La niña Santa. Un fenómeno esotérico
- Martha Arévalo 🇲🇽

- 20 jun
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Por Martha Arévalo Reyes
México

La niña Santa no es ninguna niña; lo que tengo frente a mí es una mujer robusta, de cara curtida, que ronda los 50 años. Es bofa y grande, de piel morena pero pálida. Su cabello se enreda en mechones, simulando largos tentáculos platinados. Tiene los senos como ubres. Anda desnuda. Su casa no cuenta con luz eléctrica, y atiende solo de noche.
La curandera, como también la llaman los lugareños, no tiene un brazo. Juana Rodríguez, oriunda del lugar, 51 años, «orgullosa madre y abuela», afirma que «fue la bruja anterior la que le mochó el brazo a su propia hija». La entrevistada atestigua, sin temor a equivocarse, que dicho acto se trata de una «ofrenda al maligno». El puesto de la niña Santa es una herencia de seis generaciones, todas mujeres sin brazo izquierdo.
La niña Santa reside en una casa sin repellar, situada en el municipio independiente de Charquicán, una localidad con una población de 300 habitantes y mucho sol; un lugar extremadamente seco en el que, curiosamente, sí llueve aunque no debería. El sociólogo José Herbert, maestro en Antropología, define a la niña Santa como el suceso místico más mediático en la historia del país. «En su tiempo se habló muchísimo sobre el tema, pero, en realidad, no hay un solo caso del que se tenga un registro oficial», afirma el docto; «en cuanto a la niña Santa, pocas cosas se saben con certeza».
Durante la época de nuestros padres sucedió el momento cúspide de la fama de la curandera. En las elecciones presidenciales del 82, en el país corrió el rumor de que Larracochea estaba seguro de su triunfo porque le había pedido el favor a una tal «niña Santa». Pese a que las encuestas arrojaban una competencia reñida, Larracochea tuvo un triunfo arrasador. A partir de ese momento, infinidad de automóviles de todas las clases sociales rondaron Charquicán. Los visitantes se alojaron en casas de la comunidad para esperar indefinidamente con la esperanza de ser atendidos por la sanadora, creyentes de la posibilidad de volver a caminar, de curarse el cáncer y de recuperar los sentidos. Incluso se corrió el rumor de que la niña Santa podía restaurar órganos y devolver extremidades. Guadalupe Delgado, «mujer soltera de 47 años» y hostelera de El rinconcito bello, manifiesta haber dado alojo a más de dos mil feligreses, con deseo de dejar asentado que todos ellos alabaron su buena cocina.
Sin embargo, pese a la gran fama que se alza en torno a su nombre, al final del día todo lo relacionado con la chamana queda como mera habladuría: no existen testigos oficiales del hecho. En el medio periodístico del país, los milagros de la sacra niña tienen solamente un único registro. En el periódico La Nación, con fecha del 8 de agosto de 1982, en primera plana se alzó una entrevista estelar hecha bajo el anonimato: «Fue un milagro, nunca pensamos que pudiera volver a ver», clamó el título de la nota periodística marcado en letras grandes y gruesas. En el escrito, el milagro se le atribuye a la niña Santa, quien en ese entonces rondaba los 20 años de edad y aún trabajaba en compañía de su madre. El ejemplar de ese día se vendió en un tiempo récord, para antes de media mañana todos los puestos y vendedores lo tuvieron agotado. Coincidencia o no, una semana después de la publicación de la nota, el director del periódico y su mesa de redacción fallecieron, uno tras otro, en una serie de extraños acontecimientos. A partir de ese momento, ningún medio de comunicación divulgó nada más sobre el caso. Tuvieron que pasar tres años para que Telenoticias enviara a un equipo compuesto por el camarógrafo Rodrigo Garzón, la reportera Cristina Arellano y el sonidista Raúl Jiménez. Su meta consistía en grabar un ritual de la niña Santa. Si lo lograron o no sigue siendo un misterio, ya que el equipo nunca regresó a la ciudad. Un par de años después, la policía municipal encontró a la reportera Cristina Arellano vagando desnuda por el centro de la ciudad con el cuerpo medio gangrenado, abrazada a un casete de video. La mujer, quien lucía treinta años mayor y de la que solo se supo su identidad tras comparar las huellas dactilares, balbuceaba incoherencias sobre una oscuridad interna. El casete solo mostró una constante imagen negra. La reportera falleció en el Hospital Nacional un par de semanas después y nadie reclamó su cuerpo. La autopsia arrojó ahogamiento como causa de muerte, sin que nadie pudiera responder con certeza cómo sucedió el hecho.
