Ruinas artificiales
- Álvaro Ramos Q

- hace 2 días
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Por Álvaro Ramos Q.
—¡Ruinas artificiales! ¿Usted lo que quiere es que le construyamos una casa que esté en ruinas desde nueva?
—Si. Y quiero que sea exactamente igual a las ruinas de esta casa francesa del siglo XVII que ustedes ven en esta fotografía. Yo les suministraré más fotos y todos los datos que necesiten. Yo me la sé de memoria, es mi pasión. Soy historiador.
Los arquitectos estudiaron muchas ruinas, y al fin le construyeron la nueva-vieja casa; con los muros mordidos por el viento, masticados por la hiedra y digeridos por las lluvias. Los pisos limados por pisadas que nunca pasaron por allí, puertas desvencijadas y chirriantes, pero todo dentro de una gran dignidad.
Salió más cara que si la hubieran construido moderna o posmoderna, y quedó elegantemente aterradora con sótanos oscuros y húmedos esperando las fáciles telarañas naturales y la completa gama de sabandijas.

El mobiliario fue maravilloso: sillas que cojean, telas raídas, manijas desgastadas y pomos que quedan en la mano. La inauguración fue espectacular, en la que los invitados terminaron de destruir aún más los enseres y las paredes, ya de por sí endebles.
El historiador estaba feliz con su vieja-nueva casa, y pensó que era cuestión de meses acostumbrarse y sentirse a sus anchas; pero no, algo hacía falta, algo intangible, pero que tienen todas las verdaderas ruinas: Espíritu. Podríamos decir que una verdadera ruina habla de las innumerables cosas que allí han pasado, de la personalidad de sus habitantes ya muertos. Esta casa era una historia sin historia.
Nuestro historiador decidió contratar a varios espiritistas reconocidos, para ver si podían poblarle su casa de vibraciones, de recuerdos artificiales. Uno de ellos tuvo éxito. Invocó espíritus de diversas épocas, que encantados y presurosos se instalaron en los rincones de la casa. Al principio era interesante percibir esas presencias del tiempo; pero, o se le fue la mano al espiritista o los espíritus que llegaron primero fueron trayendo a los otros. El caso fue que la mansión se convirtió en una algarabía espectral que no coincidía exactamente con el espíritu de la arquitectura, porque la mayoría de los fantasmas no eran ni franceses, ni del siglo XVIII, sino árabes del siglo XII y, por lo tanto, las ruinas evocaban una época y una nacionalidad que no debían evocar. Estando uno asomado a una ventana francesa, tenía más bien la sensación de encontrarse en un minarete, y un silbido impreciso, tal vez un golpe de viento hacía recordar el lamento del muecín llamando a la oración junto a vastos arenales reverberando bajo el sol.
En suma, una alteración de las estructuras de la historia y de la muerte.
Hoy nadie puede vivir allí. El profesor se mudó a un apartamentico en el centro. La casa ahora sí que está abandonada, pero por la vida, porque es muy pintoresca, tal vez porque los espíritus hacen esfuerzos sobrehumanos para no ser desalojados de su palacio. Se está abogando para que la declaren patrimonio nacional. Ni los ladrones se atreven a entrar, algunos que lo han hecho han sido encontrados muertos (tal vez de miedo, porque no presentan señales de violencia). Solo viven allí un par de perros callejeros que los espíritus probablemente aceptaron adoptar.

Publicado en Revista Huellas No.88-89, (abril-agosto), 2011. Este cuento fue publicado en Bestiario No.2 con el permiso de sus herederos.



