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La diferencia

“Con la frente pegada al vidrio, estaba ocupado en observar a la multitud cuando, de repente, apareció un rostro…”


El hombre de la multitud

Edgar Allan Poe.


Ernesto


Las muertes alrededor de Sysinfo (o debería decir Ernesto) asombraron a toda la sociedad argentina y, digámoslo, algo de repercusión tuvieron entre mis amigos, aunque la reacción se haya limitado a uno de esos gestos con los que intentamos tapar el sol con la mano; pero bueno, cada uno hace lo que puede. El número de muertes era confuso y más lo era el juicio de la sociedad en complicidad con los medios, un verdadero linchamiento mediático. El abogado esgrimió que no había evidencias suficientes que lo señalaran como autor de las muertes. Ingenió argumentos claros para evitar esa especie de castigo ejemplar a Sysinfo, todos en torno al diagnóstico de oclofobia. 


Hablemos criollo, como diría Lucas: Ernesto le tenía pánico a la multitud. Con eso, decía la defensa, no podría haber participado siquiera del hecho. Cuestión que la justicia dudó un par de veces, pero le terminó dictando perpetua. Claro que fue exagerado, pero estaba todo servido en bandeja. ¡Sí, hasta lo había anunciado en una transmisión en vivo! Por más locuras que dijera, todos vimos ese video como una confesión de atentado. No sé cómo sucedieron las muertes; sí sé que lo vi en el lugar ¡Suficiente para mí! Cuando la noticia estalló, las luces estuvieron puestas sobre él, y pudimos saber los detalles más miserables del personaje. Sí, era un individuo con problemas de salud mental, pero nada se habló de la comunidad que lo había incubado y sólo algunos medios de segunda publicaron basura clickbait sobre el fenómeno de los oclusores. Eso es lo que importa, lo que hace la diferencia. Eso es lo que nos trae acá. Vamos desde un principio.


El asado


La primera aparición de Sysinfo entre nosotros fue en el asado con mis amigos, en lo de Javier, a la luz de su lámpara galponera.


— Dale, te toca, tira un nombre, tengo ganas de fulminar a alguien — pidió Javier a Claudio.


— Te quedaste con hambre y no quedó nada de chivito — interrumpió Andrés — Se nos están terminando los vecinos famosos.


— Boludo… ¡El chivito! ¿De dónde lo sacaste, Martín? ¡Estaba increíble! — se deleitó Lucas.


— ¡Tengo uno! El loco que es medio famoso de internet: Sysinfo — propuso no sé si Martín o Javier.


— ¿Y cómo le sacamos el cuero a ése? — nos preguntamos algunos — Ni la cara le conocemos. Será compatriota, pero nadie lo conoce… ¡Se salvó de nosotros! — rematamos riéndonos a coro, y pasamos al siguiente.


Venía con días de trabajo intenso; capaz por eso me aburrió la charla. Vanidad o indiferencia, no sé, y encima pisamos el palito y la conversación creció descontrolada:


— ¡Cállate, solo hablás de patria para tapar la que nos roban! — gritó Andrés a Javier.


— ¿Y vos quién te creés que sos? ¿Te escondés votando a la izquierda para no sentir culpa? ¡De tibio que sos! — le escupió Javier, sin medir una sola palabra.


— Soy uno más de esa patria que hablás vos, pero capaz soy el que te lo explica de una piña, ¿sabés? — dijo un Andrés sombrío, al que empezábamos a desconocer.


— ¿Me vas a pegar porque somos mayoría? ¡Pajero! Votá a un partido que gane y después hablamos…


— ¡Che! Paren un poco… — corté abruptamente — ¡No nos comamos el verso que nos va a caer mal la comida! ¿Qué sentido tiene ponerse de un lado u otro?


— ¡Hacerle entender a este idiota que no todos piensan como él! — insistió Andrés.


— Mirá, Javi — dije, tomando distancia — tu gobierno siempre dijo que “la patria es el otro” y tuvo que venir la oposición a aplastarlos, con la retórica de “nadie es la patria, pero todos lo somos”. Se estudia en la universidad ese caso, imagínate.


— ¿Qué pelotudez es esa? — irrumpió Javier, con más ira.


