Eso
- Marcelo Bianchi 🇦🇷
- 18 jun
- 8 min de lectura
Actualizado: hace 2 días
Por Marcelo Bianchi
Argentina

Bautista llegó ya de noche al hospital. Claudio, el hijo de Nancy, no lo escuchó entrar a la habitación, lo vio cuando giró para sentarse en el sillón ubicado al pie de la cama. Su mamá dormía, Claudio y Bautista cruzaron miradas sin hablarse, Claudio hizo un gesto ambiguo con la cabeza y salió de la habitación. Fue hasta la planta baja; cuando creyó que había transcurrido el tiempo suficiente, volvió junto a su madre y, como suponía, Bautista ya no estaba ahí.
Nancy trabajó muchos años en la casa de la familia de Bautista y cuidó de él desde que nació. Llegó a autoinculparse cuando Bautista les robó plata a los padres. En realidad, los padres en absoluto creyeron en la confesión de Nancy, ya que al notar que les faltaba una suma importante, supieron que había sido Bautista, quien ya lo había hecho varias veces. Por ello, pensaron que la confesión de mi madre solo pretendía proteger a Bautista.
Los padres ya habían puesto a Bautista bajo tratamiento en un centro de adicciones, aunque se negaron a internarlo. Cuando parecía que mejoraba ocurrió el robo grande. La plata no aparecía ni explicaba Bautista cómo había gastado semejante suma; porque habría bastado para abastecerse de droga para un año e incluso para vender una buena cantidad si ese era su plan. Bautista se obstinaba en su silencio durante los «interrogatorios», y el padre más de una vez estuvo a punto de golpearlo.
El dinero no apareció y el asunto quedó en el olvido, o más bien los padres decidieron que era más cómodo no volver a hablar del tema.
A Nancy, Bautista le contaba todo, aunque, pensaba Nancy, nunca le había hablado abiertamente de «Eso». Y, a su vez, ella le contaba todo a su hijo. Claudio era el único hijo de Nancy, nacido un año antes de que el padre los abandonara.
La primera vez que Nancy le habló de «Eso» (que así llamaba siempre Nancy a su sospecha o a su miedo) a su hijo fue cuando Bautista le había pedido que buscara alguna excusa para justificarse ante los padres y se quedara toda la noche en la casa. Nancy le relató a su hijo:
Esa noche Bautista me dijo que volvería tarde y que yo debería esperarlo despierta porque necesitaba que, llegado el caso, lo cubriera ante sus padres. Yo me estaba quedando dormida o me había dormido y sentí que me tocaban el hombro, me sobresalté, y más cuando vi a Bautista mirándome tan de cerca, tan pálido…Señalaba el espejo, pero no entendí qué me decía; después salió de mi cuarto sin que me diera cuenta, fue todo muy raro…No parecía Bautista, parecía otro. Cuando me despabilé, lo fui a buscar a su cuarto y no estaba, no sé por qué me dio miedo y ni loca me hubiese puesto a buscarlo en una casa con tantas habitaciones.
Desde esa noche, le aseguraba Nancy a Claudio, Bautista se pasaba casi el día entero durmiendo. Los papás parecían resignados y ya ni siquiera se escuchaban los gritos del padre.
Casi todas las semanas Bautista llevaba una chica diferente a la casa. Nunca repetía y hacía bromas con Nancy sobre esas conquistas. Ya te vas a enamorar, le advertía Nancy.
Era ya bastante tarde un viernes y la empleada estaba por terminar su jornada laboral, cuando vio venir a Bautista que, con la chica de turno, se dirigía hacia la escalera. Aunque el pasillo estaba en penumbras, Nancy alcanzó a distinguir las pupilas enrojecidas de Bautista; pensó que estaba drogado, porque además no pareció registrarla y porque la chica también iba en trance. Ella se quedó observándolos y no pudo más que cerrar los ojos y persignarse cuando, desde donde estaba, parecía que Bautista subía las escaleras en el aire, sin tocar los escalones, con la chica a rastras.
