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Animales para sacrificio



Por Ronald Revollo



Siempre tuve miedo de mi tía abuela Elvira. Desde muy niña me dejaron con ella porque mis padres carecían de los medios para mantener a todos mis hermanos; así que terminé allá, viviendo en el monte, lejos de la ciudad.


Cuando llegué, lo primero que vi fue al negro Chicho macheteando en un tronco a un ponche que había cazado. “Pobre animalito sacrificado”, pensé. Chicho era un hombretón mitad negro, mitad indio que era la mano derecha de mi tía; cuando no estaba haciéndole algún encargo en la ciudad, estaba cazando chigüiros con sus perros, destazando hicoteas o despellejando babillas para vender el cuero. Me desagradaba, porque siempre olía muy mal y me miraba raro; no me gustaba quedarme sola con él, aunque yo sé que nunca se habría atrevido a hacerme nada porque le tenía pavor a mi tía.


La casa quedaba en una parcela cerca del río, rodeada de monte. Era un caserón de campo de esos que se ven desde lejos cuando uno va en carretera. Estaba hecha con paredes gruesas de bahareque fino y cemento; el techo era alto y amplio con tejas de barro nuevas de color rojo, bien alineadas. El pasillo central tenía unas columnas gruesas de madera que seguramente había hecho alguno de los ebanistas que le trabajaban; el piso era de esas baldosas antiguas que habían mandado traer de la ciudad. Tenía muchos muebles pesados estilo colonial y grandes cuadros religiosos con marcos dorados.


Aunque mi tía abuela Elvira “tenía plata”, era muy tacaña, y todo lo que tenía era gracias a la brujería. Vivía de las consultas que le hacían algunas ricachonas empolvadas. Elvira sabía de las “ciencias ocultas”, tenía casas en la ciudad, varios camiones, un bus, una ebanistería y cada cierto tiempo viajaba a los Estados Unidos o a Venezuela, cuando la situación allá todavía era buena.


Mi abuela contaba que Elvira había aprendido la brujería de un tal señor “Gallardos” que se había ido a Venezuela a una montaña donde hacían pactos. Se fue como a los quince años y de allá había vuelto como a los cincuenta, con la barba y el cabello canosos. Yo conocía muchas historias sobre el señor Gallardos porque mi abuela me las había contado. Una vez me contó que él siempre cargaba con un crucifijo pequeñito con el que examinaba el cuerpo de sus clientes, como si fuera un imán buscando hierro, y que, al pasarlo sobre la zona del maleficio, el Cristo de acero bajaba los brazos y los cruzaba sobre la pelvis.


En otra ocasión, mi abuela me contó que el señor Gallardos tenía con él dos calaveras que habían pertenecido a dos brujos muertos, y que ellos eran los patronos con los que él trabajaba: Francisco Díaz y Eduardo Castillo. Es decir, ellos eran quienes lo asesoraban y le susurraban qué hacer ante ciertos casos; cuál era el mal que aquejaba a algún cliente; los pasos de algún ritual o la verdad oculta que el cliente quería averiguar. A cambio, ellos también le pedían “favores” a Gallardos; por ejemplo, a veces le pedían que lavara sus calaveras con agua de rosas y las pusiera a secar al sol.


Según decía la gente vieja de mi familia, el señor Gallardos era un tremendo brujo poderoso. Cuando yo era niña una vez lo vi y no lo parecía. Como yo oía decir a todo el mundo que él era brujo, yo me imaginaba a alguien con sombrero de punta parecido a Merlín o como Gárgamel, el de los pitufos; pero no, Gallardos parecía un señor trabajador común y corriente, delgado, bajito, de cejas gruesas, barba cerrada y tupida que siempre era muy serio, pero no era amargado ni nada.


La cosa es que tía Elvira aprendió porque él le había enseñado, y aunque siempre fueron cercanos, algo ocurrió después y eso hizo que el señor Gallardos no volviera más nunca por la casa de mi tía.


Después de eso, Elvira comenzó a tener un aumento en su clientela y muchos de los que antes buscaban a Gallardos, ahora acudían a ella. Y no solo personas particulares, porque cuando había cualquier problema en la familia, también llegaban donde mi tía para consultarla o simplemente para pedirle opinión y consejo; a todas las reuniones o fiestas la invitaban y para todo la tenían en cuenta. Después de algunos años, a Elvira se le empezaron a notar la plata y el estatus que había conseguido gracias a la brujería.


Hasta venía gente de otras ciudades a hacerle encargos. En una ocasión, recuerdo que llevaron a una muchacha muy. muy flaquita, sentada en una silla de ruedas; la pobre muchacha estaba demacrada y tiesa, como con polio.


