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- Álvaro Ramos Q 🇨🇴

- 21 jun
- 1 min de lectura
Por Álvaro Ramos Quesedo
Colombia

Me cambié de habitación, ya no cabía en ella, con tanto recuerdo acumulado por el piso, con tanta ilusión en los rincones. El sucesivo contacto con tanto sueño, ya también había comenzado por volverme invisible, lo noté enseguida: la gente comenzaba a tropezarse conmigo en la calle, los buses no paraban, ni los taxis. Iba al cine y descubría que en vez de mirar yo la película, ella era quien me miraba.
Definitivamente me estaba volviendo invisible para todos; mi amante me abandonó y la brisa me atravesaba suavemente.
Me enamoré nuevamente, pero fue inútil, porque no veían mi amor, que también se volvía transparente, casi imperceptible.
A veces en la mañana me despertaba rodeado por densas nubes de sueño, y solo en la noche lograba sentirme así, real, con tan pocas personas en la calle, con tan poca luz, que nadie notaba que mi mano derecha ya era totalmente invisible, incluso para mí mismo. Pasado algún tiempo, solamente algunos de mis amigos lograban verme a fuerza de cariño.
Cuando estaba triste, más invisible me volvía, y la alegría era lo único que lograba teñirme un poco de rojo; pero en una forma tan sospechosa, que asustaba siempre a los incautos.
Recuerdo un día en que un ladrón me atracó en la calle, se quedó abismado cuando en mi cartera encontró únicamente una gran cantidad de ensoñación; entonces me apaleó (golpes que sentí muy suaves y como viniendo de otras épocas). También registró todos mis bolsillos que estaban llenos de pavor. Huyó entonces, tropezándose con la noche…
Mayo 1 de 1977