— Quiero explicarles qué es el pedo. Que no van a poder ponerse de acuerdo con lo de la patria. Tu gobierno populista, con esa frase, que encima es anónima, representa todo lo que está mal para el gobierno liberal que vino después, encima, con una frase de un escritor de la élite — dije, estirando el silencio incómodo — O sea, ¡que es imposible definir la patria!


— Vos sos imposible… ¡Cada día más pelotudo! — cerró Javier, pero Andrés volvió a gritarle.


El enfrentamiento entre Andrés y Javier empezó a adueñarse de la mesa y terminó por dominarlo todo. Me escabullí al patio a tomar aire y acomodar las ideas. Martín se me sumó:


— A vos que laburás de estas cosas,  fijate qué te parece esto que dice Sysinfo.


Me ofreció el celular; en la pantalla se leía “La verdadera apertura social”. Me pareció impertinente, pero más me incomodó que mencionara a una persona con su seudónimo. 


— Pasame el link después, ¿dale? — dije, para evitarlo y volví adentro a explicarme mejor.


Ya era tarde. Para cuando quise intervenir, Javier mandó a la mierda a todos con la mano en alto y del manotazo le dio de seco a la lámpara colgante, que sonó a estallido metálico de platillo y aceleró la tensión con su agitación frenética. Andrés tenía el rostro enfurecido y parecía no querer mirarme; Claudio se había levantado de la mesa para lavar los platos y Lucas se cubría la mirada con una mano y negaba con la cabeza en un gesto dirigido a mí, de dejar todo ahí. El resto miraba en sus celulares para evitar la complicidad de un cruce casual de miradas. La lámpara aún penduleaba rabiosa, haciendo juegos de sombras interminables. La noche se estiró unos minutos más y la amistad única que nos unía se disipó con el fuego.


Martín


Al día siguiente, Martín me mandó un mensaje por WhatsApp. Me pareció raro; nunca me mandaba nada, sólo hablábamos por el grupo. Era algo en Reddit, pero tardé en caer en que me escribía y no le di bola. Yo estaba con mucho trabajo, intentando adaptar la letra de la canción mundialista “Muchachos” al discurso de mi cliente, el gobernador Gerardo Fernández, quien iba por la reelección. Nada podía fallar en el cierre de campaña.


A la noche, en casa, recordé el mensaje. De puro morbo fui al enlace y leí la publicación de un tirón. Digamos que no era más que una elucubración entretenida, basada en un mito griego. Tuve que buscarlo. Lo encontré en Wikipedia como el mito de Butades: la mujer de un soldado corintio se resiste a la partida de la tropa, por lo que ella arrebata la sombra de su marido y se la queda. La interpretación de Sysinfo decía que la sombra surgía del grupo de soldados, que tomaba cuerpo y se quedaba con ella. Y que eso condenaba a todo el pueblo, como lo confirmaban las cartas de Pablo al pueblo de Corinto en el Nuevo Testamento. En los comentarios se discutía política y se acusaba a un partido u otro de portar el mal de la sociedad. En resumen, típica estupidez de redes sociales. Ahí quedó todo.


Una semana después me volvió a escribir para preguntar mi opinión. Todavía no entendía por qué le interesaba compartirlo conmigo, pero saber a Martín enganchado con algo me generó interés. Le dije que me gustaba la redacción y sin mediar palabra me envió más enlaces. Antes de entrar a alguno, le pedí que me aguantara unos días, que estaba complicado con el trabajo. De todos modos, indagué un poco en lo que me había compartido. Fue a partir de entonces que presté atención al fenómeno de Sysinfo


Se llamaba Ernesto, como ya sabemos. Publicaba en Reddit, en r/Oclusores, una comunidad centrada en avistamientos de fenómenos sobrenaturales que llamaban oclusores. Parecían construir un cuerpo de ideas apoyadas, sobre todo, en videos. Ahora sabemos que esos videos fueron la razón de la fama de Sysinfo y, al final, de su caída. Cada publicación venía acompañada de una investigación de Wikipedia, algo de coyuntura política y, sobre todo, un gran salto de fe. Pero eran los seguidores, la comunidad alrededor de Sysinfo, quienes aportaban complejidad a las hipótesis de por sí ya disparatadas. Tras un rato de bucear en todo esto, me sentí tanteando a ciegas en la basura y decidí abandonarlo una vez más.


