

Los apagones del 92

Para J. Varela,
por inducirme en el vicio del rol.
Abrieron las puertas; al final aprendieron a hacerlo, después de todo. Esa fue la forma como pudo identificarlos a todos. La “supuesta” epidemia de parálisis hemipléjica que se propagó por el barrio, más los experimentos biológicos en la zona norte del país, eran una farsa: ellos no eran una potencia en ese tipo de tecnología o estudios. Eran los otros, y venían por él, por saber mucho.
Nadie más, salvo él, guardaba una idea de lo que pasaba. No se iba a entregar tan fácilmente y vendería su carne cara: se llevaría a un par de sus secuestradores antes de que irrumpieran en el cuarto, y luego, si veía que lo superaban en número, la salida era apretar el cañón contra su sien y jalar el gatillo. Determinado y tenso, vio el pomo de la puerta girar.

La vida de Ricardo Cervantes no se salía del convencionalismo de un adulto promedio de la costa. Tenía un trabajo estable en una emisora radial de onda media, donde le pagaban lo suficiente para comprar las cosas que de niño no pudo tener, coleccionaba cómics americanos y los apilaba en un estante de su casa luego de leerlos hasta el hartazgo. Muchas eran historietas de superhéroes, pero sentía predilección por las de ciencia ficción y visitantes de fuera de la órbita terrestre. Además, le gustaban las sopas de mondongo, la música de verbena (que para él era soukous) y la mamadera de gallo. Un barranquillero en regla.
Creció en los ochentas, así que vio lo más representativo del cine de la época. La de Alien la vio sin permiso de su madre y quedó impresionado con la escena icónica cuando el pecho del oficial ejecutivo Kane fue atravesado por el xenomorfo en su estado larvario. Años después, ya un poco mayor, quedó sin palabras al ver el rostro del depredador sin casco y la expresión incrédula de Arnold antes del combate final a muerte. Devoró todo el cine de ciencia ficción de clase B que llegaba a los cines en ese entonces.
Su círculo de amistades era de su calaña; es decir, otros extraños que hablaban correctamente y de los que la sociedad renegaba como ñoños o raros. Por decirlo de alguna forma, él hacía parte de una contracultura barranquillera que no estaba pendiente de las alineaciones del jujú, ni la farándula, sino si Hulk le ganaba a Superman en una muñequera; dicho de otra forma, era una eminencia en las ciencias de la cultura pop. Y quizá fuera eso lo que alimentaba la duda de quienes lo escuchaban narrar lo que le sucedió, un par de meses antes de su desaparición. La verdad se reconstruyó a partir de una serie de coincidencias, extrañas al leerlas.
A la nación le llegó la desgracia, con el presidente de turno a la mitad de su mandato: no solo no estábamos preparados para las corrientes cálidas venidas de Australia, como tampoco para la sequía que asoló a los ríos de la tierra por entonces, sino para el fenómeno de El Niño de 1992.
En esta época se contaba únicamente con generadores hidroeléctricos, incapaces de moverse debido a la escasez de las corrientes de los ríos. Desde el lunes dos de marzo se declaró la mayor crisis energética desde entonces. La capital sufría apagones de más de nueve horas; por supuesto, los más alejados de la mano de los políticos, más de quince. A esto también se le unió una epidemia de narcotraficantes quienes plagaron y deterioraron el poco renombre internacional que guardábamos. Las ayudas foráneas fueron escasas debido a esto.
Pero no nos vayamos a otro lado, toda la comunidad costeña aguardaba impaciente en las puertas de sus casas, con abanicos improvisados, la brisa tórrida de la tarde y que la noche amainara el azote de calor. Cada tanto se escuchaba por el patio de la casa a algún vecino conservador echar “putazos al marica del mandatario de turno” cuando interrumpía la locución presidencial y el anuncio del próximo apagón.
