La prueba
- Diego Mera 🇵🇪
- 15 jun
- 13 min de lectura
Actualizado: hace 22 horas
Por Diego Mera Olivares
Perú

Ella quería que recordara.
Pese a que intenté responderle. ¿Cómo podría? Si apenas podía gesticular. Era como si la densidad, más aún, como si la congestión de la avenida Abancay pesara sobre mi cabeza. La mujer, rancia y malhumorada, acompañó mis ademanes antes de preguntar a secas mi nombre. Respondí con vaguedad.
Me fijé dónde estaba: la sala estaba repleta de enfermeras que iban y venían. Apuradas, se exigían los materiales de su oficio: la gasa, ¿dónde estaba?, el esparadrapo, ¿quién lo tenía?, la intravenosa, ¿ya la habían colocado?
Ninguna era como la que tenía al frente. Sus esfuerzos eran abnegados y diríase que sobrehumanos. Intentaba comunicarse conmigo, pero me costaba concentrarme en ella.
— ¿Cuántos dedos ves? — me preguntó sacudiendo unos graves barrilillos en el vacío.
No respondí.
Poco a poco fui volviendo en mí. Era un hospital: ¿Emergencias Grau? ¿El Rebagliati? De pronto, una voz familiar, era mi hermano preguntando por mi situación. Seguiría evaluando, le contestó ella antes de despacharlo con rudeza:
— ¡Estamos saturados! ¿No ve? — ¿Qué le habrá dicho mi hermano en su mente antes de salir?
La mujer continuó:
— ¿Edad?
¡Caray! Tardé otros segundos y con la cabeza hecha un nudo respondí:
— Veintidós… no, no. Aguante… veintitrés — sí, coincidía con mi documento de identidad.
— ¿Fecha de hoy? — acerté el año, el mes, mas no el día: ¿sábado?, ¿domingo?, ¿Cómo saberlo? Estaba cansado. ¿Cómo responder? Con el ajetreo de tanto paciente y la cabeza al borde del colapso.
Intenté dirigirme a ella, pero volví a tener dificultades.
— ¡Escuche, joven!... ¿Joven?
Sé que, tras desvanecerme, extrañamente, me dieron de alta y me llevaron a descansar a mi pensión en el barrio de Lince. Permanecí así algunas horas hasta despertar incrustado en mi viejo colchón. Una vez despierto, intenté hilar esas vagas imágenes que serpenteaban mi mente. Conforme aparecían se difuminaban.
¡Cornuda ebriedad! ¡Cornuda resaca!
Volví a sucumbir a un sueño profundo y llano hasta que horas después mi hermano irrumpió en la habitación: traía el móvil con mi madre al teléfono. Lo de siempre: para estar de fiestero no me mandaba plata ni se partía el lomo en su bodeguita de provincia. No quise entenderla, así que le colgué de golpe. ¿Qué maneras de hablarme eran esas?
Le pedí a mi hermano no volver a despertarme, aunque él – incómodo por el mal día que le hacía pasar – me contestó que se iba para su casa: su mujer andaba con los crespos hechos porque se había desaparecido desde temprano.
— Y tú — me encaró — Ni siquiera eres consciente de la hora, ni eres capaz de agradecer…
Se marchó no sin antes dejarme la cena lista y exigirme recordar los pormenores para el día siguiente. ¿Ya recordaba lo que había hecho?, fue lo último que me preguntó antes de hacer sonar las bisagras de la puerta. Tal y como había anunciado, a la mañana siguiente pasó a recogerme.
¿Cómo seguía en pijama?, ¿Cómo es que ni las legañas me había sacado?, me encaró. Debía vestirme, saldríamos cuanto antes, me dijo apurado desde la puerta.
No era nada, le indicó a la entrometida de mi casera, que no había tardado en asomarse por las escaleras a ver qué pasaba.
— ¡Carajo! …y con lo jodido que es meterse por la avenida Brasil en hora punta…—renegó al ver la parsimonia con que me desplazaba ya bien entradas las nueve de la mañana — ¡Mierda, apúrate!
¿A dónde iríamos?, quise saber, incapaz de hacerle eco a su tono. ¿Ya estaba otra vez? Que no le saliera con tonterías. Que me apure, insistió. Había dejado su cañita mal aparcada a la vuelta. Pobre de mí — me amenazó — si se ganaba problemas con algún policía por estacionar su auto donde no debía, o peor, si tenía problemas con algún amigo de lo ajeno, con algún chorizo.
