

La gran mancha

— Ahí anda de nuevo, ¿distingues?
— ¡Sí, capitán!
Disponen de una caja guardada en el escritorio del capitán, donde las muchachas del aseo diurno no meten mano, con menesteres para sostener la velada: cigarros, café, picadillos y otros utensilios necesarios.
⎯ Parece una mancha. No me convence.
⎯ Claro, capitán. Algo como un molde humano de plastilina estirado a más no poder. ¡Qué raro se ve desde acá! Alcánceme los binoculares, por favor.
Donoso calibró los binoculares hasta que encontró el zoom preciso. Interpretaron varias formas de lo que veían, sin lograr consenso.
Durante la jornada de protestas de hoy, la escuadra detuvo a un manifestante menor de edad. Pérez, Rodríguez y Cottin, compañeros de Donoso, instaron al capitán a aprovecharse de la situación: “Este pendejo puede ser noticia, capitán; piénselo… Agrandémosle el caso; puede limpiar la imagen institucional en cierto modo…Jefe, como están las cosas, algo sacaremos sí o sí”, anotaron los tres a su superior.
Al capitán, sin embargo, no le interesaba buscarle un extra al asunto más de lo que era. Derivó el caso a otra unidad.
En el momento en que la escuadra cerró la escapatoria al menor de edad, este tuvo que arrojarse al suelo. A diferencia de sus colegas, Donoso no se abalanzó drásticamente sobre el detenido, sino que pensó en su hermano menor. Sintió lástima y demasiada angustia por la escena ocurrida.
Durante la velada, la conversación fue precisamente sobre el menor de edad. El capitán y Donoso ofrecieron puntos de vista totalmente fuera de su uniforme.
Donoso cedió primero al sueño. El capitán estaba anclado en la detención sucedida y le daba muchas vueltas; tenía un “no sé qué” que le inquietaba anormalmente. Prendió otro cigarro y lo dejó a medio calcinar en el cenicero. Miró a Donoso, quien dormía arropado hasta el cuello y roncaba tímidamente. Se dedicó unos minutos a escuchar a Santiago: ladridos que parecían no acabar nunca, la intensidad del Río Mapocho y el ronquido de Donoso, que ya entraba a mimetizarse con los otros ruidos. El capitán tomó los binoculares. Lo primero que vio fue la mancha; se refregó los ojos ante el acierto visual. La interpretó más grande y más cerca de la oficina que ayer.
—Donoso, Donoso — susurró el capitán — Dono, Don…
No obtuvo respuesta. Se dedicó a observar la mancha que perturbaba el toque de queda.
Faltaba una semana para la gran marcha. La institución se encontraba en preparativos y las expectativas, no necesariamente positivas, crecían en medio del aumento de las protestas. Los altos mandos citaron a una reunión extraordinaria en la central de la institución.
La reunión se extendió cuatro horas. El resultado fue un balde de agua fría para el capitán: durante esta semana tendría que trabajar turnos extendidos, incluyendo parte de la noche. Era uno de los capitanes más preciados y tenía respaldo dentro de la institución. A él no le interesaba eso. Recibió elogios y aplausos, pero su cabeza estaba allá, en la oficina.
Faltaban seis días
⎯ No me fue bien en la reunión.
⎯ ¿Qué pasó, Capi? ¿Se armó problema?
⎯ No, pero esta semana tengo que trabajar turnos extendidos por la marcha. Se suspenderá la oficina por el momento — el capitán trató de sonar desinteresado. Su tono de voz no lo acompañó.
⎯ Pero, Capi. ¡Tranquilo! Es lo de menos. Pasando esta semana nos volvemos a encontrar acá. Ahora, dedíquese a lo importante. Y ya sabe… estamos a la orden, pues.
Las palabras apaciguaron el malestar del capitán. Donoso, por su parte, fingió no darle importancia.
La tarde en que Donoso decidió cruzar todo límite y sacar copia de las llaves de la oficina para tener una copia personal, sintió que su fidelidad hacia el capitán se corrompió.
Bebieron uno que otro café. Donoso rellenó uno que había quedado servido del día anterior y el capitán usó un vaso de cartón viejo y maloliente. Ambos, cuando ya no quedaba brebaje ni para echar humo, se durmieron. Horas más tarde, Donoso despertó de golpe. Encontró los binoculares apoyados en el marco de la ventana.
Faltaban cinco días
Hoy era la primera noche a solas de Donoso en la oficina. Sintió un olor distinto. Los ceniceros estaban a tope. Apenas entró, se sentó en el sillón y ubicó su vista en el techo. Seguía teniendo la convicción de que no la miraría. Ya no hacía falta buscarla: bastó con entrar a la oficina.
Despertó y algunos rayos de sol ya invadían la oficina. Vio la hora: estaba atrasado; no le dio mayor importancia.
Faltaban cuatro días
El capitán, junto a otros oficiales y altos mandos de la institución, deliberaba cuál o cuáles serían las mejores estrategias para contener la gran marcha. Tenían muchos puntos en la palestra. Nunca dejaron de creer en sus subordinados. Sabían de antemano que estaban sobrepasados en todo aspecto y debían ser realistas.
Durante el debate, el capitán estaba absorto mirando cómo los otros corrían. Su mirada se fijó en un funcionario, jovial y primerizo, que cargaba algunos portafolios para luego regresar con las manos vacías y prontamente aparecer con más. Le recordó al menor de edad que detuvieron hace días.
