Reseña literaria de una película de terror
- Antonio Márquez 🇻🇪/🇪🇸
- 13 jun
- 5 min de lectura
Por Antonio Márquez Fontán
Venezuela - España

«…un escritor es como Dios con los personajes de un relato,
los crea como Dios a nosotros, y nadie puede pedirle cuentas».
Stephen King
(Misery)
Primero, no encuentro parangón al nombre Misery en español, aunque a raíz de la fama de Stephen King, y de la película, acaso ya existen varias niñas bautizadas de esa manera. Segundo, sé que es impreciso llamar reseña literaria a una síntesis de impresiones sobre una película, ¿o no? Pero tampoco es eso exactamente este escrito.
Vi la película mucho antes de leer la novela, siempre me pareció la palabra miseria, muy sonoramente cercana a histeria, incluso en inglés. Acaso jugó el escritor con la rima, y me convence de eso la aclaratoria que hace el mismo King respecto a la simbología personal de los personajes, asociada a su problema con las drogas y a su encasillamiento como escritor de terror.
Corría el año noventa y uno, y por alguna extraña razón decidí ir a la sala de La Previsora en horario de trasnocho. Temprano en la noche había llovido, por eso las calles mojadas reflejaban las luces caraqueñas como estelas plateadas sobre el fondo negro del asfalto.
Había pasado la tarde sin ocupación y vagando desde Chacaíto hasta Plaza Venezuela, mirando vidrieras, a veces preguntando precios aquí o allá, de pocas cosas que acaso no me interesaban, un encendedor metálico, una franela estampada, un pocillo de peltre, un cuchillo carnicero, los cuadros que los artesanos pintaban en la calle por pocos bolívares.
Hasta hace poco juraba que el personaje se llamaba Miseria; releyendo la novela, caí en cuenta que era una cerda quien se llamaba así y su dueña, Annie Wilkes, era la psicópata.
Tenía la boca reseca por la caminata y por la ansiedad de esperar la hora de la función. Decidí cenar un café con leche y una palmerita en el Gran Café. Ya quedaba poca gente y supuse que pronto cerrarían.
Cerca de las diez y media de la noche llegué al final de Sabana Grande, la gente se apresuraba a bajar a las estaciones del metro, el bulevar se estaba quedando vacío y solitario.
El conflicto realidad versus ficción planteado en la novela, una confusión que ha llevado a Annie Wilkes a la obsesión con Misery Chastain, al punto de importarle más la existencia del personaje, que la del propio Paul Sheldon, ¿Acaso es un deber de los escritores adolecer de ese mismo dilema? Plaza Venezuela estaba aún más desierta, y hacia el norte pude ver el reloj de La Previsora, las agujas marcaban las diez y cuarenta. La torre a pesar de tener solo veinte años siempre me había parecido antigua y hasta tenebrosa, quizá por su forma casi piramidal, o tal vez por los colores oscuros con que pintaban el rascacielos.
King en esta novela juega con la estructura de un espejo frente a otro espejo, un personaje boga por salvar a otro personaje, mientras el escritor reniega de la permanencia en su vida de Misery. Al mismo tiempo que el escritor real exorciza su propia realidad a través de la novela.
La sala de cine “La Previsora” era anormal, quiero decir anómala por su diseño muy vertical, además era muy pequeña, en medio tenía columnas cuadradas, que imagino desde algunos asientos resultarían estorbos, e impedirían ver con facilidad la pantalla. La diferencia entre la primera fila y la última era de un par de metros de altura. Donde sea que te sentases la pantalla parecía estar a un palmo de distancia. Siempre preferí entre los últimos, el techo en esa ubicación quedaba a pocos centímetros de nuestra cabeza.
En la película, quizá con más urgencia que en el libro, sentimos la necesidad de escapar, de que Paul Sheldon huya, y finalmente que asesine a Annie, al final rogamos que esté muerta, y respiramos con alivio al constatarlo con la palabra FIN en la pantalla.