Como siempre, el trayecto lo hicimos sin cruzar palabra. Él era mi único familiar en Lima, pero nunca hablábamos.
Irónicamente, pese a la procesión que era el tráfico y la interminable hora punta, llegamos rápido a la comisaría del distrito: un edificio de un verde áspero y afeado, donde él había asentado la denuncia.
De pronto, me dijo a secas que no podría quedarse. Me entregó los papeles de la cita, me pidió bajar y pisó el acelerador. Lo esperaban en el trabajo. Una vez adentro, quedé entre denunciados con rostros de inocentes y denunciantes con rostros culpables. No pude detenerme mucho en ellos, debía ubicar al perito de turno.
— Escaleras arriba… — me señaló un tipo desganado que fumaba, un oficial vestido de paisano que miraba con desconfianza a todo el que entraba.
Arriba me esperaba otro oficial también vestido de paisano. Era un sujeto barrigudo, con cara de pocos amigos y unos bigotes puntudos que parecían dañarle la nariz. Parecía constreñido en esa achatada oficina grisácea que apestaba a tabaco. Dando por sentado que sería una cuestión de rutina, le pregunté su opinión de todo este asunto. El que preguntaría sería él, interpuso seriamente atento a sus documentos y formularios. Dicho esto, me pidió narrarle qué había pasado aquella madrugada. ¿Cómo había terminado en esa habitación y – más importante aún – qué sabía de esas personas?
¿Acababa de decir personas? ¿Había oído bien? No me atreví a pedirle que me lo aclare. Creyendo que bromeaba, respondí solo a lo primero: había ido con unos compañeros de la universidad al bar Mónaco, del centro de Lima. Como no tenía por costumbre beber, pues me había mareado. ¿Qué de raro había en eso? Pues nada. Le expliqué que cursaba el tercer año de Ingeniería Industrial y que no veía nada malo en beber unas cervezas luego de los parciales. Si hubiera pisado una universidad, me entendería; estuvo a punto de escapárseme al notar con qué cara me veía. Pero me contuve.
— Algunos bares del centro son conocidos por acoger gente de dudosa reputación — me increpó cejijunto.
— El Mónaco no — quise replicarle. Me limité a insinuar que lo sabía y que por eso había ido acompañado.
— ¿Ves que fue en vano? Ahora dime… ¿Qué más recuerdas?
¿Qué más recuerdo? Empezaba a fastidiarme que no esperaran otra cosa de mí. ¿Acaso no sabía?, ¿no era evidente? ¡Pepeado! Sí ¡Pepeado! ¿Qué otra cosa había sido? Pero ellos insistían con lo mismo: con ese morboso y humillante acoso. Fatigado, le contesté que no recordaba en qué momento me había topado con esa calaña de gente y que no tenía claro si yo los había buscado o si había sido al revés.
— ¡Ay! ¡La juventud de hoy! ¿Con qué cabeza piensa? — dijo tomándose la frente y el bigote. Me miraba despectivamente. Parecía inspirarle lástima.
Tras un breve silencio, se ofreció a ponerme al corriente.
Pese a que al inicio se había rehusado a declarar por temor a ser implicado, el cantinero del Mónaco ya había hablado. Me recordaba ebrio, faltoso, vitoreando y diciendo tonterías como:
— ¡Viva la chupeta! ¡Hoy no dormimos!
Sobre las tres de la madrugada – luego de creer que me había marchado junto a mis compañeros –, me había vuelto a ver sereno y acompañado de una joven pareja. Hubo alcohol, agregó el funcionario, aunque ya las pruebas toxicológicas habían indicado algo más: una de esas sustancias que les daban a las reses para adormecerlas y dormirlas. Aunque el mío no era ni el primer ni el último caso, las maneras le llamaban la atención:
— De una dama — dijo — era frecuente esto del pepeo, — esto de drogar a alguien para robarle — pero con un varón de cómplice era inusual. Además, le inquietaba la precisión casi quirúrgica de las dosis.
— Alguien pudo habernos visto… no sé… ¿Y el recepcionista del hostal? — le interrumpí.
— ¡Ay, hijo!… ¿Me vas a venir a decir cómo hacer mi trabajo? — este último ya había sido interrogado.
