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La bestia y otro

Actualizado: 8 jul

Por Isa Saavedra

España


La bestia


Alzaba su voz infantil entre el gentío, como si el tono agudo pudiera, con suficiente esfuerzo, volverse solemne. No podía apartar los ojos de él: un niño enjuto, aterrorizado hasta la médula, que blandía en una mano un fajo de folletos. Sus ojos suplicaban antes de que su boca pudiera hacerlo.


Me pudo la curiosidad y cogí uno.


— Hay que protegerse de la bestia. Está enfurecida y nadie está a salvo.


Me produjo ternura, la clase de ternura un poco triste que dan los miedos ajenos. Pensé que algún hermano mayor habría disfrutado del susto, sin calcular bien la magnitud del daño, e imaginé a ese niño despierto a las tres de la mañana, escribiendo de su puño y letra un protocolo de actuación contra algo que no existe.

 

Sin saber muy bien por qué, decidí seguirlo cuando la pila de folletos se agotó y dio su tarea por concluida. Mantuve la distancia para no inquietarlo y recorrí con él varias calles conocidas y otras menos transitadas, hasta llegar a una pequeña vivienda unifamiliar. Se plantó frente a la puerta indeciso. Le temblaban las rodillas y la mano suspendida en el aire no terminaba de pulsar el timbre. Una voz ronca resonó al otro lado. La puerta se abrió apenas unos centímetros y una extremidad grande y peluda aferró el cuello del niño, y lo introdujo de un tirón en la oscuridad.




El orden natural


La atmósfera se hizo densa y el olor a tierra era tan profundo que podía masticarlo. Del suelo, en lugar de tallos y flores, emergían raíces gruesas y fuertes. Los gusanos no huían hacia dentro: salían, ascendían por mi piel buscando refugio.


Entonces comprendí por qué la fosa era tan fascinante. Yo era lo único muerto en ella.



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