Ricardo no, él no se daba mala vida. Cuando pasaba esto, iba a su estante, tomaba una pila de historietas y leía durante horas y horas, hasta que se encendían los generadores y los zumbidos de los transformadores avisaban que estaba todo listo y se escuchaba “¡Llegó la lu!”, por la cuadra.
Ese viernes no fue así.
La noche llegó sin señales de restablecerse el fluido eléctrico. La oscuridad azulada que habitaba las calles de la ciudad dejaba ver sombras de chiquillos que jugaban a La lleva, hasta que sus madres los regañaban para que entraran a casa; a los mayores que jugaban bola´e trapo en la mitad de las placas de asfalto, que cubrían los caminos arenosos de la ciudad y los enamorados juveniles que caminaban agarrados de la mano bajo la luna mágica en su lecho celestial.
Ricardo, quien se entretuvo con la reñida partida de fútbol que se jugaba fuera de su casa, decidió que era hora de dormir incluso sin fluido eléctrico. Ordenó sus tomos en total oscuridad; cerró la puerta con tranca; se dio una ducha; subió a su habitación y abrió la ventana para que ventilara un poco. Así durmió plácido hasta entrada la madrugada.
Cuando vio por primera vez la intensa lumbre que atravesó la ventana, en un inicio la confundió con el alumbrado público; pero esperaba el cálido brillo naranja de siempre y no la intrusa luz que se reflejaba en su cara. Los ojos le dolían ante la exposición a la luz, así que descorrió la cortina y, a través del cristal, lo vio.
Era la figura clásica de cualquier OVNI: un plato hondo boca abajo con halos de luces cambiantes alrededor de los bordes. Una visión psicodélica que levitaba y giraba sobre un mismo punto. Los vidrios de la casa temblaban entre las pequeñas oscilaciones de la nave. Nada de pequeñas luces amigables o música de sintetizadores. “Se equivocó Spielberg”, pensó.
Vio, a su vez, tres figuras, dos alargadas carentes de toda morfología humana que arrastraban a una que lucía como un borracho. El hombre con una debilidad visible hacía un esfuerzo por levantar la cabeza; los músculos del cuello laxos le impedían mirar hacia las ventanas de las casas. Las otras dos criaturas, que no guardaban ninguna forma conocida, abrazaban con unas largas y flexibles extremidades a su presa. Su cabeza, parecida a un hongo sobre un torso flaco, carente de un color conocido, terminaba en otras extremidades blandas que los sostenían. Ricardo, incapaz de moverse, tomó apuntes en su mente: camisa a rayas y jeans gastados.
Las tres figuras se posaron debajo de la nave, dentro de la ominosa luz y fueron elevadas, sin cuerdas ni nada que las sujetara. El miedo de ser levantado del suelo hizo que el humano hiciera un último esfuerzo en busca de ayuda. Se agitó más de la cuenta y sus captores no dudaron en inundarlo por sus orificios con sus lánguidos tentáculos que lucían como espaguetis cocidos.
Ricardo supo que, en medio de la oscuridad, sus pupilas se habían encontrado con las del abducido; escuchó un débil gemido de su garganta agónica como si de un pedido de auxilio se tratara. Todos los puntos brillantes, que según Cervantes eran los ojos que rodeaban lo que serían las cabezas de sus captores, se volvieron hacia su ventana. Y este, sin saber si había sido descubierto, por instinto bajó la cortina para cubrirse y se tiró al suelo. Tembló de miedo por largo rato y no despegó los ojos del pomo de su puerta. Luego, las luces cesaron y él cayó rendido después del terrible desgaste emocional.
Se levantó en su cama, extrañado y perturbado, y alcanzó a pensar que había sido una horrible pesadilla infundada, de tanto leer sus cómics. No quedó rastro físico alguno, solo en su mente como un vívido recuerdo persistente. Esa luz se le quedó incrustada en la retina y la luz del sol ahora le molestaba, pero ¿quién le iba a creer? No tenía pruebas, solo la posibilidad de que todo hubiera sido un sueño convulso. Se alistó en el silencio de su habitación junto a una montaña de preguntas y sin una sola respuesta que pudiera darle satisfacerle sobre el suceso. ¿Fue real?