Entré tarde a la sala, porque las cotufas tardaron en explotar, había muy poca gente, se entiende por la hora, y probablemente porque era día de semana. Ya Sheldon había volcado y Annie lo rescataba de la nieve.
Es inútil que intente yo narrar lo escrito por King con suficiente maestría, o contar una película cuyo argumento es por demás conocido.
Una pareja, que me pareció un matrimonio ocupaba la primera fila, miraba mansa, expectante con resignación a la pantalla. Más arriba a la derecha, otra pareja se agitaba incomoda en los asientos, probablemente novios en desavenencias. A mi izquierda, también entre los últimos, había otro individuo, a quien asumí como mi similar, aunque era mayor que yo.
En la parte alta, compartía mi ubicación alguna otra pareja. A mi derecha un poco más abajo, me llamó la atención un individuo, quien quizá se sentó incluso después que yo, y quien colocó a su lado en el piso un maletín ejecutivo.
Solo puedo agregar que a James Caan lo recordaba apenas por El Padrino y de Rollerball, y no desmejora su actuación en ésta respecto a sus anteriores.
La trama comenzó a desarrollarse hipnótica, sumiendo a todos en la magia de una atención predispuesta y en un silencio cómplice.
Aunque apenas perdí detalle, o eso creo, mi interés descuidaba por instantes la pantalla para vagar por los cuadrados del plafón, las lámparas apagadas que adornaban las paredes y el transcurrir inmóvil del resto de los espectadores.
Kathy Bates con su perfecto disfraz nos hace aborrecer a la obcecada secuestradora; luego merecería el Óscar, por esta actuación.
El del maletín vestía una chaqueta larga de cuero que en la penumbra me pareció beige. Sus faldones caían a los lados de la butaca reclinable. Por cierto, conocí otros asientos mucho más cómodos.
La película propagaba en todos una ansiedad previsible, pero a mí no me atrapó del todo; me tranquilizaba recordando que en los filmes americanos el muchacho nunca muere.
Entonces llegó el clímax, mueren los malvados, en este caso la malvada, pero no del todo, cuando ya respirábamos reconfortados, se alzó un segundo pico de suspenso. En ese momento el flaco del maletín se levantó, tan alto como era, elevó horrorizado los brazos, tratando de advertir al de la pantalla del peligro mortal que lo acechaba a su espalda. Sin proferir ni un gemido y tan rápido como se levantó volvió a sentarse, para regresar a su contemplación ensimismada de las imágenes.
Está loco, pensé yo, está inmerso en la absurda irrealidad de la filmación. No sabe, no recuerda, que todo es una farsa de actores a sueldo, quienes desempeñan roles ajustados a una historia inventada.
¿Acaso prefería también el vivir un sueño de dos horas a una realidad malsana y repelente?
Los créditos resbalaban hacia un cielo más arriba de cualquier encuadre, mientras se iban encendiendo las luces y uno se despereza, estira las piernas, se sube el cierre de la negra chaqueta de cuero, porque afuera debe hacer más frío que en las Rocallosas y acaso llueve.
En la calle noté al flaco del chaquetón beige y el maletín; caminaba detrás de mi por la avenida Francisco Solano, la soledad de la calle era impresionante. Crucé hacia la calle Las Flores, y la oscuridad era profunda y buena.
El hombre me seguía ahora a poca distancia y amenazaba con alcanzarme. A pesar de todo, no sentía miedo; ¿qué puede temerse de quien asiste a exhibiciones de cine de trasnocho? Decidí dejarlo pasar y me detuve a encender un cigarrillo. Ahora pude contemplarlo desde atrás: espaldas anchas a pesar de su flacura, sus tacones encontraban eco en el silencio nocturno. Aparte de nosotros no había nadie en ningún sitio. El frío no lo sentía tan intenso; descorrí el cierre de mi chaqueta y saqué el cuchillo.

