Estrella de noche
- Giancarlo Romero 🇵🇪

- 14 jun
- 8 min de lectura
Actualizado: hace 2 días
Por Giancarlo Romero
Perú

Es muy bonita. A través del espejo retrovisor puedo ver las líneas de su rostro, sus ojos almendrados, su piel de oliva. Aquí a Zepita, me dijo. Estamos en San Juan de Miraflores, por el cine Susy. Es un tramo largo. Calculo.
— ¿Veinticinco?
— No seas malo — me responde, coqueta — ¿Veinte?
La vuelvo a mirar. Es un lindo escote el que se asoma al acercarse a la ventanilla. Le sonrío y le digo que suba. Es mi primera carrera del día. Normalmente, siempre salgo de noche. Se sienta detrás del asiento del copiloto. Bajo el retrovisor y sus piernas, largas y perfectas, se aparecen como dos columnas de mármol, de esas que sostienen los santuarios en Grecia. En esas cosas voy pensando, mientras le cuento la ruta que tomaré: Tomás Marsano – Córpac – Vía Expresa. Ella asiente por toda respuesta y dirige la mirada a la ventanilla. Es muy bonita y muy joven también. Tal vez diecisiete o diecinueve, nomás. Tiene suerte, me digo. A esa edad yo estaba en la selva, matando tucos, esos cunchasumadres de los terroristas que aparecían de la nada y nos llenaban de plomo. Perdí amigos así, chiquillos como ella. Chuquillanqui fue el primero. Pisó una mina. Voló en mil pedazos el pobre. Una pierna no más se encontró. Una pierna y todo el verde de la selva pintado de rojo como el semáforo que me detiene.
— Hace calor, ¿verdad?
— Sí, últimamente, mucho — responde, sonriendo — y dicen que se va a poner peor.
Señala la radio. Normalmente siempre escucho noticias cuando trabajo. Y en la madrugada emisoras que pongan salsa, para animarme.
— ¿Le pongo música?
— Sabor Mix.
— ¿Sabor…qué?
— 95.5 FM — responde cantando — Sabor Mix. No sabes de música, ¿no?
Cambio el dial. El bombombom repetititvo de esa música me aturde. Son como bombas que resuenan en los parlantes. Como las bombas que nos llovían por todas partes. Avanzábamos lentamente por la espesura, entre mosquitos y charcos y las balas aparecían por todos lados. Gritábamos para ubicarnos y para darnos valor. Disparábamos las FALS en ráfaga, contra lo que sea que se moviera. Normalmente, las patrullas eran de noche y nosotros sólo íbamos con el uniforme de comando y una camiseta de hilo plástico con el nombre de nuestra unidad mal escrito. El rostro pintado de negro y encima un pasamontañas con el que teníamos que aprender a respirar en la humedad de la montaña.
El sol se va perdiendo tras el edificio de Coca Cola en Javier Prado. Ella abre su cartera. Es un bolso grande, de donde saca unos zapatos de tacón alto. Guarda sus zapatillas Troop y se los coloca en esos delicados pies pequeños, de limeña, como dicen los viejos y saca también un estuche de maquillaje. Pinta sus labios de rojo fuego y con el rímel dibuja sus pestañas con la habilidad de un artista. Perfuma sus muñecas, el cuello y el escote.
— ¡Qué rico perfume!
— Es Maja. No es muy cara, pero bien rica. Deberías comprarle a tu novia.
Le explico que no tengo novia. Que no hace mucho que terminé el servicio militar. Ella me escucha atentamente, mientras el tráfico nos detiene en la Plaza Grau. Le conté que mi primo me prestó el autito para hacer taxi.
— Está jodida la cosa para los licenciados. Salimos después de matar a los tucos y el gobierno no nos da nada. Nos prometieron estudios, casas, una vida mejor. Tres años…tres años de mi vida perdidos.
— No los perdiste, bebé — me dice, piadosa — lo hiciste por todos, por nosotros. Eres un héroe.