Al llegar al hospedaje mi estado no le había llamado la atención. Que tres muchachos se metieran juntos y apurados a la misma habitación ya no sorprendía a nadie. Le pedí ver el acta, comprobar que no se lo inventaba. Lo revisé detenidamente. La mujer, leí en el atestado, era achatada, lunareja y de abundante maquillaje. De prendas cortas y mínimas.
— Claro…— dijo al oírme — esa es la descripción que ha dado el recepcionista.
Sin embargo, era el acompañante quien le preocupaba. La descripción del cantinero no coincidía con la del recepcionista. El primero hablaba de un joven de cabellera corta, con algunas mechas canosas. De figura estrecha – algo raquítica –, encorvado y pálido. Vestía cafarena marrón y pantalón crema. El segundo, en cambio, describía a un tipo colorado, robusto y erguido. De cabellera corta pero tupida. También vestía cafarena oscura y pantalón crema. ¿Podía tratarse del mismo? Me resultó imposible recordar a cualquiera de los dos.
— Normal… Los sentidos se nublan y la conciencia se diluye en un océano silencioso… — ¿Poeta resultaba? , pensé al oírle.
— ¿Cómo dieron conmigo? — le pregunté contrariado — Otra vez me miró por encima del hombro.
Empezó: sobre las nueve de la mañana una pareja me había descubierto tieso, en paños menores y mal cubierto de sábanas. Pensando que era un malentendido, buscaron al conserje del hostal para que me despertara. Este, luego de intentar despertarme, avisó al recepcionista, al que nadie le había informado que durante la madrugada entraron tres y no dos personas a la habitación 302. Por eso no se había sorprendido a las siete de la mañana — recién instalado en su turno — por despedir solo a una pareja. Continuó: enterado del asunto el dueño del motel había ordenado no moverme ni tocarme hasta corroborarlo personalmente. Por eso recién a las diez y media dieron aviso a las autoridades. Cerca de las once yo había despertado desorientado y con náuseas. A partir de ahí recordaba: me rodeaba la policía y yo no sabía por qué.
Ante mi desconcierto, un suboficial me había ofrecido mis ropas como quien da caridad.
— ¡Qué bien que vas recordando! — me felicitó el inspector antes de agregar que las investigaciones seguirían su curso.
De pronto, me sentí aliviado y volví a respirar tranquilo. Pensé que con eso cerraba un bochornoso episodio. El saldo: la billetera y tal vez algunas monedas perdidas, nada más. Al menos eso creí. Cuando iba a preguntar si eso era todo, el funcionario interrumpió mi titubeo y me sugirió hacerme unos chequeos.
— Ya me los hice… — le respondí apurado y tomando mis papeles.
Lo sabía, aunque esos eran chequeos funcionales, respuestas motoras y descartes de lesiones. Eran necesarios análisis más profundos. Fingiendo delicadeza, me habló de los contagios e infecciones que se producían en casos como el mío. Yo le insistí que ya me habían tomado una muestra de sangre en el laboratorio. También estaba al tanto, pero que esa muestra solo tenía por finalidad identificar la sustancia ingerida.
— ¿No me diga que ellos me han…?
— Eso es lo extraño… No hay indicios superficiales, pero me temo que…

Los siguientes días me mantuve en la pensión. Solo salí por avituallamiento. Desde casa intenté actualizarme con las asignaturas de la universidad. Uno de aquellos días, me despertó el ruido del teléfono: era mi hermano, que quería saber por mis pruebas médicas postergadas.
Le contesté molesto que estaba ocupado y que no me pasaba nada.
— ¡Ah, como quieras! — me replicó antes de colgar.
Ese mismo día hablé por teléfono con un colega de los del Mónaco, necesitaba unas fotocopias para unos cursos de Cálculo. No se había enterado de mi asunto y tampoco me atreví a contárselo. Mejor así. Le pregunté por el resto de compañeros, pero tampoco sabía de ellos. Llevaba días que no los veía en la Facultad. Más tarde, cuando tuve tiempo, le toqué la puerta a mi pensionista en su piso de abajo — ¿Para qué tanto periódico? — me preguntó la vieja sorprendida de verme apilar tantos Tromes y Ojos. No le dije nada. Solo le agradecí y subí con los folios.
Tal y como había dicho el inspector, casos como el mío se reportaban a menudo en Lima. Esas lecturas registraban escenarios nauseabundos, intoxicaciones, dosis mortales y periplos judiciales interminables. Felizmente, creí, no tenían mucho que ver con mi caso. Al menos eso pensé.