Al salir de la casa, vio que sus vecinos no comentaban nada extraño en absoluto, salvo la irrisoria hora a la que llegó el fluido eléctrico. Las señoras barrían las terrazas mientras parloteaban lo de siempre: de la chica de la esquina que llegaba tarde en carros diferentes. Nada de un borracho desaparecido. Barranquilla lucía como un oxímoron ambulante por su poca habitual calma a pesar de ser sábado por la mañana.
Al terminar su día de trabajo, se reunió con su combo de ñoños y narró, sin perder detalle, lo sucedido la noche anterior. Obviamente, nadie le creyó la sinopsis costeña de un capítulo de “V: la Batalla Final” y trataron de disuadirlo diciendo que todo había sido un mal sueño por alimentar a tal punto su imaginación. El hecho lo devastaba, pues ninguno de los suyos le creía, pero cuando se lo relataba a sí mismo le sonaba a una historia de terror del Creepshow de muy mala calidad. El dolor en los ojos persistía incluso ante la más tenue luz artificial o con la luz de la luna y le dio por andar con unos lentes negros; a lo cual los transeúntes susurraban con picardía al verlo: “gafas oscuras, traba segura”. Poco le importaba, ahora le dolía la cabeza y solo quería llegar a casa y encerrarse en su cuarto a revisar si había leído algo parecido en alguna de sus historietas.
Se bajó del bus en el Bulevar de la Ocho y caminó sin garbo hasta la entrada de su barrio, formada por intrincados callejones con casas modestas y nuevas de uno o dos pisos; todavía había terrenos baldíos cada tanto y los vecinos se conocían entre todos. Al llegar a su cuadra, miró al asfalto en busca de algo que le diera la certeza de que eso no había sido un sueño, pero no había nada. Procuró no obsesionarse con la idea y, sin mediar palabras con nadie, ingresó a su casa.
La pesadilla quedó como una historia fantástica. Los muchachos hacían bromas cuando se lo encontraban y el perrateo hizo que no sacara más a colación su vívido sueño o lo que había sido; así, su vida continuó tranquila hasta el próximo apagón.
La risa de pavo en celo del presidente trataba de disuadir con su mensaje a los costeños de que el corte no tomaría tanto tiempo como la última vez. En vivo, y antes de terminar la alocución, muchos vieron que era incapaz de sostenerse en el atril, sus dedos se movían convulsos sin poder aferrarse al objeto frente a sí y la gente pensó que estaba drogado.
Como todos los políticos, el presidente mintió con descaro y el racionamiento duró ocho horas: de las seis de la tarde hasta las dos de la madrugada. Ricardo no podía dormir y se escondió al lado de la ventana. Se dispuso a revisar la cámara Kodak para eventos familiares, pero sin luz era imposible tener una imagen clara, así que la descartó. Decidió hacer guardia a la espera de los visitantes.
Solo pestañeó; no estaba profundamente dormido cuando un gran flash le alumbró el rostro alrededor de la una. Miró su reloj por si se repetía la situación. De inmediato descorrió la cortina y miró al cielo por si veía una sombra disparada hacia las estrellas: sin movimientos. Una idea se le cruzó por la mente ante la paranoia: empezar a regalar su valiosa colección, pues ya desvariaba…Entonces escuchó un ruido sordo, el mismo que hace un cuerpo al caer desmadejado contra el suelo; bajó la mirada a la calle y se topó con una figura que hacía eses al caminar. Un escalofrío le subió por la espalda; pensó que debía ser el mismo secuestrado, pues llevaba la misma ropa de aquella noche y aún lucía débil, como ebrio.
