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Grafosomatismos


Por Maximiliano Sacristán

Argentina


¿Se puede describir el escribir? Indago en los microsomatismos de una tecnología arcaica y anatómica, la de la escritura manual. Dispositivo y soma en íntima interacción. Yo soy mi propio experimento. 


Tenemos el prestigio del sillón señorial y el tintero con pluma de ganso. También tenemos la barba y la pipa sapienciales que le dan un aire sacramental a las emborronaduras... Representaciones, no más, de un oficio que se mira en el espejo de lo prestigioso. Pero antes de lo público está el cuerpo, ese bestiario que se abandona al decúbito dorsal. Postura del rentista literato, ocio del acostado. Los adminículos son escasos y simples: un cuaderno más un bolígrafo. Con poco basta para pergeñar un cosmos. Luz de lámpara y silencio en la habitación. El encierro, en fin, como condición de posibilidad del escribir. Kafka y su catacumba ideal. El autoexilio y la fantasía a la Robinsón. Enrollarse a sí mismo igual que un cuerpoespín. Primera postulación: la escritura propone una sensibilidad diferida y una sociabilidad diferente.


En el principio está la mano. El procesador de textos viene después, cuando urge tomar distancia como si se fuera el amanuense de uno mismo. Al borrador le urgen las huellas digitales, ese rastro dubitativo que trae todo embrión. El puño que se desplaza, el blanco que se macula lentamente. Seguir el ritmo, tomarle el pulso al reguero de signos. Saber garabatearse es saber auscultarse. Segunda postulación: toda literatura es una autobiografía del propio cuerpo.


La mano que envuelve al bolígrafo como un capullo, los dedos que se familiarizan con ese falito inseminador. Si hablamos de un lápiz, dulce es el aroma de la madera recién afilada. Los antebrazos se cansan y el callo del escriba demanda un resuello. La lumbalgia pulsa, curva el trazo, interfiere en la cadencia de la frase. Hay que dejar la cama, poner los músculos en tensión. ¿Escribir caminando, dictarse a uno mismo, ser el propio albacea? Prosa peripatética, recorridos de un soma sometido a los grafemas. O también sentado en una silla dura. Incomodidades oportunas para una poiesis nada ascética, por cierto. La respiración se acelera, la espalda se encorva sobre el papel, los talones tamborilean inquietos bajo la mesa... El cuerpo en tensión emana una arquitectura distinta. Fisiologías del decir. Con cada postura, una nueva visión de mundo impregna el texto. Tercera postulación: el estilo es el producto de una anatomía.


Todo conspira contra el escribir: timbres, sirenas, ladridos, televisores, parlantes, bocinas, pregones... El mundo es una caja de resonancia que atasca la máquina escritora. Cierro el cuaderno, abandono. No renuncio, sólo lo postergo. Me postergo. En otras condiciones funcionaré mejor. La inspiración como metafísica de la erotografía. La migraña pasará, los analgésicos silenciarán la lumbalgia. Con la noche la ciudad buscará la calma. En cuanto a mí, no buscaré la cama. Quitarle horas al sueño es un precio ridículo comparado con la sed de trascendencia. Por lo pronto me consuelo con anécdotas: Proust y su asma, Joyce y su ceguera, Nietzsche y sus migrañas, Onetti y sus cigarrillos, Hemingway y su whisky. Cuentan que los ataques hepáticos condicionaban el humor de los heterónimos de Pessoa. Placebos, en fin, para llenar el confinamiento del grafómano. Interrupciones que son estimulaciones. Cuarta postulación: sólo se puede producir bajo presión, bajo pulsión. 


Borrador en retirada: mañana, más tarde, el próximo fin de semana... Ya acabaré lo interrumpido. El argumento seguirá ensayando sus formas mientras se vive la vida de los otros. El mundo será Tlön. Quiero decir, el futuro tendrá la forma de un texto. Siempre hay una excusa para somatizar la literatura.



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