Un duelo casi honorable
- Alexander Maurello

- hace 2 días
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Por Alexánder Maurello

Estaba tan aturdido en la cama donde se hallaba que podía contar las vetas del techo de madera, una a una con una fijación que se aferraba al objeto. Se escuchaba música que salía de algún lugar del cuarto, de su cabeza, pero le hacía bien al alma.
Sentía las sábanas pegadas al cuerpo; el sudor era almizclado y tan adherido a la piel que le daba la sensación de sentirse en un capullo de algún gusano peligroso, tal como si fuera una bestia inmóvil que esperara salir de la crisálida. Poco a poco, las conexiones de su mente se aclararon, pero aún desconocía quién era o cómo había llegado a ese lugar. Recordó una clara imagen, unas anchas caderas de mujer que caminaban. No, que lo guiaron a su cuarto; una mujer india de senos grandes, esos que le rebotaban tan graciosamente en la cara ayer.
Claro, había empezado a recordar que el lugar era un saloon, pero ¿en dónde? ¿Y que había pasado ayer? Se sentía tan adormilado, lento, poco preciso; tanto, que las ideas eran fugaces, inalcanzables en su mente y no las atajaba a la primera; se dispersaban sin siquiera saber por qué. Este estado no lo daba la bebida más fuerte; o quizás sí, pero no era legal por estas tierras.
Volvió a la imagen de las tetas y sus rebotes, graciosamente empolvadas en la mitad; empalmó de nuevo sus pensamientos. Con poca sangre en la cabeza se le distorsionaban las ideas, pero se enfocaba, pues ni los pechos, ni la dueña estaban cerca para consolarlo.
Yacía en una cama, era lo más seguro. El sol se asomaba por la rendija de una ventanuca a medio abrir, pero con eso no se podía hacer una idea de qué horas eran por un halo de luz. De nuevo, su mente pensó en que no sabía quién era y por qué no se reconocía el cuerpo. Se estiró para hallar la salida al laberinto de sabanas donde se encontraba; luego se destapó cuando encontró que su mano era más fuerte de lo que imaginaba. Levantó su cabeza y vio sobre la silla del frente todo su haber: un desgastado pantalón de mezclilla, una camisa roja y una chaqueta larga de color caramelo. También, colgada sobre un brazo, la bandolera con un revólver: Lucy, recordó que se llamaba. Pero aún no encontraba su nombre entre sus alucinaciones.
Levantó el resto de tela que cubría la ventana y el sol fulminó sus ojos. Le dolieron los ojos, los párpados, la vida, cada hueso de la cabeza se escondió a un costado como un vampiro. Allí empezó todo entonces. La idea se escabullía. Comenzaba en el proceso de conocer a la mujer. Recordó el cuerpo desnudo y torneado de mujer, de su baile exótico y la revolcada apache. ¿Pero antes? ¿Qué había sucedido antes de todo eso?
Se salpicó el rostro con agua para recobrar lucidez; sintió cómo los músculos de su rostro se estiraban y acomodaban. El agua se había conservado fría a pesar del calor. Regresó en sí con un golpe de adrenalina que lo sacudió e hizo que casi todas las ideas se pusieran en orden en su mente, aunque luego las mismas se retiraban laxas, inconexas.
El maldito nativo al que buscaba estaba en el pueblo. Lo halló, claro que lo hizo; lo halló muy rampante. Lo encontró en un carromato a la entrada del pueblo; vendía bebedizos contra la mordida de serpiente y el mal de ojo de los caminos. ¿Cómo era su nombre? ¿Bífido? ¿Bicéfalo? Daba igual, su cara era la misma y su cabeza tenía precio.
Un duelo, eso ofreció. Batirse en un duelo justo al medio día, cuando el sol estuviera en su cénit. ¿Pero fue ayer o era mañana? No tenía la certeza de nada. Recordaba que se lo había topado en la noche, y no lo retó de inmediato porque un grupo de personas rodeaban el carromato, todos impresionados por su habladuría sobre serpientes. La contra-oferta del indio fue tentadora. Bicéfalo le pidió pasar la noche y descansar en el saloon del pueblo, con buenas bebidas y buenas mujeres. Luego ajustarían cuentas al medio día siguiente.
Aun sentía los estragos de la noche anterior. Hasta muy tarde sintió el escozor de una cortada a la altura del antebrazo. No, era un arañazo de mujer por lo delgado que era la herida. ¡La mujer! ¡La india! El mismo día que enfrentó a Bicéfalo la vio atender a los curiosos al fondo y entre la multitud, con el mismo vestido de colores verdes y grises al que luego siguió por la escalera. Era una compinche del forajido, y él había caído redondo atraído por sus encantos.
