No esta vez
- Alejandra Bautista 🇨🇴
- 17 jun
- 3 min de lectura
Por Alejandra Bautista Paredes
Colombia

— ¡Shhh cállate! ¡No aparezcas! ¡Ahora no!
— Ahora es cuando; es la oportunidad perfecta.
— ¡La amo, es la mujer de mi vida!
— Por eso mismo, si lo haces, ella será para la eternidad.
— ¡Sal de mi cabeza! — gritaba con la voz callada mientras cerraba sus ojos queriendo evadir su propia voz escondida.
— Imposible.
— ¡Cállate, cállate, cállate! — repetía las palabras en la mente; mientras, el agua caliente caía en su cabeza y sus manos estrujaban su rostro buscando eliminar las imágenes atroces que se le aparecían sin estarlas buscando.
— ¡Está desprevenida, ve!
— ¡Maldita sea, cállate, lárgate de mí!
— ¡Mátala!
El esposo ejemplar cerró la llave de la ducha, abrió la puerta de cristal y tomó la toalla que su mujer le había dejado para secar su cuerpo.
Secó su rostro y sacudió con fuerza su cabeza para remover los pensamientos que le aterraban. Abrió los ojos, su reflejo se difuminaba tras el espejo empañado. Con un borde de la toalla eliminó el vapor que se había pegado al cristal y vislumbró en microsegundos toda la secuencia de un plan que no quería ejecutar.
Saldría del baño con la toalla cubriéndole de la cintura hacia abajo y caminaría descalzo para empezar a desesperarla; sabía que su mujer odiaba ver huellas mojadas en la alfombra clara. La vería con una taza de café caliente, sentada en una silla, al lado de la cama recién tendida, leyendo otro libro de superación personal.
Ella apartaría la mirada de la lectura y lo vería de arriba abajo, sobre los lentes, haciendo una mueca despectiva mientras él desperdigaba gotas de agua en el piso, en el espejo del mueble de tocador, en los cristales de los cuadros y en los tendidos de la cama. El sentiría a lo lejos cómo la sangre le empezaría a hervir de rabia a ella; y a él, de verla agonizar lenta y dolorosamente.
Una sonrisa provocadora saldría de su boca y ella se levantaría para salir al balcón de la habitación, se refrescaría con el viento frío del fin de otoño y retomaría la lectura para olvidar las marcas que dejaría el agua al secarse sobre cada superficie.
Él tiraría la toalla en el piso, los ganchos de la ropa que utilizaría los pondría sin orden sobre la cama y después de estar impecable y listo para un día más, tomaría de su mesa de noche el rosario que guardaba junto a un crucifijo.
Se recostaría sobre la cama, subiría los pies sobre las mantas limpias con los zapatos sucios y empezaría a rezar los misterios luminosos que correspondían a aquel jueves.
Terminaría el rezo y se persignaría no sin antes pedir perdón por anticipado.
Se levantaría de la cama y dejaría el rosario guardado de nuevo; no podría permitir que aquel instrumento que utilizaba para acercarse a la paz interna fuera testigo de lo que moría por hacer y siempre evadía de alguna manera.
Dejaría la cama revolcada de nuevo y saldría carraspeando con fuerza; este era otro motivo que enervaba a su mujer. A pesar de los veinte años de casados, ella siempre detestaba los mismos comportamientos que no había logrado cambiar en su esposo.
Iría a la cocina, serviría un vaso de jugo de naranja frío que le congelaría el cerebro. Pondría el vaso sobre la mesa del comedor; el frasco del jugo quedaría destapado y la puerta de la nevera abierta.
Abriría el cajón donde se guardaban los cuchillos y los miraría con detenimiento. Revisaría el cuchillo pelador, el puntilla, el de deshuesar, el de trinchar, el de verduras, el chuletero, el de filetear, el jamonero y el de cortar pan. En todos se miraría para apreciar el brillo de sus ojos y escogería el que a su otro yo le agradara.
El cuchillo de filetear sería el escogido. Guardaría los demás y prepararía otro café para su esposa. Caminaría de regreso al cuarto cantando la canción «por qué se fue y por qué murió, por qué el Señor me la quitó, se ha ido al cielo y para poder ir yo, debo ser bueno para estar, con mi amor» y llevaría en una mano el café y en la otra, bien escondido, el cuchillo.
Se acercaría a su mujer que seguiría en el balcón de espaldas a la entrada, leyendo. Pondría la taza de café cerca y le daría un beso en el cuello. Ella lo miraría de reojo y él escucharía la voz, «¡Saca el cuchillo. Córtale la garganta!».
Las imágenes dejaron de ser planes y todo lo hizo tal cual lo imaginó.
Al llegar a su mujer, la abrazó por la espalda y contestó en su cabeza para silenciar la voz asesina en su interior: «¡Cállate! ¡No esta vez!».
— ¡Mía para siempre! — dijo a su esposa, mientras la llevaba a hacerle el amor.

