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Un origen de la especie. Con-ciencia…

Un ser vivo que todo lo puede con su olfato endiablado y su piel fotosensible y camaleónica. Charles Darwin lo describió en unos cuadernos que se creían perdidos y en los que su asistente Alfred Russell Wallace proponía el nombre científico Venatrix Mendax Octopus Terra, o sea, Pulpo de Tierra Cazador Mentiroso.


Pero los cuadernos no se extraviaron, pese a 3.200 kilómetros de traqueteo dentro de un par de alforjas gastadas y 40.000 millas náuticas de cinetosis. Por el contrario, dejaron constancia de la acertada elección del nombre con el que se definía a una criatura nacida de un huevo antes de terminar de formarse; que crece en soledad sin los cuidados de una madre, ni la protección de una manada.


Los manuscritos, arrumbados en la enorme biblioteca de Down House, atraparon la mirada curiosa del pequeño Francis, el hijo que más de cerca siguió las huellas del padre del Naturalismo. A escondidas de la vigilancia de los adultos, pudo leer sobre un ser empoderado por su capacidad de elegir presas a fuerza de engaños. “¿Qué es, si no una patraña, esa habilidad de dejarse caer sobre mamíferos pequeños para que se crean victoriosos y lo carguen hasta su madriguera, en donde los devorará a ellos y a sus crías?”, infirió el mentor del futuro botánico y médico. ¿No es una farsa, acaso, fingir la derrota frente a un animal de mayor porte, para que lo arrastre hasta donde sea y justo cuando le va a hincar un colmillo, lo paralice con la llamarada venenosa de su boca de dragón y lo saboree aún con el corazón latiendo y la conciencia plena?


Tal era la perversión de este engendro que Darwin creyó que compartía con los seres humanos mucho más que con los primates. Su colega Ernst Haeckel, que no solo había leído “El origen de las especies”, sino también los cuadernos antes de que se dieran por perdidos, formuló una hipótesis no del todo descabellada, que anotó al margen del mismo texto manuscrito: Venatrix Mendax Octopus Terra podría ser el eslabón número 23 de la cadena evolutiva que culmina con el hombre. No, ya el hombre-mono sin habla, mas un pulpo que no vive en el mar sino en la tierra y que no necesita de las palabras porque es más fuerte que cualquier otra criatura.


Sin saberlo, Darwin padre había inoculado el germen de una pesadilla recurrente en Francis hasta su vida adulta: sus intentos desesperados por huir de un ser vivo de ocho patas que le permiten correr al doble de velocidad que el vuelo en picada del halcón peregrino, y al triple que un mako nadando en la hambrienta búsqueda de alimento. Un ejemplar para el que la chita es tan lenta como un caracol y la liebre, casi una tortuga.


Temiendo que su sueño tan vívido se cumpliera, Francis relegó los apuntes en un viejo desván, años más tarde devenido en el cuarto de juegos de su hijo Bernard. El niño, futuro periodista y escritor, se fascinó con la caligrafía de su abuelo ilustre, describiendo un olfato superior al del tiburón blanco y que no necesita sentir el aroma de la sangre derramada como estímulo, porque la huele incluso mientras circula por las venas y las arterias de todos los seres vivos. Una cualidad que le da a la extraña criatura más poder que los millones de células olfativas a escualos, topos, elefantes africanos, caballos, leones, serpientes, ratas y perros; tan fáciles, todos ellos, como un ganso o una paloma.


Bernard se sonrojó al leer y releer en sus noches febriles sobre la particularidad que el engendro comparte con el antequino pardo: que puede aparearse sin descanso, aunque el pequeño marsupial muere a las catorce horas por agotamiento, después de servir a varias hembras de su especie. El pulpo de tierra, que es hermafrodita, en cambio, sigue con vida y practica el canibalismo sexual, como la mantis religiosa, la viuda negra y la araña saltadora, pero a diferencia de ellas, cópula con lo primero que se le cruce por el camino, solo para satisfacer su apetito sexual y estomacal, y también su soledad.


Nada de esto inspiró las crónicas deportivas que Bernard escribiría de adulto, pero sí a su hijo Robin para sus pinturas menos conocidas. Cuando aún dibujaba garabatos, ya leía los apuntes heredados con el detalle de que, como el pulpo de mar con sus tentáculos, el de tierra puede regenerar sus patas si pierde alguna por accidente, y esa cualidad le permite poner un huevo que nadie fecunde y, sin embargo, desarrolle una vida.


Robin no tuvo hijos biológicos, tal vez impresionado por esos escritos que anticipaban una hipótesis sobre el olvidado objeto de estudio de su bisabuelo: es posible que también degluta el huevo antes de que la cría rompa el cascarón, quizás por su ceguera o por aburrimiento o por la costumbre necia de ser el único en su especie.


Cuando a Robin lo nombraron director de una prestigiosa escuela de arte, recordó la existencia de aquellos cuadernos y le encomendó a su nuevo asistente que los buscara para que sus estudiantes también pudieran inspirarse en ellos.


El joven aprendiz no logró encontrarlos y supuso que los escritos se habían consumido en las fauces del esperpento. Y así es como nunca sabremos si Venatrix Mendax Octopus Terra se ha extinguido o si puede vivir eternamente, en cuyo caso, podría estar ahora mismo al acecho.

Acerca del autor
Ana Stollavagli
Argentina

Ana Stollavagli es periodista y escritora. Nació en Buenos Aires, se graduó en Periodismo en el…

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