Ardió de ira el pistolero anónimo y con amnesia. Aun aturdido y tambaleante se acomodó sus ropas lo mejor que pudo y, al no ver sus botas, salió del cuarto descalzo. Total, solo iba a preguntar dónde estaba y qué horas eran. Ya le dedicaría tiempo a buscar las botas cuando recordara quién era.
Al salir del cuarto se topó con la actividad de media mañana en el saloon. El denso humo de los tabacos, el olor a whisky sobre la madera y la risa de unos gañanes junto a la ahogada voz de alguien que le resultaba familiar. Bajó en silencio las escaleras, aunque cada escalón se desdibujaba a sus ojos. Fue entonces que la vio: la India de sus fantasías. Tenía que ser la misma, pues las otras prostitutas yacían en un profundo sueño después de salir de turno. Ella no lucía como una trabajadora nocturna regular, y pronto notó que empuñaba un cuchillo en su mano, presta a defenderse.
La contraparte de esa escena eran tres sujetos apostados en la mesa frente a ella. Llevaban ya varias botellas apiladas y sus carcajadas ebrias solo los hacían más peligrosos. Uno de ellos acarició con morbo el revolver que colgaba en el costado derecho de su cadera. El segundo truhán le faltaba un ojo y se echaba un nuevo trago al coleto en un vaso pequeño; a diferencia del tercero, que se levantó para acechar a la india.
— Quietos... — su voz le sonó extraña, imposible de identificar — Necesito hacerle un par de preguntas a la dama, y ya luego hacen con ella lo que quieran.
Todos entendieron, incluso ella. Los vaqueros dejaron a la mitad lo que estaban haciendo. Se miraron entre ellos y luego a la india.
— ¡Largo de aquí, muchacho! — repuso el tuerto al terminar su trago — No te incumbe lo que hagamos o no con esta puta.
— Se equivoca, si me incumbe, por lo menos, antes que hagan cualquier estupidez ustedes tres con ella — se recostó próximo a la barra, a una distancia prudente de los cuatro.
El cantinero, luego de la última declaración, se dio a la huida. Sabía que los sucesos luego de una frase así, terminaban en una intensa lluvia de plomo con más de un muerto.
— ¡Entonces haz la fila, vaquero! — gruñó el tipo del cuchillo sin dejar de ver a la india — Esta fulana nos prometió dinero por esperar a un don nadie en esta cantina, pero no nos adelantó parte de la paga. No sabemos siquiera si tiene dinero.
— En ese caso — admitió el vaquero que había bajado ante la sorpresa de la mujer — puedo esperar cómo terminan las negociaciones.
— ¡Ese es el hombre que necesito muerto! — señaló la mujer al último de los presentes. Se buscó entre los bolsillos de su traje un fajo de billetes de diez dólares para arrojarlo sobre la mesa de los forajidos. Todas las miradas de los hombres cayeron sobre la paga. Luego, buscaron al tipo en la barra, pero este solo estaba allí como si ello no fuera con él y, por el contrario, terminaba de liar un cigarrillo cuando había aparecido el dinero.
Después solo hubo silencio y tensión. El vaquero anónimo continuó en lo suyo y encendió una cerilla para fumar a gusto desde su posición.
Los de la mesa trataron de no moverse rápido, pero era evidente que agitaban los dedos ansiosos para acortar la distancia entre la mano y el arma. No pudieron más y se levantaron torpemente con un estropicio en busca de sus armas.
Sin siquiera erguirse completamente, el don nadie que fumaba en la barra apuntó instintivamente desde la cadera y sonaron tres estampidos que tomaron desprevenidos a los que estaban en la sala. Estalló un cuarto disparo tardío más no alcanzó su destino. Los tres infelices de la mesa cayeron, desparramados y atónitos; solo uno había alcanzado su pistola y había errado el disparo. La muerte los alcanzó sin ni siquiera darse cuenta.
El desconocido enfundó el revólver con la misma soltura con la que había salido. Le dio una calada al cigarrillo y avanzó hasta la mesa, ante los ojos atónitos de la india.
— Bueno, parece que gané yo esta vez ese contrato — tomó el fajo de billetes y se dispuso a contar la cantidad con una sonrisa de zorro — Ahora, sé buena y dime, ¿donde está a quien vine a buscar?
— ¡Cómo...! ¿Cómo lo hiciste! — atinó a decir la mujer, apuntándolo con el cuchillo tembloroso frente a él.
— Fueron muy lentos o yo más rápido. Me atrevo a decir lo primero, pues pude leer sus movimientos, lentos... Ahora dime, ¿dónde está Serpiente Bicéfala?
— A la salida del pueblo ¡Huye de ti maldito Bocajarro!
Así le decían, Bocajarro. Al fin había recordado. Sonrió ante el rastrero sobrenombre. Sacó uno de los billetes del fajo y se lo puso entre los pechos a la mujer.
— ¡Por el maravilloso polvo de anoche! - le dijo socarrón.
