no cambió en absoluto a medida que le contaban lo que sabían y lo que querían preguntar. Escuchaba apaciblemente con sus manos entrelazadas; fue entonces, como si recordara de golpe un doloroso recuerdo, que contrajo sus facciones en la añoranza de un momento. Suspiró.
— Todos se fueron al Gran Banquete en la casa del Rey. Yo, que les presenté la invitación a todos los que quisieron escuchar…y estos solo decidieron ser ingratos, malvados...ruines. — los ojos atormentados de Antoine se posaron sobre Ramírez, sus pupilas resultaban muy pequeñas para el tamaño de sus iris — Pero, que falta de cortesía la mía, ¿desean pasar a mi humilde morada? No es tan pomposa como lo creen los que cohabitan esta casa conmigo.
— Disculpa Ramírez, pero no entendí ni mierda — exclamó Suárez con la simpleza del caso.
— Mire, Suárez. Entre y no diga nada. Yo tampoco le entiendo mucho, pero es mucho más claro que el idioma que se habla por las calles.
Cuando pasaron a su lado al cruzar el torcido umbral fue que notaron la considerable altura que tenía su anfitrión. Les sacaba casi una cabeza; de cerca se resaltaba lo magra de sus carnes y la poca grasa en el cuerpo. Extrañamente no tenía olor, excepto el olor circundante. El interior de la habitación era una combinación de buen gusto, pero con los objetos más raídos y dañados que se pudieran encontrar, mesas, cortinas, cuadros, percheros, sillas. Todos esos objetos eran de una clase y una distinción inusitada para el lugar, pero no eran nuevos, estaban mal pintados, mal barnizados y eran de un color ambarino enfermizo. Las paredes, casi en penumbras a esa hora del día, dejaban ver el desconchado de la pintura cuando no estaban tapizada con páginas amarillas.
Antoine les señaló un sofá con pinta endeble, pero los adelantó para retirar las pilas y pilas de páginas amarillentas de directorios telefónicos. Tanto Ramírez como Suárez notaron el desplazamiento sin sonido al caminar, se movía sin que los pies se vieran, como si levitara sin esfuerzo.
El mueble crujió con lástima, pero soportó el peso de ambos policías. A su vez, el dueño del cuarto amarillo, haló una butaca y se instaló plácido, de piernas cruzadas, atento aunque ausente.
Ramírez reparó en la obsesión con el color. Fue imposible no hacerle la pregunta, aunque quizá, no debió preguntar por aquello.
— ¡Ah! Mi fascinación por el giallo. Es un hermoso color la verdad... pero no tan radiante como el sol que quiere calcinar a Barranquilla…sino éste — señaló la tela podrida de su asiento — La verdad este despertó mi interés cuando lo encontré mientras buscaba en la basura. Verá, hace un par de noches atrás, se presentó en el Amira de la Rosa, una compañía de teatro francesa, llamada Les Fauconniers, y al director tuvieron la desgracia de robarle. ¿Por qué lo sé? Porque el hermano del Pingajo nos llamó para ir a buscar unos libros para reciclaje, en un desguazadero de carros que queda encima de la calle Murillo.
— Señor Antoine —carraspeó Ramírez, incrédulo sobre como manejaba los otros idiomas de repente, pero su instinto lo hizo señalar lo obvio, repitió —Señor Antoine, ¿usted sabe lo que dice? Con esa declaración se hace cómplice del presunto asalto y robo de un vehículo. Puede pagar cárcel por eso.
— Detective... — repuso en un susurro Suárez, que no parecía estar cómodo con la narración — ¿por qué no echamos pa´lante al loquito? Salimos de aquí, a lo sumo lo meterán en el CARI, y continuamos con nuestras vidas.
— No es el proceder, Suárez — cortó Ramírez de inmediato.
— Exacto, Suárez. No es el proceder, — repitió Antoine al girar y posar los ojos sobre el patrullero — además, ustedes vinieron por los asesinatos, nadie les va a creer que un loquito conoce de desguazaderos, ollas y guacas. Déjeme concluir mi relato, detective, y ya juzgará usted lo pertinente.
Ramírez vio que la distancia que guardaban el sujeto y el patrullero era generosa, y el susurro del joven policía fue difícil de comprender incluso para él. Suárez solo se recostó con los ojos muy abiertos, en silencio, por el resto de la conversación. El comedido Antoine le lanzó de nuevo la plácida sonrisa desdentada y se recostó en su sillón, para continuar con los ademanes y la perfecta dicción.