El capitán vio la mancha ubicada justo detrás del funcionario. Bebió un sorbo de café, que ya estaba helado, y dejó caer la taza, la cual se quebró y manchó el piso flotante.
⎯ ¡Capitán! ¡Capitán! ¿Se encuentra usted bien? — dijo un alto mando que se paró para sostenerlo, pensando que podía desplomarse.
⎯ Llamen a enfermería; está pálido — añadió la secretaria, dirigiéndose también hacia la silla del capitán.
Cuando reaccionó, tenía varios ojos sobre él. La secretaria le dio golpecitos en la cara y le mojó los labios con agua. Sin saber qué pasó, no dio explicaciones. Le recomendaron descansar. No puso objeción. Cuando vio al muchacho de los portafolios, quien levantó el dedo pulgar en señal de buena fe, advirtió nuevamente la presencia de la mancha, tras de él.
Faltaban tres días
Fue un martes inusual, lleno de protestas. La primera línea de manifestantes avanzó inéditamente por Vicuña Mackenna y los enfrentamientos acortaron distancias. Las escuadras policiales tuvieron que recurrir al gas lacrimógeno en grandes cantidades. Donoso pensó en el silencio de una ciudad antigua.
La secretaria proyectó el plano donde figuraba la zona crítica de enfrentamientos para la gran marcha. Asimismo, otro capitán exponía el problema técnico de los carros que replegaban las protestas, los cuales se hallaban en paupérrimas condiciones. Un alto mando hacía rato que le echaba el ojo al capitán, quien se encontraba distraído mirando a través de la ventana que daba hacia Alameda.
⎯ Capitán. Capitán — dijo el alto mando.
No respondió.
⎯¡Capitán! Responda — gritó otro alto mando, con tono drástico.
El capitán hizo un gesto afirmativo. Lo miraron con extrañeza. Le pidieron que por favor pusiera atención, dada la importancia del asunto. Se dispuso a mirar lo que estaba proyectado y su vista se ancló en una dirección: la oficina.
Faltaban dos días
Apenas Donoso salió del turno, se fue a beber a un lugar de mala muerte. Ni siquiera se despidió de su escuadra ni del capitán; tanto así, que sus compañeros lo notaron apurado e inquieto. Estuvo largo rato bebiendo y pensando.
El capitán no se fijó ni en Donoso ni en su escuadra. Tampoco mantuvo ni dio nuevas indicaciones. Su postura, precisamente de capitanía, resultaba un misterio para quienes trabajaban bajo su mandato.
Donoso llegó a la oficina directamente a dormir. Se tambaleaba riesgosamente, pero logró entrar y lo hizo con los ojos cerrados. Chocó con el escritorio y algo cayó al suelo. El infortunio fue su guía para llegar al sillón; cuando pudo acostarse, el mundo comenzó a darle vueltas.
Finalizada la última reunión de la jornada, el capitán hizo el gesto de salir a fumar. Caminó hacia el oriente, en dirección a la oficina.
Lo primero que vio al entrar en la oficina fue a Donoso tendido en el sillón. Lo ignoró. Buscó los binoculares y los encontró en el suelo; estaban húmedos y tenían olor a trago. Antes de salir, apagó un cigarro que se calcinaba en el cenicero.
Pese al mareo, Donoso jamás estuvo dormido. Sintió náuseas en algún momento, pero logró pasar el malestar. Cuando escuchó la puerta abrirse, apretó aún más los ojos y se quedó pasmado en la posición en la que se encontraba. Se mantuvo así. Estaba muy ebrio.
Al despertar, Donoso no estaba del todo seguro de si había escuchado la puerta o si había sido un sueño… o si había sido el capitán quien había entrado. Sacó de entre las cenizas un cigarro a medio fumar y lo encendió.
Faltaba un día
Todo era apuro en la central: trámites, firmas, burocracia y un desorden generalizado anunciaban la llegada de la gran marcha. Las voces corrían como los cuerpos. La sensación era de incertidumbre general, como si todos miraran al capitán, que parecía ser una persona totalmente distinta.
Donoso tenía el día libre. Su intención, según había dicho semanas atrás, era ir a ver a su madre; sin embargo, lejos estaba siquiera de pensar en ello. Al levantarse, se dirigió al bar de mala muerte. La misma mesa, la misma silla, el mismo trago. Vaso tras vaso se perdió por un simple anhelo: volver a la oficina en la misma condición de la noche pasada.
La gran marcha
Santiago no paraba de latir. Los helicópteros sobrevolaban la ciudad; en algunos puntos los gases lacrimógenos atosigaban el aire; las barricadas prendían el cielo, y los enfrentamientos simultáneos entre manifestantes y policías se daban en varios puntos del centro, sobrepasando toda proyección estimada.
Donoso permanecía mirando a través de la ventana cuando escuchó unas llaves. Entró el capitán. Se acercó ubicándose al costado izquierdo de Donoso. Dejó los binoculares apoyados en el marco de la ventana. El vidrio se hallaba empañado y lo único que podían ver, por ahora, era el reflejo de dos personas sin expresión alguna.
⎯ Ahí está — dijo el capitán.


Acerca del autor
Joaquín Saint-Jean Careaga
Chile
Soy un escritor chileno interesado principalmente en las historias que nacen de la memoria, de los…
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