Bajó por las escaleras en volandas. Se tropezó al tomar las llaves y con un estropicio logró abrir la puerta para darse de frente con el abducido. Con este sujeto sí le creerían. Tendría de primera mano el testimonio de alguien que fue un conejillo de indias de esos visitantes. Al llegar a la puerta de la terraza, algo en el interior de su ser, una alerta primitiva, una sensación animal entre miedo y sorpresa, le impidió seguir; los músculos de la espalda se agarrotaron y observó a detalle al sujeto. Y aunque pudo sentir su mirada de vuelta, no sintió la calidez humana que tiene cualquier persona, esa conexión que nos une como especie, el alma o como lo quieras etiquetar. Aquello ya no era más que una carcasa que le devolvía una mirada vacía, estelar.
Ricardo devolvió la llave con lentitud hasta que la reja que intentaba abrir estuviera segura de nuevo. Con suavidad soltó la manija; sin movimientos bruscos dio varios pasos hacia atrás. No dejaban de mirarse; se habían reconocido, pero no como miembros de la misma raza.
En un arranque imprevisto, el hombre fuera de la casa corrió hacia la reja cual muñeco de trapo desmadejado. Sus extremidades no le respondían; cada acción se mostraba pesada, bamboleaba y le costaba moverse con coordinación. Se estrelló contra las barras de hierro que los separaban y pasó sus brazos por entre los espacios de la reja; sus dedos se movían convulsos delante del rostro de Ricardo. La expresión que tenía el abducido (el poseso, el extraño) era la sonrisa de un demente en una mueca retorcida, echaba espumarajos, con los ojos casi fuera de las cuencas, ansioso por agarrarlo.
Ricardo Cervantes nunca había utilizado la violencia como una solución a los problemas en toda su vida. Opinaba que el diálogo era lo mejor ante un conflicto de intereses, siempre y cuando fuera humano el adversario. Sin embargo, esta vez no dudó, corrió al interior de su casa para descolgar una tranca de hierro, la cual cruzaba detrás de la puerta de la calle para darle mayor protección al hogar, y aferrado a ella hasta que los nudillos palidecieron, la blandió con un swing de bateador principiante en un arco recio de derecha a izquierda.
El arma improvisada dio de lleno en el antebrazo izquierdo del extraño; este cedió ante el peso con un crujido. Ricardo pensó: “¡Bienvenido a la Tierra, marciano hijueputa!”, pero se sorprendió ante el ángulo grotesco como le había quedado la extremidad; además, hubo un segundo de silencio ambiental antes de que eso aullara de dolor. Ninguna garganta humana habría podido proferir un sonido parecido, ni siquiera un animal herido; era como el barritar de un elefante en un espacio enorme con muchísimo eco. Cuando Ricardo volvió en sí, las luces de tres casas frente a la suya se iluminaron y pudo reaccionar a tiempo para entrar de vuelta a su casa sin ser visto.
— ¡Ay, es el señor Edgar! ¡Apareció! — le oyó decir a una de las vecinas.
— ¡Tiene el brazo partido! ¡Llamen a la señora Mary! — dijo una segunda señora más cerca.
Ricardo estaba detrás de la puerta, sudoroso. No salió para nada, escuchó las voces discutir urgidas. Al cabo de un rato, sonó una ambulancia y varios llantos de alegría por el aparecido. Ahora su mente se llenaba, a partes iguales, de preguntas y miedo. ¿Y si atacó a alguien que no estaba en sus sentidos? ¿Y si el extraño se confundió de casa? No se decidía a escribir una carta anónima para advertirle a la señora Mary que ese no era el familiar extraviado. Pero no lo podía afirmar. ¿Y si era él quien alucinaba con esta trama de P.K. Dick? Oyó que lo llamaban los vecinos ante el estropicio fuera de su casa y no les contestó; para ellos debía estar profundamente dormido y no hecho un manojo de nervios.
