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Presencias

“Y el despertar de la madre no fue para ahuyentar los temores de su hijo sino, al contrario, para comprobar que la aparición era tan real como el llanto de la criatura”

Henry James, 

“Otra Vuelta de Tuerca”


I

Yo no sé si era por puro cansancio de papá, quien ya estaba harto de advertirnos que ahorráramos agua porque mi hermana menor y yo manteníamos el chorro de la pluma abierto mientras nos enjabonábamos, nos lavábamos las cabelleras pelirrojas con champú o nos depilábamos las piernas y el vello púbico con concentrado esmero mientras nos bañábamos. O cansado de que, durante las tardes de asueto o las noches aburridas, habláramos sin parar por el teléfono fijo. Mi hermana y yo pasábamos pegadas al aparato hasta que nos ardía la oreja o hasta que mamá, igual de intensa que papá, pero más directa, nos quitaba el auricular de las manos y lo colgaba a la fuerza, sin importarle nuestros airados reclamos, que terminaban una vez que entendíamos hasta dónde podíamos llegar, no fuera a ser que la reacción de ella nos calmara a la fuerza con un sopapo bien dado. 


O cansado de advertirnos sobre la luz porque era nuestra costumbre olvidarnos de apagar los focos de la casa, los ventiladores de los cuartos, el computador del estudio y, sobre todo, el televisor de la sala. Papá (con su seriedad de dependiente encargado de los trámites de importación de repuestos eléctricos en la distribuidora en que trabajaba) nos recriminaba a cada rato: “¿Qué les cuesta cerrar la llave del agua mientras se enjabonan las manos o se cepillan los dientes?”. Cuando terminábamos de charlar por teléfono durante dos o tres horas seguidas, con sorna nos preguntaba: “¿Acaso no sería mejor encontrarse con la persona y charlar tranquilamente?”. 


Sí, ya estaba cansado de nuestro descuido permanente: de que dejáramos encendidas las luces de los cuartos cuando no estábamos en ellos y fuera él quien se encargara de apagarlas; de que dejáramos encendida la luz de la cocina cuando regresábamos a nuestras habitaciones o al estudio, con un vaso de agua, alguna merienda o un jugo; cansado de que dejáramos encendidos los ventiladores de los cuartos cuando salíamos presurosas a la calle a encontrarnos con algún amigo o el televisor de la sala, mientras nos íbamos a dormir o nos ocupábamos de hacer otra cosa. Enojado nos advertía: 


—No me quieren creer, pero cuando ustedes se levantan y dejan el televisor encendido sin que nadie más lo esté viendo, en los dos mecedores de la sala y en el sofá se sientan presencias que son terroríficas. El día menos pensado se toparán con ellas y se llevarán su buen susto. Bien merecido se lo tendrán. 


Así nos advertía, con tal seriedad que era inevitable sentir una especie de frío que nos recorría la espina dorsal. Pero desechábamos sus palabras por obvias razones; sabíamos que eran simplemente un intento por asustarnos, ya que todas las demás estrategias para apelar a nuestra conciencia y lograr que fuéramos racionales en el uso cotidiano del agua, la luz, el teléfono, no le habían funcionado. 


El problema sobrevino aquella noche inesperada en que mi hermana menor lanzó un grito terrorífico que alarmó a todos en la casa. La encontramos pálida, sin sangre en los labios, los ojos desorbitados, el vello erizado y el cuerpo crispado, muy cerca de un estado catatónico, del que tardó en salir, a pesar de las palabras desesperadas de mamá y del firme zarandeo que le dio, agarrándola de ambos brazos, para que reaccionara. 


Desde entonces, si bien todavía nos lavamos las manos o nos cepillamos los dientes dejando correr el chorro del agua e incluso a veces dejamos los ventiladores o las luces encendidos, lo que siempre hacemos es apagar el televisor de la sala cuando dejamos de verlo.


II


Desde aquella noche del grito pavoroso de mi hermana y su relato detallado de las presencias que asegura haber visto sentadas en los mecedores frente al televisor, todos en la casa, aunque no queramos reconocerlo, vivimos aterrorizados. 


Mamá no se atreve a estar un momento sola; prefiere salir y vagar por las calles sin rumbo, descuidando incluso los deberes domésticos más urgentes. A veces, la encuentro totalmente ida de la realidad, cepillándose el cabello frente al tocador con gestos mecánicos y repetitivos tan acompasados que cada uno parece durar exactamente el mismo tiempo en el recorrido del cepillo desde el inicio de la frente hasta la altura de los hombros. 


Papá ha controlado su alterado estado de ánimo y trata de parecer calmado, pero detrás de su aparente calma se transparentan una verdadera desazón y una angustia que raya en el terror. La prueba de ello es que no solo vendió los dos mecedores de la sala sin dar explicaciones, sino que además trajo al cura de la parroquia cercana, el padre Anselmo, un anciano que parece tener todos los años del mundo, algo encorvado, más que flaco, estrecho y con una frente enorme y arrugada (incluso más que el resto de la cara) quien, con su sotana negra y su estola morada sobre los hombros, se dedicó durante más de media hora, con paso vacilante, a rociar todos los rincones de la casa con agua bendita mientras salmodiaba, en voz casi inaudible, un conjunto de rezos y plegarias. 


Yo, aunque trato de parecer calmada, vivo con los nervios de punta y procuro estar siempre acompañada de alguien. Solo mi hermana me sorprende un poco. Para ser ella quien vio las presencias sentadas en los mecedores y alteró desde entonces la cotidianidad de todos en la casa, noto en ella una tranquilidad asombrosa y hasta pudiera jurar que, frente a nuestro nerviosismo, esconde una actitud solapada de burla.


III


Esta actitud de mi hermana me hace dudar de la autenticidad de su grito y de la veracidad de su relato, dada su gran afición por los libros de Howard Phillips Lovecraft, Maurice Level, Edgar Allan Poe y, sobre todo, Mariana Enríquez y Shirley Jackson, sus dos escritoras preferidas. Pero no he podido disipar la duda, pues, aunque la he increpado para ver si me confiesa que todo es un macabro invento, ella se mantiene firme en su versión y, al final, terminamos discutiendo agriamente. No importa lo que le diga; ella no acepta que mi versión sea cierta. 


Sin embargo, lo que verdaderamente me angustia es lo que está pasando con una frecuencia cada vez mayor. A pesar de que ya no están los mecedores, el televisor de la sala, sobre todo por las noches, se enciende solo de manera inexplicable.

Acerca del autor
Blas Zubiría Mutis
Colombia

Blas Zubiría Mutis es Docente Titular del Programa de Sociología de la Universidad del Atlántico (Barranquilla, Colombia),…

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