Microrrelatos - Adela de Castro
- Adela de Castro

- 2 abr
- 2 min de lectura
Actualizado: 8 abr
EL GRANIZO
Siempre que llovía a cántaros su padre le pedía que saliera el patio y, trepada en la pared de calados, alcanzara el techo y limpiara de hojas la canal del patio para que no se rebosara el agua. Llevaba una semana infame de salir al patio, todas las tardes a la misma hora, porque siempre llovía a la misma hora, la hora de su siesta, a limpiar la canal del patio.
Rezongó y entró en la fría lluvia; pero algo le dijo que ese aguacero era especial: lo olía en el aire. Olía a electricidad, a ozono (¿a algodón?). “El color plomizo del cielo era más gris que nunca, el agua estaba más fría que de costumbre”, pensó. Fue en ese instante que percibió el primer granizo que entró como proyectil en el agua acumulada del patio. Contuvo la respiración: ¿estaba alucinando? ¿Granizando en el trópico? El golpe de varios granizos en los hombros la devolvió a la realidad y supo que esa tarde de lluvia no sería como las otras.
EL SUEÑO
¿Cuándo se va a acabar esto? - se preguntó desesperado; pero no contaba con que él era el sueño.
DESDE EL BALCÓN
A veces llovía poco. Cuando esto sucedía, se asomaba a su balcón para otear el horizonte y descubrir cómo caminaba la lluvia acercándose a su edificio. Otras veces, llovía a cántaros, torrencialmente, sin descanso, varias horas. Entonces, tomaba su pipa y se acostaba en su hamaca tratando de vislumbrar desde el balcón el contorno de una casa, de una planta, de un rostro presuroso. La nostalgia de la lluvia de su infancia lo embargaba, le hacía extrañar el olor a tierra mojada con la primera lluvia del año.
OTRA SORPRESA
Cuando vino a darse cuenta de la vida, ya había muerto.




