Una casa entre la niebla
- Iván Vargas 🇨🇴
- 15 jun
- 3 min de lectura
Por Iván Camilo Vargas Mesa
Colombia

Las ranas, con su cerúlea piel de látex, inflan los gargueros con aire con el ánimo de croar. El coro pluvioso, que entonan embelesadas para cortejar a sus parejas, se interrumpe cuando aparecen los monstruos eructando sus balas. La niebla los acompaña, y llega cargada con ventiscas que zarandean las tejas despegadas y azotan las ventanas, como si su objetivo fuera crear ruidos de ultratumba para torturar a mentes histéricas como la mía.
La niebla comienza a reptar y a envolver mi casa, justo ahí sé que es la señal para esconderme en mi madriguera. Me asomo y, con dificultad, la veo avanzar como si tuviera conciencia maligna, posiblemente turbe mi juicio si me alcanza. Las paredes de tapia no son suficiente para aislarme del ruido, pues la escucho susurrar idiomas antiguos e ininteligibles; como no le obedezco, comienza a rasguñar la puerta, intentando abrir una grieta para entrar e insuflar el mal. La empuja con vigor y los goznes parecen querer ceder a sus intenciones, pero resisten porque la puerta está trancada desde adentro. Mientras la escucho forcejear, me arropo con la colcha, como si fuera una oruga encerrándose en su crisálida.
Sobre los cristales de la ventana, una cortina de vapor distorsiona el mundo. Siluetas que antes eran arbustos y objetos comunes parecen ahora delinear criaturas deformes que emergen de sus guaridas subterráneas en lo más profundo de la noche para reclutarnos. No importa cuánta curiosidad sienta: si llegase a escuchar algún llamado, bajo ningún pretexto saldría. A veces utilizan voces dulces, sirenas sedientas de placer que gimotean por compañía; son voces húmedas que añoran ser embestidas, me piden pulgadas de amor, mordidas de pasión y lengüetazos calientes. El calor se multiplica entre los pliegues de mi cama y tengo que destaparme mientras sopeso la idea de acariciar los cuerpos de aquellos súcubos; deseo deslizar mis palmas sobre sus pieles lujuriosas y buscar sus orificios acuosos. Pensar en sus dientes afilados sacando tajos de mi carne me disuade y tengo que esperar ahí, tendido y rígido, ignorándolas hasta que se agotan.
Cuando se cansan de jadear, cambian su estrategia y me amenazan con voces guturales que me dejan pasmado. Cambian su tono de voz para recordarme a alguno de mis muertos; una noche creí escuchar a mi madre, estoy seguro, pero dudo de aquella realidad, porque ella murió hace tiempo cuando el cáncer penetró los órganos alojados en su costillar.
Como el ruido cercena mi descanso, meto bolas de algodón entre mis oídos, pero el bullicio ruido las supera; así que, para calmarme, tengo que tararear las canciones de cuna que mi madre me cantaba. Esos momentos ya fueron sepultados por el tiempo. Quizá, esas canciones las entonen los asistentes de mi funeral y arrullen mi cuerpo descompuesto. Si tengo suerte, y los demonios que merodean en el mundo escuchan aquellos cantos inocentes, pueda que se conmuevan y dejen mi alma libre para que se evapore al amanecer con los lengüetazos de sol.
Mientras tanto, antes de que mi alma se desprenda de su prisión ósea, tengo que soportar a la niebla y a los engendros que oculta. Esos monstruos que se cobijan en la oscuridad están armados con pólvora y dientes de plomo, se reúnen en el plenilunio para urdir sus complots. Por más que busque entre morgues y tugurios decadentes, estoy seguro de que no encontraré un ser más pervertido que aquellos. Su intelecto, igualmente corrompido, les permite crear miles de artificios homicidas. Recuerdo muy bien a la más inmunda de estas creaciones carniceras: un burro bomba, lo ensamblaron con pericia morbosa para hacerlo explotar con una carga de dinamita frente a la estación de policía de nuestro pueblo. Su carne pulverizada pañetó las fachadas circundantes; creo que su alma, así como la esperanza que nos quedaba, se desintegró con el impacto. Algunos de nosotros encontramos trozos del animal a kilómetros de distancia, ni siquiera el tiempo sepulta ese recuerdo y se asoma a menudo en mis sueños.
Mientras la muerte cubre a los nuestros con su manto putrefacto y los gusanos se tragan su carne amoratada, muchos niegan esa realidad. Aquí nunca hubo conflicto armado, aseguran. Las únicas bestias con habilidad dialéctica para engañar son de otra especie: se visten de traje, aparecen en el noticiero de mayor audiencia y recitan a la perfección un discurso arquetípico mientras yo me refugio en una casa entre la niebla.

