Poesía - Andrea Carolina Rodríguez Antequera
- Andrea Rodríguez

- 31 mar
- 2 min de lectura
TRES LUNAS
ANTES DEL CAOS (LUNA CRECIENTE)
Deja de pedir un lugar
donde ya no lo hay.
No porque no seas suficiente,
sino porque el espacio
cerró antes de que llegaras
con todo tu amor.
No tienes que probar
que eres buena para ser querida.
La bondad no es un examen,
ni el cariño una meta
que se gana a fuerza de aguantar.
Hay una voz que insiste
cuando todo parece quedarse,
no te quedes tú.
Soltar no mata.
Soltar libera.
A veces duele como despedida,
a veces suena como aviso.
DURANTE EL CAOS (LUNA LLENA)
El cuerpo no alcanzó a sostenerlo todo.
Se llenó de nombres antiguos,
de escenas repetidas,
de pérdidas que regresan sin pedir permiso.
Nada ocurrió de golpe.
Fue una suma.
Una fatiga que no se ve,
pero pesa como si llevara
todas las edades encima.
El pecho aprendió a doler
antes que la memoria.
La respiración se volvió estrecha
cuando las palabras ya no servían
para ordenar el día.
No es un dolor nuevo.
Es la repetición.
La certeza de haber estado aquí antes,
con otra cara,
con otro nombre,
con la misma pregunta intacta.
El cuerpo no se quebró,
se saturó.
Y en ese exceso
todo pidió atención al mismo tiempo.
DESPUÉS DEL CAOS (LUNA MENGUANTE)
Quedó una versión de mí
entre los restos.
No intacta,
pero despierta.
Aprendió a pensar más lento,
a observarse sin urgencia,
a no responder de inmediato
a todo lo que duele.
No es más fuerte;
es más consciente.
Sabe dónde se pierde
y dónde comienza a regresar.
Reconstruirse no fue convertirse en otra,
sino volver
con mayor cuidado.
Habitarse
sin exigirse claridad absoluta.
Elegirse ahora
no es un gesto épico;
es una práctica silenciosa,
un acuerdo diario
con lo que soy
y con lo que aún estoy aprendiendo a ser.

