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A la hora del sueño y otros

Actualizado: hace 3 días

Por Elissa Pérez

Colombia

A la hora del sueño


No todas las muertes son iguales.  

Hay a quienes les brota del pecho,  

como una mancha oscura y viciosa.  

Para otros,  

tiene tallo y pétalos de nenúfar.  

Como victoria amazónica extiende sus tentáculos por todo el cuerpo poseído.  


La muerte,  

a veces, tiene el rostro de una mañana de verano.  Vacía, luminosa, sofocante.  

Llega dulcemente bajo el alba 

para apaciguar las carnes trémulas.  

No todas las muertes son iguales.  

Sin embargo,  

todas llegan a la hora precisa. 



Un hombre por cada letra


A los que no volvieron a ver el sol en el Salado (Magdalena - Colombia).  

Masacre perpetrada entre el 16 y el 22 de febrero del 2000.  




Rodolfo, Eloy, Víctor, Rosemary, Naybe…  

Y así,  

un nombre por cada letra. 


A ellos, nunca los vi.  

Pero presiento que venimos del mismo punto de tierra. 

Tal vez compartimos un ancestro,  

o la fascinación por la gaita. 

Tal vez el acento indeleble de Padre. 

Tal vez el dolor del que sobrevive.  


Enriquito  

con la última bocanada de aire gritó:  

«¡Hasta nunca Gil! ¡Hasta nunca!» 

Gil miró la tierra y vio pasar la vida.  

Nadie soltó una lágrima. 

Nadie exhaló sorpresa. 

Nadie parecía advertir que ese día 

el sudor era rojo y espeso.  

Éramos todos como peces sin dolientes. 

Éramos… 

Somos…  


Una soga, una bala, una bayoneta, un tambor,  

una sonrisa pérfida, una botella de ron,  

dos mesías, una ráfaga de luz. 

Todos actores del circo de la guerra. 


Yo nunca conocí a Enriquito 

ni le presté mi hombro a Gil.  


Pero en lo alto de la sierra, 

es solo la heredad del monte, 

es solo el ojo insensible de Dios,  

o tal vez su mano derecha: impávida, implacable. 

Es el hedor de un cuerpo que muere a destiempo. 

Es el olvido lo que acontece.  


Y después de todo. 

Al final:  

el silencio, 

un par de puerquitos saciando el hambre,  

don Emiro boca abajo en un andén, 

y madre sin hijos, sin rancho, sin lágrimas.  

Víctor, Pablo, Rosemary, Helen. 

Ya no quedan nombres que sembrar.  

Un hombre por cada letra.



La Milpa



Podemos borrar un lugar  

de la faz de la tierra.  

Desmantelar los muros 

para luego derribarlos. 

  

Podemos sembrar sal en la tierra para arrasarla y volverla estéril. 


Y así, 

ensañarnos contra un cuerpo  

para doblegarlo  

y despojarlo del suelo que pisa. 


Que el único objetivo sea:  

cegar la vida del enemigo  

para procurarnos sus bienes.  


Podemos creer todo poseerlo, 

todo destruirlo,  

todo conquistarlo.  


Pero siempre habrá un terreno inhóspito y de difícil acceso.  


En el corazón del hombre  

hay espacio para las tres hermanas: 

el maíz, el fríjol y la calabaza. 

Nunca habrá sal suficiente  

para ahogar allí la milpa. 



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