Salió del saloon con el brillante y reverberante sol de medio día, en ese pueblo que a duras penas tenía sombras. Las figuras temblaban a la distancia, se agitaban ante cada mirada; los reflejos de los vidrios estallaban en los colores del arco iris. Todavía estaba bajo el efecto de las drogas que le había suministrado la india la noche anterior, pero no lo suficiente. Se acercó a los muertos y se afanó unas botas de uno de los tipos. Empezó a caminar con ellas en las manos.
El cielo azul diáfano sobre su cabeza lucía como un estanque en primavera, límpido e impoluto. Las pocas nubes se arrastraban con pereza, como llevadas por una mano invisible, siempre multiformes y mudas. El ruido de un vehículo alejándose a toda prisa le señaló el carromato y a su dueño que trataba de salir del pueblo agitando las riendas en sus manos.
Bocajarro le gritó desde lejos, pero no correría para detenerlo. Por el contrario, daba saltos por el escozor del calor y la quemadura de la arena caliente en sus plantas de pies. Se logró poner una bota y la otra voló por encima de su cabeza de alguna forma. Las botas no le importaban ahora; lo que sí lo hacía era quien estaba sentado en al pescante de la carreta, moviendo desesperado las riendas para azuzar a las mulas a andar más rápido.
— ¡Vamos, vamos, Serpiente! ¡Que no quiero tener que pegarle un tiro a tus bellos animales! — gritó a voz de cuello el cazarrecompensas llamado Bocajarro — ¡Ya, ya! ¡Baja del pescante y hagamos el duelo acordado!
La mula, por un instante, se puso en marcha presta a cumplir el deseo del jinete, pero se asustó de muerte cuando una bala le pasó entre las orejas; lo que causó su arranque despavorido al galope. Ante el tirón, el conductor cayó del pescante en la arena. Bocajarro percibió como si el animal lo maldijera con su mirada antes de girar y volver al pueblo.
El vaquero, semidescalzo, se cubrió el rostro cuando llegó a donde estaba su presa. El polvorín se asentó en la tierra y dejó ver a un indio preocupado por la jugarreta, que le había intentado hacer a uno de los más despiadados cazarrecompensas del gobierno.
El indio que estaba en el suelo buscó los revólveres en sus caderas, pero no estaban, pues los había dejado abandonados en el asiento de su carreta. Solo halló un puñal de buen agarre; confiado en su capacidad de combate a cuchillo y la honorabilidad de su enemigo, detuvo a Bocajarro y señaló el cuchillo. El dominio del idioma no se le daba muy bien cuando se jugaba el pellejo.
— Así que... ¿Quieres un duelo a muerte con cuchillos? — aclaró Bocajarro, un tanto desilusionado del resultado del combate — De acuerdo, te lo concedo. ¡Levántate y no huyas!
Así lo hizo Serpiente, quien se mostraba siempre alerta con los ojos abiertos, fijos en Bocajarro. Se sacudió un poco el traje negro de los blancos, adornado con sus arandelas de huesos y plumajes indígenas. En la caída había quedado malherido y renqueaba cada tanto sobre la izquierda, amenazado como una bestia.
Bocajarro no soportaba el esplendor del día; sus ojos eran dos hendiduras sobre el rostro de desagrado. Guardó el arma cuando se aseguró que Serpiente Bífida no iba a ningún lado; rebuscó entre sus ropas y halló una navaja plegable, de un palmo de largo. La abrió y jugó con su peso entre las manos. La sentía mucho más ligera que de costumbre, casi como si una serpiente de plata se le contorsionara entre los dedos. Le dio un espacio prudente al indio y se preparó con una larga exhalación.
La Serpiente Bicéfala avanzó. Lanzó un grito y enarboló el cuchillo presto a clavarlo donde le cayera al cazador. Bocajarro simplemente le arrojó el cuchillo al cuello. Entonces, una saeta de plata atravesó el espacio entre los dos y el indígena cayó. Solo el mango sobresalía a la altura de la clavícula. La sangre le manaba como una fuente de petróleo recién cavada.
Los ojos de Serpiente se le querían salir de las cuencas. Había descubierto que su adversario lo había tomado por sorpresa, al tiempo, que se llevaba las manos al cuello para intentar detener la hemorragia. En ese momento, vio cómo la sombra de Bocajarro se acercó donde se desangraba para extraer su navaja.
— El duelo fue tan honorable como el que me ofreciste a mí – le dijo el cazarrecompensas.
Retiró la navaja…y Bicéfalo fue historia.
Bocajarro, al ver que su presa estaba muerta, hizo una rápida requisa para encontrar un par de tabacos con un olor particular. Silbó para que un caballo, que recordó tener, apareciera trotando a su llamado. Amarró a la silla el cadáver de Serpiente, no lo colgó en el caballo; ni eso merecía en su último viaje.