Con determinación, mientras amanecía, trazó el plan de ir a la casa de la señora Mary, excusarse por el supuesto sueño pesado, por la alharaca de la madrugada y pedirle con mucho tacto la información de ese pariente extraviado. Solo así llegaría a esclarecer la duda; debía verlo de día bajo la luz del sol, poder reconocerlo como humano.
Cuando los primeros rayos del sol se colaron por la ventana de su estudio, se puso las gafas negras por la fotosensibilidad y salió rumbo a la casa de la vecina. Se topó con la señora Mary, escoba en mano y con música alegre que salía del interior de su hogar. La saludó con calidez y preguntó con fingida sorpresa:
— ¿Cuál es la fiesta, Mary? — la señora Mary soltó una carcajada y le confirmó que su tío Edgar había aparecido vivo.
— ¿Sí? — alargó la i con entonación aguda — Y qué dijo, ¿dónde estuvo? — replicó Ricardo con genuino interés. La vecina no le dijo nada del golpe o de la fractura.
— Al contrario, regresó silencioso. Como retraído, ¿no escuchaste? Me dijeron los vecinos que hizo una alharaca contra las rejas de tu casa — Ricardo negó con la cabeza y volvió la mirada hacia la mujer para insistir que hablara sin preguntar de nuevo — Ahora está en el Barranquilla. Le van a poner clavos.
Un frío le recorrió la espalda a Cervantes. El hospital de Barranquilla no era un lugar bonito ni de día.
— Qué pena, Mary. Esas deben ser las pastillas contra el insomnio que me recetaron. Oye, ¿será que le puedo llevar un par de revistas de las mías? Tú sabes, para que se entretenga.
— No es necesario, mijo. En unas horas va a estar de vuelta. Ya Oscar salió a buscarlo — una desesperación enorme le apretó la garganta a Ricardo Cervantes. Pudo reprimir unas ganas de gritar que ese no era su familiar y se limitó a sudar copiosamente y sonreír al despedirse. Tenía que interrogarlo, hacerle análisis sobre dónde estuvo y revisar la psique. Eso sonaba a algo que harían los gringos en sus cómics, acá a lo sumo le pegaron los huesos y le dieron Tramadol para los dolores.
Partió con los nervios encrespados. La idea de lo que aquel ser podía hacer entre los vecinos le roía por dentro. ¿Qué hacer? Necesitaba saber si alguien más había visto las luces en el cielo; si habían tenido un encuentro cercano del cuarto tipo, como leyó en algún librillo de esos que se afanó por las chazas del Centro. Fue muy precavido, aunque nadie lo tomara en cuenta, bajó hasta la Calle de las Vacas y buscó el antiguo Correo Postal Nacional. La institución ya no era muy popular por la llegada de la telefonía celular, pero rentó un buzón por un año y lo pagó a saco.
Una vez con el casillero, llamó por un teléfono público al periódico local “El Mercurio” y puso un aviso en la sección de clasificados, en Otros, que decía: “Busco a quienes miren al cielo. Si viste las luces. Escríbeme. A.A. 859468. Firma: Doctor X”.
La joven por el auricular le dijo en tono de burla el precio del aviso, ciento setenta y cinco pesos, y por la tarde depositó una carta en el buzón de “El Mercurio” con el monto estipulado y el nombre del cliente. El aviso salió en los clasificados en la sección Otros durante todo un mes.
Ricardo vigiló cualquier tipo de cambio o percance en la casa de la señora Mary. Para disuadir a todos de su fijación, continuó con su rutina, pero con un pensamiento que rayaba el ostracismo. La vigía constante lo alejó de su círculo de amigos, quienes extrañados, lo visitaban de vez en cuando en su casa para hallarlo frente a la pared del último y remoto cuarto, con notas, papeles, cualquier cosa que le resultara sospechosa o le diera una pequeña pista para desentrañar el terrible misterio: todo pegado en un tablero de corcho, con chinches y cuerdas. Más sus conversaciones eran igual de nutridas y entretenidas, solo que siempre estaba alerta, a la espera de que algo o alguien le saltara encima. Miraba fijamente a los ojos al punto de incomodar a sus visitantes y, poco a poco, se distanciaron de él por sus comportamientos tan intrusivos.