Las peticiones hechas a la niña Santa no son solamente relativas al ámbito de la salud, también se pide fama, dinero e incluso muerte. En el 83 nació el rumor de que Lorena Clemente había cambiado el alma por el estrellato tras alcanzar una fama universal sin precedentes, convirtiéndose, de la noche a la mañana, en un ícono del cine internacional. Dos años después, el país se estremeció con el inesperado fallecimiento del empresario Otón Reinoso tras la caída de su avioneta en medio del Amazonas, legándole toda su fortuna a su primogénito, pese a haber tenido siete hijos. Finalmente, en el 87, corrió el último rumor fuerte en torno al caso: la gente comenzó a afirmar que el ascenso de Jesús Prado, de campesino a líder nacional del Sindicato de Trabajadores Mineros Asociados, se dio gracias a un trato con la bruja. Lorena Clemente fue asesinada por su marido, el productor Gabriel Estraza, antes de cumplir los 33 años; Jorge Reinoso, hijo del empresario, quedó cuadripléjico tras un accidente esquiando; finalmente, Jesús Prado fue capturado en el extranjero tras su huida del país con una suma exorbitante gracias a la denuncia de su mujer, quien lo delató tras enterarse del amorío que su esposo mantenía con su propia hermana.
Felipe Ordóñez, campesino oriundo de Charquicán, «orgulloso dueño de seis vacas con tan solo 30 años», afirma haber estado presente cuando sucedió la tragedia del padre Román Abad. El cura, de aspecto férreo, arrugas bien marcadas, ojos azules y piel muy blanca, fue enviado desde la capital para evangelizar a la gente de la niña Santa. Duró apenas dos semanas en su puesto. Medio pueblo fue testigo, según el entrevistado, de ver cómo en plena plaza, ya que Charquicán no cuenta con ninguna iglesia, a mitad de un sermón en contra de la chamana, al cura Román se le llenó la boca de espuma, se le botaron los ojos y cayó retorciéndose en convulsiones violentas. «Nadie en este pueblo se atrevería a decir nada en contra de la niña Santa», añade el señor Felipe, quitándose el sombrero como muestra de respeto. La Iglesia Católica no volvió a enviar a ningún representante. Aunque un par de colectivos religiosos se manifestaron solicitando intervención gubernamental, la administración nacional no fiscalizó al pueblo de ningún modo. Charquicán es tierra de nadie, o mejor dicho, es población de la niña Santa.
Me encuentro frente a la bruja y me hace sentir que me conoce desde la infancia; es como si lo supiera todo. Estoy acostada boca arriba mientras me acorrala caminando a cuatro patas, apoyando su muñón como una extremidad más. Pese a estar rodeada de velas, poco a poco el lugar se ha ido sumergiendo en una oscuridad casi absoluta. Los ojos me traicionan, hacen que a la mujer le encuentre forma de bestia con cara humana: cabra con senos, caballo con piernas, cerdo con cabello. La niña Santa se levanta en dos patas y se vuelve una quimera jorobada de estatura inmensa que camina pesado por todo el cuarto. Las pisadas resuenan como pezuñas contra las piedras. Su respiración, profunda y lenta, retumba en las paredes, devolviendo un eco con calor propio, como si todo el lugar inhalara y exhalara a través de sus pulmones, y paulatinamente me voy sintiendo incluida, jalada por su fuerza gravitacional que se come todo. Los sentidos se desordenan y miro con los oídos y escucho con los ojos. El cuerpo me suda, pero los dientes me castañean, el pelo se me embadurna en la cara, como si aquí adentro lloviera. Me muero de frío. La niña Santa repta para acercarse a mí, se me encima y por inercia cierro los ojos. Me huele. Emana un calor animal. Me toca el pecho, mete la mano y rebusca en mis entrañas con sus dedos largos de babuino, sus uñas encuentran mi pulmón izquierdo y lo estrujan. Me dejo hundir en la tierra en compañía de la bruja y cada vez nos vamos más abajo. Ya no respiro, ni siento dolor. Me caminan los gusanos y me tocan los muertos. Sin previo aviso, me incorporo para vomitar negro y viscoso. Regurgito violento. De alguna forma sé que estoy expulsando el cáncer, pero también siento cómo, lentamente y entre lo podrido, se me va fugando el alma.