—Yo me encontré un libro en esa maleta. Una obra de teatro en francés antiguo, del siglo XVII. Pero podía leerlo tan bien como usted puede leer el periódico que lleva debajo del brazo.
— ¿Y usted habla, o hablaba francés desde antes? —irrumpió Ramírez con incredulidad en su rostro. Antoine sonrió.
—Ahora sí. Antes del libro, apenas recordaba mi nombre y quien era—Antoine hizo una pausa, se reclinó en su puesto, puso sus ojos en un punto fijo invisible, idos de la realidad. Rememoraba en el silencio y retomó —La obra hablaba de un pomposo baile de salón con quince parejas en un cuarto de decoración barroca, todo hecho de una preciosa piedra parecido al citrino. Cuando cayó la noche y las dos lunas aparecieron en el cielo, apareció salido de los vitrales una figura altiva y enfermiza, era el Rey de Amarillo. A su llegada, los músicos recrudecieron las melodías en tonadas que ningún hombre común jamás escuchará
El fervor de su relato lo hizo levantarse. Hizo unas cabriolas y bailoteó por el cuarto. Las hojas sueltas se levantaban a su paso como una reverencia.
Suárez al ver este ultimo movimiento, por instinto o temor, se puso en pie y se llevó la mano al arma. Su rostro revelaba terror ante la figura escuálida del reciclador.
— ¡Quieto! ¡Cuida´o una vaina! —el patrullero no sobre reaccionaba con sus movimientos en defensa. Su instinto le indicaba huir. Suárez salió por la puerta por donde entraron raudo como un trueno. Ramírez corrió tras del asustado novato para atajarlo. Cuando lo alcanzó, este permanecía con el revólver desenfundado y los ojos desorbitados que miraban hacia la puerta.
— ¡El traje! ¡Viste el traje! —balbuceaba Suárez.
Ramírez giró la vista hacia atrás y todo estaba en orden; incluso Antoine quien seguía con su traje de papeles amarillos. La escena evocaba un cuadro viviente. Con aplomo el avezado detective dictaminó:
—Caballero —llamó la atención Ramírez a Antoine quien no se había siquiera percatado de la escena, luego su mirada cayó sobre Suárez, frío y este entendió el mensaje de regresar a su puesto —, continúe por favor.
Antoine se dejó caer en su puesto, con una media sonrisa en su rostro. Se alisó su falda y continuó su relato.
— ¿No se ha encontrado usted lineas que quiere leer en voz alta? Eso fue lo que me sucedió. Era mi deber pregonar semejante belleza, como un descubridor de lo macabro. Incluso si lo que decía era tan abyecto como las muertes descritas allí. Ese acto en sí, era una ofrenda al rey.
— ¿El libro describía suicidios? —inquirió Ramírez.
—Todas eran muertes auto infligidas, detective— asintió el reciclador ante la ultima frase— Todas ofrecidas a Su Majestuosa Voluntad. El amor de los danzantes hacia su rey era tal, que solo quedaban hermosos cadáveres, felices de complacer al dueño del palacio.
Ramírez detuvo la idea que apuntaba en la libreta, sopesaba si escribir eso como parte de su declaración. El patrullero, aunque inquieto, no le despegaba la vista al dueño de la casa. El reciclador continuó con la declaración.
—Entré victorioso por la Ricaurte. El Pingajo; que empujaba el carrito en ese momento, se hartó de mis declamaciones y quiso quitarme el libro. Pero otros lograron escuchar. Se acercaron atraídos por los versos y deseaban ser invitados... —Antoine se detuvo de súbito y dos lágrimas corrieron por sus descarnadas mejillas—. El Pingajo despedazó el libro delante mis ojos y los que estaban a nuestro alrededor, se arrojaron sobre las hojas. Ahora cada uno, con pedazos de la obra o fragmentos de la misma, quedaban maravillados después de leer. Luego, se formaron como en una comparsa, sus ojos se tornaron lejanos, gélidos y me patearon hasta que me lograron encerrar en uno de los almacenes de reciclaje ante mi insistencia de querer ir al baile.
—Eso ocurrió entonces el Jueves Santo en la noche —aclaró Ramírez. El relato lo había extenuado a nivel psicológico, pero debía extraer tanto como pudiera.