Cada sábado, en la hora más muerta del correo postal buscaba las cartas. Al comienzo muchas eran bromas. Algunos se tomaron el tiempo para escribir sin sentido solo para repletar el buzón. Ricardo se sorprendió de la falta de oficio del barranquillero y de lo que le sobraba el tiempo.
Hasta que encontró la carta que venía de Bogotá con recortes de periódicos locales, con noticias que se asociaban con extraterrestres y abducciones junto a un folletín fotocopiado con letras grandes, rectas y mal dibujadas que rezaba: “¡Y sí, se roban los cuerpos!” Traía también la foto del presidente, que estaba pintarrajeada, parecida a los grises que presentaban en los libros dedicados al respecto. Intentó en vano responder la carta; al sábado siguiente volvió con un sello de devolución y la leyenda: “Dirección inexistente”.
No está de más decir que, durante ese período de tiempo, los apagones eran más comunes por la costa y, cuando eran programados, Cervantes se iba a otro lado a dormir; solía quedarse en casa de un primo que lo miraba preocupado ante su reciente obsesión.
Ya tenía arrugado el folleto de tanto leerlo, revisaba mentalmente los síntomas en la lista y visitaba los hospitales sistemáticamente. Accedió muchas veces con desespero o con nombres de pacientes falsos y solo le bastaba una mirada para identificar esas carcasas deshumanizadas. Era más común verlos. Siempre era lo mismo: perdieron toda movilidad por un tiempo, como en un estado catatónico. Luego recuperaron parte de la motricidad, pero no la fina; no la coordinación de las manos y las falanges. A esos enfermos les costaba agarrar y girar el pomo de una puerta, el pestañear para que no se le secaran los ojos, el vibrar de las cuerdas para hablar. Era aprender paso a paso a manejar una máquina biológica desde cero.
Una nueva alocución presidencial mostró a un jefe de Estado consternado por el estallido de una bacteria degenerativa que atacaba el territorio latinoamericano en general. Se dijo que había escapado de un laboratorio instalado en Panamá y se propagaba con fuerza hacia el sur del continente. El primer mandatario aseguró que él mismo también la sufrió, pero que con medicamentos igual de experimentales se recuperaría con satisfacción. Bendijo a cada colombiano ante este nuevo desastre y esperaba que el pueblo se sobrepusiera a ello. Ricardo tembló de terror: una invasión secreta. Vio la urgencia de advertir a la comunidad y, para hacerlo, lo mejor era crear una célula de creyentes para desenmascarar al supuesto Edgar.
Cervantes tomó precauciones un poco clandestinas. Se reunió con gente de San Roque que alquilaba o vendía armas sin papeles y sin preguntas. Además de la pistola le dieron un permiso falso y pagó doscientos mil pesos colombianos, que era un precio exuberante para la época, aunque le parecía poco para lo peligrosa que podía volverse la situación. Lo guardaba en la pretina de sus jeans y se sentía un poco más aliviado con el fierro en la mano.
El día cero llegó. Lo supo cuando sus noches de vigilancia dieron sus frutos: logró ver al hijo de Mary, Óscar, caminar como un bebé de meses, agarrado a las rejas a las afueras de su casa. Sus últimos ahorros los gastó en una fotocopiadora de segunda e hizo panfletos para repartirlos por las noches; estos los arrojaba por debajo de las puertas para advertir del peligro al que estaban expuestos. Estos afirmaban que, llegado el momento, se revelaría todo. Ricardo salió presto hacia la casa de la señora Mary.