“¡Que te eches para allá, niña!”, había chillado Elvira ante mi curiosidad y se metió al cuartico de las consultas con la muchacha y sus familiares. Nunca me dejaba entrar a ese cuarto, pero yo me ponía en el cuarto de al lado y pegaba la oreja a la pared. Los familiares contaron que un joven de su barrio se había enamorado de la muchacha y que poco después de haber iniciado un noviazgo, ella había quedado así.


“Te están secando, niña. Esto fue por una mojarra frita que te comiste”, dijo la voz de Elvira y continuó: “Una pelada de tu barrio estaba enamorada de él y por celos te mandó una comida, tú te la comiste y ahí estaba la vaina. El tiempo que tenemos es limitado, pero si ustedes me juntan la plata, yo la paro a ella de esa silla”. Al poco tiempo la muchacha falleció porque la familia no pudo reunir el dinero a tiempo y se contó que la muchacha había hecho los sonidos de varios animales mientras agonizaba; además, había muerto con una cara espantosa “como de demonio”. Decía mi abuela que a los muertos por brujería les pasaba siempre así.


Doña Elvira, mi marido dice que él ya no vuelve conmigo ni muerto, porque él ahora es feliz allá con esa mujer - lloriqueó una señora oriunda del interior del país un día.


¿Ah sí? ¿Eso dice él? Vamos a ver si es que no va a volver…” - respondió; porque a la tía Elvira le gustaban los desafíos y el doblegar la voluntad de la gente predispuesta.


Poco después la misma señora pasó saludando por la ebanistería de mi tía, muy contenta del brazo de su marido.


Mira ve, el que había dicho que ‘ni muerto’ iba a volver. Ahí va, bien vivo…- se jactó mi tía.


Cuando yo tenía como cinco años, una vez entré al cuarto donde Elvira cosía porque ella a veces me hacía vestiditos y faldas para las muñecas. Algo me pasó ese día, pero no recuerdo muy bien qué. A veces tenía pesadillas con ese momento, veía la puerta doble cerrarse sola y atascarse sin que yo la pudiera abrir, mientras los maniquíes amputados y tuertos de mi tía me halaban de la ropa, los brazos y el cabello. Le pregunté a varias personas de mi familia sobre eso, pero nadie sabía gran cosa, solo que siendo pequeña me había quedado encerrada, que ellos estaban cada uno en lo suyo cuando escucharon mi alharaca. Mi mamá me dijo que esa vez grité hasta quedarme ronca por días.


Pasó el tiempo y yo crecí, siempre eludiendo el cuarto de los maniquíes, a Chicho con sus miradas lascivas y oyendo los rezos que Elvira murmuraba hasta muy entrada la madrugada, hablando sola en susurros. Mi abuela decía que por eso ella se mudó, porque cuando mi mamá y mi tío eran pequeños no podían dormir. Poco a poco sentí que la mirada de Elvira cambió hacia mí, pero nunca me atreví a cuestionar nada. Cuando cumplí quince años empecé a notar cosas raras, sombras en las paredes, escuchaba voces que susurraban. Se lo comenté a mi tía y ella no me dijo nada; pero un día, pocos años después, cuando cumplí dieciocho, me pidió que le acompañara en una sesión.


El cuarto tenía un altar de madera tallada en un rincón, estaba lleno con velas de distintos tamaños y colores, papeles viejos y fotografías, figuras extrañas, bustos tiznados y santos que daban miedo. Entre vasos de agua y matas se levantaba un crucifijo enorme del Señor de los Milagros, torvo y pesado. El olor que se sentía era una mezcla de plantas y cera derretida.


Ese día llegó una señora buscando noticias de un hermano desaparecido por la guerrilla. Mi tía se sentó con una libretica; mientras la mujer hablaba, sus pupilas rodaban hacia atrás por momentos hasta dejar solo lo blanco. Con la mano derecha — aunque era zurda — tomó el lapicero a tientas y empezó a escribir con mucha fluidez. Sentí un corrientazo al leer esa letra elegante; ponía una dirección hacia una fosa común donde supuestamente yacían los restos del hombre. Mi tía era casi analfabeta y apenas sabía garabatear su propio nombre. “Eso se llama incorporar”, me había dicho una vez mi abuela, era cuando un espíritu tomaba su cuerpo y hacía cosas a través de él.


