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La pasajera

Por Jaime Octavio Campo Gil

Colombia


Yendo hacia Buenaventura, en la parada de San Cipriano, se montó al bus una joven negra de turgente belleza que parecía salida de los cantos del río, del trepidar de las piedras, del susurro de la selva con sus sombras húmedas y cálidas. La mujer cubría su cabeza con un colorido e inexplicable velo de tintes rojizos que daba vuelta a su cuello y caía con suaves movimientos sobre su pecho un tanto agitado, quizás por la carrera para abordar el bus. 


Sin pronunciar palabra y sin mirar a nadie, se sentó al otro lado del estrecho pasillo, junto a un soldado profesional, casi niño, que venía remitido de la Guajira y con quien yo había cruzado algunas palabras.  Al principio permaneció sumida en silencio con los ojos cerrados en actitud de pena, como si hubiese perdido un ser querido; al rato me pareció verla llorar y un poco después puso su frente sobre el brazo apoyado en el espaldar frontal como dispuesta a dormir. 


El soldado me miró por encima de su espalda con una sonrisa picarona, dejando ver que le había gustado la muchacha, a pesar de que anteriormente me había confesado ser profundamente racista por lo que no creía poder sentirse bien en esas tierras del pacífico, tan negras como pepas de guanábana, en su decir.  


No pasó mucho tiempo hasta que la enigmática mujer sacó el celular para hacer lo que más hacemos hoy en día los humanos: repasar fotos, videos y chats.  De tanto en tanto, la miraba furtivamente para espiar sus cambios de expresión, lo que ocurrió al poco tiempo cuando observé que miraba con agudo detenimiento una fotografía en pantalla completa. En la foto se la veía acompañada de otra mujer luminosa y rubia, ambas radiantes tomadas de la mano mientras eran salpicadas por la imponente cascada que enmarca el hermoso charco de San Cipriano, como una cortina de teatro natural detrás de la cual se podría adivinar un escondite seductor. 


Al advertir su rígida concentración, tuve uno de esos raros instantes de lucidez que a veces llegan, pues acercando mi cabeza a la suya le pregunté en voz muy baja: ¿Se despidieron? La joven se sobresaltó en un principio, pero luego aceptó mi desparpajo y con una luz de complicidad en sus ojos respondió: "Sí, pero volveremos a encontrarnos". El soldado ya se había dormido.



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