— ¡Si! —aulló el quebrado Antoine — Ese Jueves pude escuchar los primeros compases del vals. Los vi cambiarse con sus mejores harapos, se limpiaron sus rostros y bailaron. Bailaron ese fantasmal vals mientras clamaba mi liberación. Y no lo hicieron, yo me quedé entre los vivos... Entre los tristes vivos...
Casi como un autómata, Antoine se detuvo hasta la inmovilidad luego de contar su relato. Su respiración se volvió imperceptible salvo por el pitido de fuelle cuando se llenaban sus pulmones.
—Ya terminamos aquí, Suárez —murmuró Ramírez al cerrar la libreta.
Se levantaron sin hacer ruido y salieron de la habitación amarilla. Los sentían que el pecho les dolía y que el tiempo en realidad no había transcurrido en lo absoluto. La Arenosa volvió a su bullicio.
Al final no hubo mucho que decir. Ramírez no podía confiar en lo más sensato que le contaron sobre los muertos del caño, esa misma noche decidió cerrar el caso.
“Plaga de baile - 1972”, escribió en la carátula, parecida a la que se registró en 1518, en Estrasburgo. Causa: un brote de psicosis colectiva, posible intoxicación masiva. Treinta personas murieron por ahogamiento voluntario. Guardó el reporte en el archivo y apagó la luz de la oficina, se quedó en una reflexión que no sacaba de su cabeza, pero por su bien era mejor no darle más vueltas a algo así.
Pero la verdad era inquietante.
La descripción de Suárez; que sí quedó consignada en el reporte final, fue tomada como la de un agente expuesto a mucho estrés ante los hechos. En lo poco que logró leer el detective del veredicto psicológico de Suárez decía algo como: “el patrullero dice que: luego de tener una larga conversación con el testigo “Antoan”, este se puso a dar vueltas con un traje de papel amarillo pegado al cuerpo, y entre giro y giro, pudo divisar un traje de una tela muy fina, como seda, que no explicaba con su cara de reciclador rehabilitado como logró el cambio”.
Cuando se terminó la semana, el día sábado en la mañana, fue a visitar a Suárez en el CARI. Lo mandaron a reposo por lo hilarante de su reporte de gente que mató por leer un libro. Atravesó el amplio corredor de baldosas ajedrezadas y cuartos blancos y lúgubres. Lo encontró en el patio, sentado en una silla de plástico, con la mirada perdida entre los árboles de roble morado que abundan por la región y con una bata blanco de puntos azules.
—Suárez —le llamó con voz decidida, el aludido parecía no escuchar— Patrullero Suárez, soy yo. Ramírez.
El joven giró la cabeza con parsimonia. El rostro moreno del patrullero lucía desencajado, con largas ojeras y las manos temblorosas. Una chispa volvió a su pupila cuando dio con su superior. Con una sonrisa de alivio, enseguida le preguntó:
—Detective... .—susurró la siguiente frase—¿Usted lo vio, cierto?
— ¿Ver qué?
—El traje. —Suárez apretó los puños, frustrado— ¡Nadie me cree! Yo vi el traje. No eran los papeles amarillos del comienzo, sino seda, ¡seda dorada! Casi como si la luz se tornara en tela. ¿Y la corona? Era de oro bruñido con piedras engarzadas...
— Suárez, no había tal traje. Era un loco que vestía páginas en su cuerpo y ya
— ¡No! —chilló Suárez, quien aferró por la camisa al detective, al tiempo que dos enfermeros se acercaban para quitárselo de encima— ¡Usted no lo miró bien por estar con sus notas! Cuando se levantó a bailar, el sol se coló por una de las ventanuchas y le dio en un costado, yo lo vi. Vi al Rey en la sala.
Los enfermeros lograron quitarle de encima a Suárez quien aullaba como un loco ahora, repetía lo mismo una y otra vez: que Antoine era el Rey y por eso fue que bailaron todos. Uno de los enfermeros sacó una jeringa con una dosis alta de tranquilizantes, se la aplicaron en el brazo y el efecto fue inmediato, lograron dejar en una silla de ruedas al perturbado muchacho para atender a los otros pacientes ahora excitados por la gritería.
— Usted también lo vio... —murmuró antes de cerrar los ojos y se lo llevaran a su reclusorio— solo que no quiere admitirlo.
El detective salió del CARI con un sabor amargo, de derrota al ver a un muchacho con la mente devastada. Buscó una chaza y pidió un cigarrillo, al prenderlo se dio cuenta que temblaba. Se repitió que no había visto nada y siguió su camino.