Me asusté y aparté la vista. Entonces, reconocí una cara entre las fotos del altar: era el señor Gallardos, retratado en una vieja foto amarilla como de cédula, junto a un crucifijo colgando de un rosario mocho. El pequeño crucifijo estaba colgando del borde, a punto de caerse del altar, así que me acerqué y lo agarré para acomodarlo. Apenas lo toqué, el pequeño Cristo bajó las manos y las cruzó encima de la pelvis; y de pronto, la cliente chilló llamándome. Mi tía estaba sacudiéndose en la silla, temblando y convulsionando, con la boca llena de espuma, los ojos blancos y un hilo de sangre saliendo de la nariz. Grité llamando a Chicho que corrió para agarrarla para que no se cayera de la silla, pero Elvira lo sentó en el suelo de un empujón como si fuera un niñito.


Corrimos hasta el pueblo más cercano para llevarla al médico. Después de eso, Elvira se enfermó y su antigua fuerza se fue perdiendo poquito a poco. Ya no podía caminar sola y cuando no estaba sentada en un mecedor, estaba acostada en la cama, con la mirada perdida y la boca torcida, paralizada con una mano torcida como una garra que le temblaba; pero siempre susurrando, hablando y escuchando cosas que sólo ella podría saber. Yo le daba la comida, la bañaba y la vestía. A veces me daba la impresión de que cuando susurraba, la tía estaba hablando de mí y me parecía que me miraba con rencor.


¡Llévame al cuartico de las consultas, a donde está el altar! - me dijo una noche, ya tarde, mientras la ayudaba a caminar para acostarla.

¡Que me lleves, niña! - gritó cuando intenté convencerla de que era mejor hacerlo en la mañana.


Entramos al cuarto y las sombras causadas por las velas parecían fantasmas que caminaban por las paredes como arañas enormes y negras. Nada más entrar sentí cómo el antiguo garbo de Elvira regresaba a su cuerpo enclenque, caminaba sola hasta el altar y se arrodillaba en frente de él. 


Aquí está ella dijo; seguidamente, el aire se volvió denso, como pesado; era como si hubiera alguien más en el cuarto, pero solo éramos nosotras dos.


En la vida hay que hacer sacrificios, niña me dijo tía Elvira.


Intenté irme, llena de miedo, pero la puerta doble se cerró y no pude abrirla, sin importar cuánto forcejeaba, era como si alguien desde afuera la aguantara o le hubiera puesto una tranca. Elvira tenía un cuchillo raro en la mano, como una daga. Se la enterró en la mano murmurando un rezo y dejó que la sangre chorreara hasta caer en el altar. “Nuestra familia siempre ha sido bendecida, pero esa bendición tiene un costo. “, dijo mi tía con una voz profunda, distinta a la suya. Traté de retroceder, pero no pude moverme, sentía como si unos brazos fuertes me aprisionaban desde atrás.


¡Ángel Gallardos, Francisco Díaz, Eduardo Castillo! gritó ¡Aquí está la sangre pura de una señorita! ¡Tómenla, sea por las buenas o por las malas!


Sentí el aliento caliente de alguien que me respiraba cerca de la oreja y se me erizó la piel. No podía hablar, como pasaba en mis sueños; así que oré a Dios en mi mente, le pedí que me salvara, que me ayudara y justo entonces vi cómo el pequeño Cristo de Ángel Gallardos, volvía a abrir los brazos en la cruz y el fantasma o lo que fuese que antes me había tenido agarrada, me soltó. Entonces me abalancé hacia la puerta que dejó de estar atrancada de repente; salí corriendo del cuarto con los gritos de Elvira detrás de mí.


Corrí por el pasillo hasta que desembocó en uno de los cuartos de servicio. Un lugar amplio, pero tan invadido de cosas que parecía pequeño. Había un armario viejo y enorme de madera oscura que ocupaba casi toda la pared del fondo, alrededor había varios baúles viejos, algunos estaban abiertos y llenos de telas, herramientas oxidadas y adornos dañados. Me metí ahí en un espacio entre el armario y la pared de al lado; cuando lo hice, el olor a madera podrida, alcanfor y comején, casi me hace estornudar, pero me tapé la nariz para no hacerlo. En el suelo encontré una tranca de madera, caída junto a un balde de metal. La agarré, tratando de no hacer ruido.


Desde mi escondite podía ver la luz titilante de las velas que se metía por la puerta entreabierta, entonces escuché los pasos arrastrados de Elvira antes de verla. Luego percibí su sombra que se estiraba en el suelo, después su figura encorvada y robusta que avanzaba tropezando contra los muebles revueltos dentro de la habitación. 