Ya por la noche, sonó el teléfono, nuevamente era mi hermano que quería increparme mi pasividad. ¿Tendría que hacerlo todo por mí?, insistió. Solo porque era incapaz de contrariarlo, acepté hacerme las pruebas. A la mañana siguiente partimos juntos al hospital. Antes de subir al auto le advertí que no toleraría otro interrogatorio. Que no estaba para hacerme el rico, me encaró antes de arrancar. Aun así, fiel a su costumbre, desapareció ni bien llegamos al hospital. De nuevo era el trabajo: su jefe tenía unas urgencias que parecían de parto y no pariría sin él tomándole de la mano.
— Ya, ya. Tú ve cómo te las ingenias… — me dijo antes de despedirse.
Una vez en el hospital, busqué las palabras – Infectología, Inmunología y Epidemiología – sobre la puerta de algún consultorio. No fue fácil. Al llegar supe que esperaría: no estaba solo. En un estrecho callejón – que fungía de sala de espera – una decena de ancianos me acompañaba. Tan demacrado era su aspecto que, si callaban, me dije, era para evitar que el aliento se les escape. No tuve deseos de quedarme con ellos. Esperaba en la fila cuando una anciana se me acercó, creí que excesivamente. Por más que quise cederle mi lugar, no aceptó. La mujer permanecía quieta, tendiéndome su cuerpecito flácido y acojinándose sobre mis espaldas. Mas al sentir por mi espalda la marcha de sus dedos, no aguanté. Esa ya era mucha confianza. Me giré molesto.
— ¿La hora? — me preguntó asustadiza con vocecilla de gorrión aturdido.
— ¡Diez con quince! — contesté raudamente evitando unos ojos que creí haber visto antes.
De pronto, me llamaron. Antes de entrar al consultorio me di cuenta de que la anciana no era la única pendiente de mí, otros también lo estaban. Lo sabía: veía con tal claridad a través de sus cabecitas llanas y ruinosas. Imaginaba qué ideas fraguaban. El consultorio no era sino un descuidado y estrecho cubículo dividido por un biombo color salitre, con dos escritorios y una camilla oxidada en una esquina. Sorprendía cómo esas cuatro mujeres cabían en tan reducido espacio. "¿Cómo podía ayudarme?", me preguntó una doctora joven y de carácter ameno. No supe responderle, no estaba listo para compartir el asunto. Me pregunté si no debía estar informada.
Me pidió amablemente que hablara, no tenía mucho tiempo, debía ver la fila de afuera e imaginar lo rápido que se le impacientaba la gente. No sé bien por qué, pero me rehusé. Supuse que ella lo sabía y deseaba avergonzarme. Ella insistió. Rojo de vergüenza, empecé un testimonio somero y superficial.
— Ya veo… — indicó apretando las muelas — Tocará hacerte un despistaje de inmunodeficiencia… — No me equivocaba, también ella se prestaba a ese juego oculto.
Oí en silencio el procedimiento. Primero, me tamizarían. De no hallarme reactivos, todo estaría bien. En caso contrario, recurrirían a un instrumento de mayor fiabilidad. Al atender a la posibilidad de que algo no estuviera bien, sentí el mismo mareo del otro día.
— ¡Joven, joven! — se exaltó. Sus colegas sin pensarlo se acercaron a atenderme.
Entre ellas, y como si hubiera estado enredado entre sus batas percudidas, un anciano de rizos blanquecinos sonreía extrañamente. Una vez que me acostaron en la camilla, tuvo la audacia de preguntar por mí. Ellas le hablaron de shock, de somatización y de estrés. Me ofrecieron un coctel de pastillas mientras él permanecía a mi lado dizque apoyándome. Mantenía un gesto de malicia que solo yo notaba. Sin embargo, cuando intentó sujetarme, se delató, pues su fuerza me pareció inusual.
— ¡Suélteme! — le grité tan molesto como asustado. ¿Qué quería?
Si el lugar ya era pequeño, me sentí liliputiense en esa llanura de baldosas gobernada por esas cuatro mujeres y aquel anciano. ¡Qué embarazoso me resultaba todo! Cuando creí que las cosas no empeorarían, empeoraron. Desde la puerta ya no era solo uno, todo un séquito de ancianos intentaba darme una mano. Quise gritar, aunque no pude. Apelando a mis últimas energías, los hice a un lado y arranqué sin freno. Salí tumbando a más de uno y huyendo despavorido.
— ¡Joven, joven…! — gritaban desde atrás.