Otra tarde, Claudio escuchó de boca de su madre: "Esta vez me asusté en serio, anoche los padres habían salido y Bautista se juntó con sus amigos…Ya desde las nueve se escuchaban gritos, risas y música muy alta en su habitación; recuerda que te dije que su pieza es más grande que toda esta casa. Yo no me podía dormir; imagínate, pensaba que si volvían los padres iba a ser un desastre…Y a eso de las doce o ya casi una de la mañana, escuché como un alarido de una chica y al rato otro, pero de otra de las chicas porque sonaba distinto…Yo no sabía qué hacer, a la policía no iba a llamar…Al final no aguanté y me acerqué a su pieza. La ventana estaba sin cortinas. Casi grito cuando vi que el amigo de Bauti tenía a una chica en el piso, agarrándola de los brazos, y Bautista estaba encima de ella, los dos con ropa. Desde donde yo estaba parecía que él la estaba besando, pero la chica gritaba como loca, y yo salí corriendo".
Claudio empezaba a preocuparse; siempre creyó que Bautista era un «drogón» como tantos, pero tal vez había algo más. Que Bautista tirara su vida por la basura le importaba muy poco; pero que ni se le ocurriera hacerle daño a su madre, porque entonces él mismo lo cortaría en pedacitos. Aunque hacía tiempo que no lo veía, siempre le había parecido un nene bien; un creído, que engañaba a su madre y le fingía afecto para «usarla» contra sus padres y sacar sus propias ventajas. Nunca se imaginó, entonces, que cuando su madre enfermara, él llegaría a pensar que Bautista era su última esperanza.
La empleada fue a pedir consejo a la bruja del barrio. La curandera como le decían los vecinos. Nancy le dijo que tenía miedo, por ella misma, por su hijo y por el propio Bautista, al que ella prácticamente había criado.
— ¿Qué le pasa a ese muchacho? — preguntó la anciana.
— Para mí que Bauti está poseído. Yo sé que se droga pero no es eso; conozco otros adictos pero él está raro de otra manera: anda de noche, de día nadie lo ve, casi no quiere comer; pensé en hablar con los padres, pero ellos están en sus cosas, creo que para ellos Bauti es un caso perdido… Cuando los conocí, creí que la vida de esa familia era una fiesta, con tanta plata… Sé que él es un buen chico, que algo le pasó o alguien le echó una maldición, parece otro — se lamentó Nancy.
— ¿Vio alguna otra cosa rara del chico? — quiso saber la vieja.
— Una vez lo vi subir las escaleras como flotando — respondió Nancy, balbuceante, aunque no parecía nada convencida de lo que afirmaba.
— Bueno, vení a verme la semana que viene, traeme alguna foto reciente del muchacho — la despidió la vieja, luego de observarla a los ojos un instante.
Cuando en la siguiente visita la curandera vio la foto, se quedó contemplándola en silencio un largo rato, pasaba el dedo pulgar por la imagen y parecía hacerse preguntas mentalmente.
— Este muchacho es un alma vieja — dijo al fin.
— No, no, es un chico muy alegre, y siempre está de buen humor… Por lo menos hasta hace un tiempo — interrumpió Nancy.
— Quiero decir que este chico nació hace unos veintitantos años, pero ese espíritu que está en él tiene cuatrocientos años por lo menos — explicó la vieja.
— ¿Viven tanto tiempo los espíritus? — cuestionó Nancy y enseguida su pregunta le pareció tonta.
— Algunos sí, los que se alimentan de otros espíritus o de otros cuerpos o de la sangre de otros cuerpos — detalló la vieja.
Cuando escuchó lo de la sangre a Nancy se le representó la imagen de Bautista sobre la chica y creyó en ese momento que él le mordía el cuello con grandes colmillos.
Salió de la consulta convencida de que no querer volver a ver a la vieja; de un momento a otro decidió que no creía en las curanderas. Una parte suya decía que eso que temía no podía ser y otra le decía que el Bautista de los últimos meses no era el que ella conocía.