Tres días despues, llegó una llamada del forense Camacho:
—Detective Ramírez, le llamó porque sé que le interesa, encontramos al Pingajo.
El cuerpo estaba dentro de la carretilla pintada de amarillo, azul y rojo. La franja roja parecía gotear desde hacía rato. El carrito estaba estrellado contra un poste eléctrico y a su alrededor una pared de mirones que se lamentaban cada tanto.
El Pingajo estaba boca arriba, con los ojos abiertos y sus extremidades sobresalían por los bordes del carrito. Treinta agujeros en el torso, los brazos y las piernas, pero no fue eso lo que detuvo el tráfico. Fueron los mirones y estos señalaban lo que se veia al rompe, en cada herida abierta, alguien se tomó la molestia en poner flores de papel amarillo, delicadas y perfectamente dobladas y que se mecian con el ligero viento de esa hora.
— ¿Tiene alguna idea de quien lo hizo? —le preguntó un agente a Ramírez cuando llegó y miró el interior del contenedor.
El detective se arrodilló y sistemáticamente contó treinta flores amarillas. El mismo número de cadáveres en el caño. Luego arrancó una de las flores con cuidado, para examinarla a detalle. Era viejo y tenia impreso letras y números de teléfonos. Como las páginas de un directorio. Miró la concurrida calle y se levantó para dirigirse a los que encontraron al reciclador.
—Acordonen el área —ordenó— Y que nadie más toque las flores.
Cuando Ramírez llegó a la morgue a recoger las flores, Camacho le informó que llegó el cuerpo sin nada, las dichosas flores artificiales habían desaparecido. Fueron arrastradas por el viento y los curiosos se las llevaron consigo, fue todo lo que consiguió de los patrulleros. El fastidio de Ramírez le escurrió por la frente como un sudor grueso.
El martes de la siguiente semana, el detective Carlos Ramírez, quien lo llamaron a indagatoria y tuvo que relatar a viva voz lo que vio, salia indemne pues se supuso que lo asesinaron los del desguazadero local y los agarraron a todos por sus presunto vinculo con el narcotráfico local. Al salir de la comisaria, oyó que una casa por el Mercado de Carnes habia venido abajo en las horas de la madrugada.
Cuando llegó al lugar todo estaba atestado de personal de ayuda, policías, bomberos y paramédicos de la Cruz Roja, el bullicio de las sirenas, el comentario de los pobladores aledaños. La enorme casa que abrigó su extraño encuentro ahora era una pila de escombros. Y encima de todo, aun se veía un extraño remolino con papeles amarillos que se elevaban contra el cielo.
Ramírez se coló entre los curiosos y se topó con unos bomberos que habían empezado desde temprano las excavaciones. Se identificó antes que lo retiraran y con una mano cubrió boca y nariz, allí alcanzó a preguntar: —¿Cuantos adentro?
—No lo sabemos, detective. Quince, veinte... los que consumían allí adentro.
Trabajaron todo el día, sacaron doce cuerpos y ninguno era Antoine. Al segundo día hicieron un segundo barrido y no hallaron más cadáveres. Ramírez volvió a preguntar por Lombriz de Mula y su amigo el Pingajo, todos enfáticamente negaron haber conocido a un reciclador con ese nombre por allí.
Ya cansado de tantas cosas juntas, dolores de cabeza y pesares, Ramírez, decide archivar el caso finalmente con el veredicto con el que fue concluido. Se jura no volver a abrir el caso y dejar que ese archivo envejezca en los “resueltos”. Se montó en su auto y manejó a su casa para terminar con todo este cuento.
Cuando frenó en un semáforo por el mercado, mientras esperaba, una flor amarilla, muy parecidas a las que se perdieron, se pegó en el limpia parabrisas y por instante vio que una rezaba: “Les Fauconniers - Théâtre, 3ème acte”. En cuanto el semáforo se puso en verde, el detective pisó el acelerador.
En la velocidad de la huida, le vino la idea; quizás inculcada por el delirio de Suárez o fue su tozudez detectivesca que lo negó todo, pero la descripción de Antoine como el Rey, era exacta, sobretodo la corona sobre su cabeza, que aunque de papel lucia pesada. Ramírez subió el volumen de la radio y avanzó fugaz por toda la Calle de las Vacas. Mejor era no pensar en eso.
Mejor era no pensar.