A esas alturas ya no tenía claro a quiénes pertenecían esas voces. ¿Provenían de ese poliedro herrumbroso que era el consultorio o eran efluvios de mi mente que empezaba a fragmentarse?

Las siguientes noches fueron un auténtico suplicio: continuaron infestándome. Me habían seguido hasta la pensión e intentaban pasar desapercibidos. Cada día eran más. Incluso creí ver a los dos de la noche del Mónaco. ¡Qué orgullosos iban! Esa arpía afilaba sus garras buscando mi ventana desde la acera del frente. Él también estaba ahí, de espaldas, con su cafarena oscura y su pantalón crema.
Por eso, pedí resguardo a la casera. ¿Cómo lo conseguiría? Mientras ella no viera nada, no pasaba nada, me dijo. Debía ser el cansancio. ¿Comía bien?, quiso saber preocupada. Había oído que mucho estudiar también hacía daño. La vieja no me tomaba en serio, pero a mí nadie me sacaba de la cabeza que eran ellos.
Una vez que lograron entrar, ya no pude conciliar más el sueño. Arrastraban unos cuerpos que noche a noche robustecían. Al principio se ocultaban tras las persianas, aunque poco a poco se fueron acercando. Cuando encontraba la mesa desordenada, sabía que era por ellos. Sus pasos sonaban como martillazos. Ocupaban las otras piezas y hasta usaban el baño. Me lo dejaban lleno de canas. Yo fingía no darme cuenta; era cauto y los vigilaba, al punto de aprender a reconocer su presencia. Su olor a naftalina y a ropa guardada los delataba.
Por aquellos días, la pensionista venía a recordarme las deudas. Pese a que de la puerta no pasaba, su buen ojo advertía el descascaro en la pared y el estado de mi pieza. Me reclamaba. Por más que le insistía que no era yo, no me hacía caso. De seguir así, sería mejor hacer maletas, me advertía molesta. ¡No entendía nada la pobre!
Una tarde, considerando que eso iba demasiado lejos, pensé que lo mejor sería ir al hospital, hablar con alguien y aprovechar en hacerme los tan postergados análisis. Por la reacción de la doctora, sospeché que no me esperaba tan pronto. La encontré pálida, quién sabe si anémica. ¿Estaba enferma?, quise preguntarle, y si no lo hice fue para no alarmarla. Al cabo de un rato me despedí calmado. Incluso me disculpé por el incidente del otro día.
— Descuida… los nervios son así — contestó entre tos y tos luego de pincharme.
El resto de la semana reposé satisfecho. No solo mis temores, también los visitantes, se habían ido. Ni el olor a naftalina ni el aire cargado de nostalgia persistieron. El día para el que estuvo programada la entrega de resultados, fui solo al hospital. Llegué afianzado y optimista. No presté atención a que el sanatorio estaba abarrotado de gente. Muchos iban y venían confundidos y malhumorados. El servicio y la fila de espera colisionaban. Todo estaba como siempre. Esperaba tranquilo cuando lo tuve al frente: venía vanidoso y con la melena en alto, como buscando distinguirse. Se metió en la cola jaloneando a los más languidecidos y encajonó su mirada en mí.
Yo tardé unos segundos en corroborar esa inverosímil conclusión: ese cabello castaño, esos pómulos rosas y ardientes, esas mejillas firmes y simétricas, eran las de un hombre en la plenitud de la juventud, robusto, treintañero tal vez. Sin embargo, su malsano olor a naftalina y su sonrisa de complicidad – o tal vez de agradecimiento – lo delataba.
Era ese – qué duda había – el olvidado anciano que días antes había fingido ayudarme en el consultorio. El mismo de la madrugada del Mónaco. Volvía a presentarse ante mis narices con la juventud que me había robado. Nunca había estado equivocado: él era la evidencia. A pesar de que lo intenté, ya no tuve cómo resarcirme. Me sentí sin fuerzas para reclamarle su despojo. Lo vi marcharse sin poder contenerlo. De pronto, observé dónde estaba: era una fila de endebles figuras con dirección a un pórtico. Al final, una jueza dictaba sentencia sobre los afligidos que, devastados como yo, llegaban a sus pies.
Era esa la última brecha que debía recorrer, pero para entonces yo ya era algo invertebrado, una disminución etérea y casi ficticia. Me costaba ver con claridad y moverme. Supuse que envejecía.
Imaginé el veredicto que me esperaba.

