top of page

Inolvidable


Por Petrona de los Santos Malasaña


Mario Alberto salió, como escapando, del umbral donde se había guarnecido de la lluvia incesante que caía sobre Ciudad del Puerto. Tuvo buen cuidado de no dejarse ver por la cámara de seguridad, pues conocía su punto ciego. Se deslizó hacia la calle con pasos desacompasados, como si sus pies divagaran por el chaparrón. Mucho después se detuvo en medio de la calle desierta a esa hora de la madrugada; abrió sus brazos y subió la cabeza hasta recibir la lluvia en su rostro. Profirió un grito ahogado y débil. 


Bien decía su madre que las cosas, cuando se comenzaban, había que terminarlas. Y eso era lo que había hecho exactamente con María Claudia, su última novia.



Se dirigía hacia su apartamento empapado de la lluvia helada y destemplada de la ciudad portuaria. Seguía diluviando cuando llegó. Saludó apático a Yerson, el portero, que siempre había sido estupendo con María Claudia y un verdadero zoquete con él.


—¿Trabajando hasta tarde, ingeniero? — le gritó el portero. Mario Alberto hizo un gesto positivo con su mano sin voltear.


Subió en el ascensor goteando; entró en su apartamento y se desplomó. Ya no tenía más fuerza, estaba agotado, la boca y la garganta secas de estar respirando con la boca abierta. Se dirigió a la nevera y sacó una cerveza bien helada que se deslizó como agua suelta en dique seco.


Luego se sentó a rememorar sus acciones de la noche.


Había llegado al edificio donde ahora solo vivía María Claudia, a eso de las 12:30 de la noche. Esperó hasta que entró el ingeniero del 501 a la una de la mañana, como un relojito.

Se deslizó por el garaje del edificio esquivando las cámaras de seguridad que él mismo había ayudado a instalar cuando vivían juntos. Decidió subir por las escaleras porque no tenían cámaras. 


Llegó hasta el séptimo piso jadeando. Paró en el último rellano de la escalera para reponer el aire antes de proteger su cara con una gorra; terminar de subir las escaleras; sacar las llaves del apartamento de su blue jean; abrir la puerta con rapidez y cerrarla con sumo cuidado para evitar ruidos. Era consciente de cada una de sus acciones.


Conocía la penumbra del apartamento porque apenas hacía un mes que lo había abandonado; poco había cambiado desde que se había ido de allí, pensó. Se acercó a la cocina y tomó de allí el cuchillo para filetear pescado. Probó la punta en su dedo y lo encontró demasiado flexible; tomó otro que parecía más grande y firme. Probó su filo hasta comprobar la obsesión de María Claudia por tener los cuchillos siempre afilados. Siguió avanzando hasta que se detuvo ante la habitación y fue colocando, con parsimonia, los guantes de látex en sus manos. Luego, abrió con mucho cuidado la cerradura. Sacó de uno de sus bolsillos una cinta adhesiva y, con ella en sus manos, se dirigió raudo hacia la cama donde dormía María Claudia. Se trepó a horcajadas sobre ella, que se despertó asustada y quiso incorporarse.


Entonces, aprovechando la sorpresa, le tapó la boca con la cinta, y tuvo que golpearla porque no dejaba de moverse. Mientras María Claudia gemía aturdida por el golpe, Mario le ató manos y pies y, entonces, habló:


—Mi madre siempre me ha dicho que las cosas que comienzan deben terminar, — dijo observando retorcerse a María Claudia que intentaba gritar, ya con la boca tapada con cinta adhesiva — pero lo que tú hiciste conmigo no tiene perdón de Dios, María Claudia — al oír ella sus palabras y ver su rostro frío y calculador abrió los ojos desmesuradamente y redobló sus esfuerzos por alcanzar su cara con las manos atadas para rasgar su piel —  Eres una mujerzuela, una coya, una bandida que lo que busca es el dinero de la gente y no te importa que la hieras o dañes — al escucharlo hablar tan calmado la mujer comenzó a retorcerse nerviosamente, pues intuía que esto no era un juego ni una disputa por desengaño; que esto podría acabar mal; entonces, un sudor frío la inundó con una oleada de asco que le produjo náuseas — Así que ahora quiero que sepas que tú eras el amor de mi vida, que tu amor no lo podré olvidar nunca, pero que al abandonarme te has condenado y me has condenado — María Claudia no había dejado de luchar por zafarse y moverse bajo el peso de Mario Alberto, pero todo había sido en vano, respiró entrecortadamente, desesperada —  Yo no puedo vivir sin ti, María Claudia, pero ya me di cuenta que tú sí sin mí — al decir esto la voz de Mario se quebró, pero aún así le mostró el cuchillo de carnicería que había cogido en la cocina —  Así las cosas, me di cuenta que en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse (como dice mi madre), cosa que no tengo intención de hacer, pero debes aprender que quien jura amor le pertenece a la otra persona para siempre — Mario se le acercó a la cara con intenciones de besar su boca vendada, pero María Claudia se contorsionó con más ahínco aún —  Así que, María Claudia, aunque tú hayas terminado nuestra relación después de 6 años y con planes de boda, yo no la he terminado aún. Y vine a dejar claro que, si no vas a ser mi compañera de vida, no lo serás de nadie.


Y diciendo esto le realizó un corte profundo a un costado del cuello de donde empezó a brotar sangre, a pequeños chorros con cada latido. Sangre que fue manchando de rojo la cama de sábanas blancas, que ella había seguido usando, así no fueran de su agrado. María Claudia lo miraba con ojos enfebrecidos, pues acababa de entender que su vida se escapaba por su cuello con cada pulsación, y no podría hacer nada para impedirlo.



No te pierdas ninguna publicación.
Subscríbete.

© 2025 by Bestiario Colombia. Powered and secured by Wix

bottom of page