Dos semanas más tarde Nancy comenzó a sentirse muy cansada y con algunos dolores. Cuando la mandaron a analizar se detectó una enfermedad de mal pronóstico. Enseguida la madre de Bautista llamó a Claudio y le ofreció una considerable suma de dinero para costear los gastos del tratamiento, que era lo menos que podían hacer después de tantos años, se justificó. Claudio fue intencionadamente, casi de noche, a ver a los padres de Bautista. Adujo que por su trabajo le era difícil más temprano. Después de recibir el dinero y agradecer les preguntó a los padres si podía ver un momento a Bautista, que tenía un mensaje de su madre para él. Lo llevaron hasta la habitación de Batista y, desde fuera, le gritaron que el hijo de Nancy quería hablar con él. Cuando oyeron que descorría el cerrojo, los padres saludaron a Claudio y se retiraron.
— Hará dos años que no te veo, pero estás igual — tanteó Claudio, aunque no mentía en su impresión y a la vez observó las paredes despojadas, ni un cuadro, ni una foto, ni un espejo…
Bautista permaneció callado y a la defensiva.
— Mirá, no voy a andar con vueltas: mi mamá te quiere mucho, siempre lo repite, que sos casi como un hijo para ella — Claudio calculó cada una de esas palabras para luego atacar — Ella nunca se animó a decirlo con todas las letras, pero cree que vos tenés poder, como en algunas películas de…
Bautista lo interrumpió abriendo la boca desmesuradamente y soltando una risotada.
— ¡Qué locura! No lo puedo creer de Nancy — minimizó Bautista, pero giró hasta quedar de espaldas a Claudio y pareció vacilar.
Claudio insistió, confiado de que Bautista no se negaría a su ruego:
— Lo que te pido no es muy difícil, si podés; y creo que podés porque mamá te conoce más que nadie, más que tus propios padres. Hacé que ella pueda seguir viviendo; no te podés negar, vos le debés mucho a ella y lo sabés. Yo solo quiero tenerla unos años más, aunque no sea la misma así como ella dice que ahora vos no sos el mismo de antes.
— Mirá, yo haría lo que fuera para ayudar a Nancy — pareció disculparse Bautista e hizo una pausa como si dudara y no encontrara las palabras para contener a Claudio — Si vos estás seguro de lo que me pedís… Y pensá que tal vez para que Nancy sobreviva yo…Y no sé cómo puede terminar; a veces nosotros terminamos dañando a los que nos quieren.
No hubiera podido explicarle a Claudio ese «nosotros» que usó. Claudio tampoco se animó a preguntarle, solo atinó a sostenerle la mirada en silencio, con los ojos llenos de lágrimas. Luego de un instante Bautista asintió y a modo despedida le pidió que se quedara tranquilo.
Al día siguiente de ese encuentro, Bautista pareció esfumarse. Cuando a la semana Claudio se acercó a hablar nuevamente con él, los padres, sin mostrarse especialmente preocupados, le dijeron que había desaparecido, que no tenían idea de dónde podía estar.
Hasta que apareció en el hospital donde estaba internada Nancy. Durante la mañana siguiente a su visita, Nancy tuvo mejor ánimo y energía; los médicos solo dijeron que a veces ocurrían esas recuperaciones inesperadas. Sobrepasados de pacientes como estaban no dieron mayor importancia al asunto y dos días después firmaron el alta de Nancy.
Claudio creyó que su madre miraba televisión, pero cuando se acercó a preguntarle si necesitaba algo vio que, algo agitada, miraba por la ventana del living hacia algún punto indefinido.
— Mamá…mamá — repitió Claudio, pero ella no parecía escucharlo y no apartaba la mirada de lo que fuera que mirara a través de la ventana; hasta que luego de un momento recobró el ritmo de su respiración, pareció volver en sí y sonrió a su hijo.
Claudio la abrazó y le dijo:
— Qué bueno tenerte acá otra vez mamá, tenés que cuidarte mucho… Va a ser mejor que por un buen tiempo no salgas de casa… Yo me voy a encargar de que no te falte nada, de conseguir todo lo que necesités.