Cuando Elvira pasó por mi escondite, le metí un trancazo en la rodilla izquierda. La vieja gritó mientras el hueso crujía y las astillas rompían la piel de la pierna; ella se cayó, pero antes de que pudiera irme de ahí, me agarró del tobillo y me lo torció con una fuerza sobrehumana que me hizo caer de espaldas. Como pude le di patadas con la pierna buena hasta que me soltó y logré pararme; después le metí un trancazo en la cabeza, que se abatió contra el suelo, así como tantas veces había visto a Chicho hacer con los puercos que compraban de vez en cuando. Su cabeza crujió, y alcancé a ver que su cráneo se había partido hasta rajar la cara. Salí del cuarto cojeando.


“¡Amparo!”, me llamó; sin embargo, desde afuera me pareció que esa no era la voz de Elvira, parecían las voces de varios hombres que gritaban en coro. Cuando volteé a mirar, vi su silueta caminar y tambalearse por la casa con un estropicio de muebles tirados y adornos que se quebraban por todas partes. Era como si estuviera muy borracha o no tuviera control de sus miembros.


Supe que no podía irme lejos así, porque el tobillo me dolía mucho y no podía ni afirmar el pie. Elvira y sus espíritus o lo que sea que la incorporara me alcanzaría no importa donde me escondiera. “Tengo que hacerlo”, me dije.


Para lo que sea que me quisieran, me requerían “pura y señorita”, así que dejaría de serlo. Porque lo que sea que me esperaba con los patronos de Elvira era muy feo y algo me decía que para ellos no importaba si yo estaba viva o muerta. Entonces, me fui a la casucha del negro Chicho y tranqué la puerta como pude. Se despertó azorado con el primer aporreo de la puerta, cogiendo un machete. Mientras tanto, afuera, algo en el cuerpo de mi tía Elvira exigía que se le abriera.


El negro me miró confundido, aun con el machete en la mano. Su respiración se agitó cuando me acerqué, desabotonando mi blusa y bajando mi ropa interior por debajo de la faldita de jean. El hombre se lamió los labios y sonrió con maldad, luego se recostó otra vez en el catre donde dormía y puso el machete a un lado. Ya no le importaban los aporreos de la puerta.


Yo lloraba con ese llanto que le sacude a uno el cuerpo entero. Yo no quería que fuese de esta manera, yo soñaba con casarme virgen, con un buen hombre en la ciudad, enamorada y vestida de blanco. Ahora ya nunca iba a poder hacerlo. Me subí con los ojos cerrados, pensando en otra cosa, tratando de olvidarme de sus manos grandes, callosas y apuradas; tanto así que hasta la cara demoníaca de Elvira me parecía mejor que aquel momento. Pero seguí adelante con un nudo doloroso que me ahogaba en la garganta, temblando con repugnancia, reprimiendo el asco y las arcadas que subían por mi garganta, rogando que la tranca en la puerta no se fuera a romper antes de tiempo y, a la vez, que esta solución no me doliera.


El negro me tomó con brusquedad, como era de esperarse de un tipo como él. Yo sentí como si me hubiera metido un carbón encendido dentro del cuerpo. Eso me tallaba por dentro y aunque intenté frenarlo, hacer que por lo menos lo hiciera más despacio o con más delicadeza, no pude. Para él no había diferencia entre tomar a una mujer la primera vez y machetear un chigüiro. Chicho solo pensaba en darse gusto sin importarle yo. Era como un animal, una bestia salvaje.


Afuera, “la tía Elvira” aporreaba la puerta una y otra vez, nos maldecía entre sonidos de animales, burros, vacas, ovejas y puercos, pero era ella haciendo esos ruidos. Ya no me importaba si la tranca aguantaba o no. Me sentía sucia, como si un río de agua de cloaca me corriera por dentro. Mi sacrificio de sangre había salvado mi alma, pero aún me faltaba vengar mi cuerpo.


Cuando Chicho terminó, estaba extasiado. No había durado mucho, a decir verdad, pero para mí aquel calvario había sido eterno. Saciado como estaba, Chicho se descuidó. Sin importar el dolor de mil períodos menstruales que me partía el vientre, sumado al ardor de mi entrepierna, agarré el machete que el negro había puesto a un lado de la cama, y recordé lo que estaba haciendo cuando lo vi por primera vez con aquel pobre animal en el tronco, sin darle tiempo de nada más que morirse. ¡Y lo hice!


Demonios, fantasmas o lo que fuesen, conocerían mi furia. Entonces quité la tranca y abrí la puerta de par en par, dejando entrar el aire frío de la madrugada que recorrió mi cuerpo medio desnudo y cubierta de sangre, ajena en los brazos, las manos y el pecho, pero propia en mi sexo y en mi entrepierna, con el machete goteante todavía en mi puño.


“En la vida hay que hacer sacrificios, como decía la tía Elvira “, pensé.



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