No obstante, algo no encajaba y él lo percibió. No escuchó burlas, ni muecas, ni perrateo; por el contrario, todos permanecían inmutables mientras lo veían pasar por el frente de sus casas con la advertencia en sus manos. Los ojos seguían su paso, pero ya no eran ellos, todos estaban desparramados sobre mecedoras en sus terrazas, sin saludar siquiera.
Al llegar a la casa de Mary, toda su familia, quienes lucían notablemente afectados por la pandemia, lo recibieron con afabilidad. El mismo Edgar con torpeza abrió la puerta con la mirada fija. La vecina le ofreció un puesto y Ricardo se sentó con unos saludos entre dientes. La visita miró a la bestia sin vida de Edgar, sacó la pistola y la puso sobre el muslo derecho, sin soltarla. Estaba cargada, seis balas prestas para hacer hablar a quien fuera. La señora Mary y Óscar se escandalizaron:
— ¿Qué te pasa, Ricardo? ¿Tienes problemas de plata? ¡Baja eso, cuida'o un daño, mijo!
— ¡Confiesa, mierda! — atinó a decirle a Edgar a la cara, quien continuaba con la mirada maliciosa y el brazo roto — Si puedes hablar, confiesa o te meto un tiro en la frente — levantó el cañón a la altura de la cabeza del que se disfrazaba como su vecino. A Ricardo le temblaba el pulso. La gritería seguía en la casa. Edgar dio un paso al frente y movió los labios, un susurro...
— Yo te vi…esa noche, nos vimos — después, toda la familia señaló a Ricardo y al unísono lanzaron el horroroso grito de su último encuentro.
El asediado Cervantes jaló el gatillo y el tiro se perdió por un costado. Tiempo suficiente para volver en sí y huir. Salió en un escape torpe, nada heroico.
Ante el disparo, los otros vecinos poblaron las terrazas de sus casas. Un sonido abismal, inhumano, que irrumpía desde el interior de cada uno de los individuos, los alertaba a todos sobre el agresor.
Ricardo sintió un tropel tras de sí. Giró con brevedad y vio que le seguía la familia de la señora Mary, junto a una horda de vecinos escandalizados y bamboleantes. Todos emitían sonidos diferentes, gritaban cosas extrañas. El perseguido abrió la reja de su casa, en volandas cruzó la puerta del frente y se acuarteló en el cuarto de la segunda planta.
Sin correr la cortina vigilaba a todos desde arriba y, poco a poco, la cuadra se llenó de mirones. Dos motorizadas de la policía arribaron frente a su casa; lo llamaron por su nombre e hizo caso omiso. También observó que no tenían una conversación para nada normal con la muchedumbre, notó que uno de los agentes lucía blandengue y asentía mecánicamente ante la situación. Este último lanzó una breve mirada a la ventana donde se encontraba y al fin ordenó a todos los efectivos con un balbuceo raro, quienes entraron con cuidado al lugar.
Abrieron las puertas, al final aprendieron a hacerlo después de todo. Cuanto más tiempo estuvieran dentro del cuerpo, mejor manejaban las manos, que era lo que más les costaba. La humanidad estaba condenada. Ricardo Cervantes no pudo hacer nada más que dejar todo en apuntes, libretas y códigos entre sus historietas. Se llevaría un par de criaturas con las cinco balas que aún tenía y si el pulso le daba para acertar.
Sin embargo, guardaría una, para él. Una para no convertirse en una de esas criaturas carentes de humanidad.
El pomo giró y Ricardo amartilló el arma. Listo para morir como un mártir por el planeta.

Ricardo Cervantes desapareció durante los apagones del 92. La casa la encontraron en orden, pero vacía, con un tablero de corcho lleno de chinchetas e hilos, pero sin nada sujeto y una bala sin usar en el piso de su cuarto.


Acerca del autor
Lord Tíndalos
Colombia
Alexander Maurello (Lord Tíndalos) es un literato especializado en cuentos tipo pulp, tanto en la escritura…
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