Su voz es suave y dulce, y me calma. Doblamos por Washington y encontramos más tráfico. La noche ha caído. Giramos por Chota, a la altura de la sanguchería El Chinito y me dijo "aquí me bajo", frené. Me pagó con un billete de veinte y, antes de entregármelo, me preguntó si trabajaba toda la noche.
— Sí. Normalmente me quedo plan de tres o cuatro de la madrugada.
— ¡Uy…, vampiro eres!
— Jaja. No, es que en las guardias acostumbramos a dormir poco.
Ella salió del auto y se acodó en la ventanilla del copiloto.
— Tienes cara de buena gente ¿Tienes celular?
— No. Esa vaina no tengo. Es caro y con eso de el que llama paga no hay forma que me saque uno.
— ¡Pucha! — se rió de mí — ¡Qué desactualizado eres! Estamos en los noventa, papi. ¡Arriésgate! No sabes la sensación de libertad que te da tener uno. Mira. Este es mi número — sacó del bolso un aparato grande y pesado color gris y tecleó los botones hasta que los números naranjas aparecieron en la pantalla negra — Sorry, es que aún no me lo aprendo bien. Ya está. Toma, apunta y llámame a eso de las tres y treinta y así me vienes a recoger. Ahí sí, por la hora y por el servicio te pago tus treinta soles. ¿Qué dices?
El papelito con su número lo guardé en el bolsillo de mi camisa. Nada ni nadie iba a hacer que lo perdiera. Se despidió con un beso volado y, al encender el auto, se volteó y me regaló un guiño coqueto. Edith. Su nombre es Edith. Repetía en mi cabeza la escena de nuestra conversación poco antes de llegar a Zepita, mientras daba vueltas por la zona, buscando carreras cortas que no me alejen mucho de ella.
— Es mi chamba. Sí, y no me importa lo que piensen, y si te jode, que te joda.
— No. No me jode. Eres libre de hacer con tu cuerpo lo que desees y nadie tiene por qué criticarte.
— Qué lindo que pienses así, por eso me caes bien. Mi nombre es Edith, pero aquí soy Estrella.
— Ramiro… Ramiro Bacigalupo.
— ¿Cómo la vedette?
— Sí, pero no hay parentesco.
Es muy bonita. Su sonrisa iluminaba la noche del centro de Lima y su recuerdo aparecía en cada calle, cada farol, cada parque por el que me perdía dejando pasajeros. De rato en rato pasaba por la calle donde la dejé y un par de veces la vi negociando con el cliente de turno y yéndose a un hotel de mala muerte del Jirón Inclán. La calle estaba llena de chicas como ella, pero ninguna era como ella. No tenían su gracia ni su belleza. Las había de todo tipo: chatas, gordas, feas y guapas, pero ninguna como mi Estrella, o mejor mi Edith, porque Estrella es la que trabaja entregando su cuerpo y está muy alejada de la chica a la que le hice la carrera desde el cine Susy.
Y sí, tiene razón. Nadie puede decidir por ella ni criticar lo que haga con su cuerpo. Ni yo, que ya empezaba a amarla por quien era y por cómo podía, con su voz de arroyo, calmar todos mis traumas y mis arranques. Ella es tan distinta a todas, a las mujeres de mi primera vida – antes del servicio militar, donde caí en una leva tan cerca a mi casa y de la que mis padres se enteraron dos semanas después, cuando por fin pude llamarlos desde un puesto telefónico perdido en la puna –, ni a las mujeres que nos servían para calmar a la tropa, las indiecitas a las que usábamos como venganza porque alguien tenía que pagar pato por la muerte de Incháustegui, de Ipenza, de García, de Luna, de Chang, de Fuentes, de Castañeda, de León, de Pérez, de Vergaray, de Quispe, de Rodríguez, de Muñoz, de Lam, de Vargas, de Camargo, de Martínez, de Valdivia…ah, del chivo Valdivia, de Huamán, el que tenía la hermana con unas tetazas, de Olivera y sus chistes, de Grados y las horas de tertulia en los catres miserables, de Flores y los sueños que tenía de poner un bar cerca a su casa, escuchando a papá Chacalón, de Carrasco y sus ganas de ser ingeniero, de Cáceres y sus ganas de apoyar a los demás, de tantos y tantos chicos, tantos buena gente que cayeron en emboscadas, en celadas que nos organizaban con acuerdo de los mismos chunchos de mierda a los que íbamos a proteger.
Podía sentir cómo se me hinchaban las venas de la cara y de los brazos y pisaba a fondo el acelerador. Bajo en la esquina, me dijo el chico al que llevaba a la altura de la cuadra 24 de la Colonial cuando estábamos por Dueñas. Solo pensaba en una cosa. Regresar. Pasar por donde estaba ella y sentir su presencia y después volver a la calle, al mundo, enfrentarme al tráfico y esperar a que la voz de la locutora de radioprogramas diga que son las tres de la madrugada para encontrar un puto teléfono público y llamarla.
Un par de carreras más. Una a Breña y otra al Rímac. Listo mi día. Ciento veinte luquitas bien ganadas. Voy buscando por las avenidas un teléfono público. Nada en Tacna, nada en Wilson. Entro a Inclán a ver si la veo y nada. Doy vueltas en círculo, por Cañete y luego por Colmena. Por fin un teléfono púbico. Saco el papel del bolsillo de mi camisa y ahí está su número.
Marco.
Dos, tres timbradas. Sigo esperando. Cuatro, cinco.
— El número que ha marcado: nueve, ocho cuatro… — era la operadora — no está disponible, por favor, después de la señal, deje su mensaje en la casilla de voz…
Sonó un pitillo y traté de hablar, pero colgué por miedo. Volví a marcar y colgué antes de que el teléfono me diera señal. Tal vez esté con un cliente, pensé. Sí. Debe estar ocupada. Compré cigarrillos en una tienda y me fumé dos, uno tras otro, encendiendo el nuevo con la colilla del anterior. Así los fumábamos en las guardias. Así, de a uno, compartiéndolo con tu hermano en esas noches frías, pasándose el pucho de mano en mano para mantenerse calientes. Encendiéndolo con las colillas, no más de tres pitadas cada uno para ser equitativos.
Volví al teléfono y marqué.
— Papi, sorry — era esa misma voz que se había enquistado en mis neuronas para devolverme la calma — Estaba ocupadita. Puedes venir al final de la Calle Inclán en unos veinte minutos. Se puntual, papi.
Colgué, feliz. Ella me esperaba. Confiaba en mí y confiaba a ciegas, así como mis hermanos y yo nos confiábamos nuestras vidas. Éramos eso, hermanos, promoción, algo que los civiles no entienden, ese sentimiento que llevas en las venas, porque sabes que harías de todo por el hijo de puta que está a tu costado, comiendo mierda y pólvora como tú y que él haría lo mismo por ti.
Encendí el auto y bajé por La Colmena hasta la Calle Inclán. Doblé a la derecha. El olor a noche, a orines y a drogas era insoportable. Al llegar al final de la calle, esquina con Zepita, apoyada contra un portón de madera, estaba ella. Se le notaba cansada y triste. Le hice luces con el carro y me reconoció en seguida y se subió por la puerta de atrás. Volteé y con una sonrisa le pregunté si había tenido una buena noche. Ella, con los ojos cargados de lágrimas, pero sin derramar ninguna aún, me dijo que lo sentía, que lo sentía en el alma y fue lo último que recuerdo antes de escuchar los bang bang que su chulo disparó contra mi pecho desde la ventanilla del piloto, y me arrojaran al suelo para robarme el auto. Ahí, bañado en un charco de sangre, sin que nadie se acercara a ayudarme, podía jurar que sí, que la última imagen que vi, fueron unas lágrimas negras rodando sus mejillas y una estrella azul en el cielo que se iba apagando.