Reddit


El fin de semana siguiente tocaba asado y, sin embargo, ahí estaba yo, solo en casa y sin nada que hacer. Era de noche y, como no tenía planes, decidí indagar un poco más en eso de los oclusores. Recordé a Lucas despotricando de la gente que dedica su tiempo a Reddit, pero me dieron curiosidad las noches solitarias de Martín leyendo estas cosas. Ahí estaba yo ahora: envuelto en la soledad de mi casa, las luces apagadas y en la cama, la notebook sobre la panza y a punto de zambullirme en lo más oscuro de Sysinfo. La situación con los chicos seguía igual, o tal vez peor. Busqué nuestro grupo una vez más. No había habido mensajes desde la discusión. Escribí algo para romper el hielo, pero me ganó la vergüenza o el orgullo: borré todo, salí de ahí y dejé caer el celular sobre la cama. La pantalla de la notebook era lo único que me iluminaba ahora. Comencé a estudiar en detalle r/Oclusores y me dejé llevar por la narrativa de la comunidad.


Así descubrí este mundo. Convengamos que era imposible leerlo todo: muchas publicaciones, muchas personas participando, muchos comentarios construyendo la conversación. Como en toda cámara de eco, encontré repetición, refuerzo mutuo y demonización; pero sólo se podía ingresar y transitar como quien avanza por un laberinto, donde dudar sólo te introduce más.


El perfil de usuario de Ernesto decía en su biografía: No arreglo nada: solo registro el pulso del sistema. Sonaba a cansancio, pero también a advertencia. Más allá de esas pretensiones, era un administrador de redes de computadoras. La prensa destacaría después que el genio autodidacta residía en un monoambiente y su único lazo con la realidad durante años había sido el teletrabajo.


Empecé por uno de los enlaces de Martín: un video de los festejos del Mundial 2022. El título era “Evidencia Irrefutable de un Oclusor” y había logrado un estallido de upvotes en Reddit y una explosión de visualizaciones. Le di play. La imagen agitada parece tomada con un celular. El orden meticuloso del interior de un local y las paredes vidriadas que lo separan de la calle son amenazadas por el estruendo creciente de platillos, trompetas y bombos de tribuna futbolera. Un tumulto de personas, niños y adultos, entre colores patrios y cánticos vulgares que celebra la victoria ante Francia, aparece desde un costado de la imagen, ocupando la vereda. La multitud avanza hasta colmar la calle. El interior del local se oscurece de tanta gente tras el vidrio. Una voz, quien filma o quizá otro que está cerca o los dos en conjunto, ríe nerviosa y ruega en tono dramático, temiendo que vayan a romper algo. Eso no sucede: la gente sigue de largo y la voz se suma al festejo de la canción del momento, “Muchachos”. De las risas al miedo y del miedo a la euforia. La primera vez que lo vi no parecía más que un meme. Lo detuve; quería encontrar algún detalle, así que lo puse de vuelta, un poco más lento, para entender qué había visto. Puse pausa. Ahí lo vi. 


Lo que al principio parecía la sombra del grupo, es claramente otra cosa, una cosa negra, una mancha, indiscernible del entorno. Copiando el avance del montón, esa mancha oscura y densa como un cuerpo de negrura, lo sigue desde atrás. Tuve que refregarme los ojos y poner las manos a los costados de la cara a modo de anteojeras para concentrarme en lo que estaba viendo: el interior es borroso, pero parece hecho de fibras o hilos finísimos que se tensan y reordenan erizando su contorno en púas. Esa silueta estrellada en puntas que parecen oscilar, como un erizo de mar negro, no es la sombra de nadie. No es nadie y, aun así, se puede figurar una forma humana en ella. Esa cosa negra no sigue los movimientos de la gente, se mueve por su cuenta. Quien filma no parece notarlo e interrumpe la grabación. Nunca había visto algo así y no pude dar crédito a lo que vi entonces. ¡Ahí caí en la cuenta! Esas masas oscuras eran los oclusores.


El video continuaba, estaba editado. Se veían otras cámaras cercanas, de calidad más pobre y sin audio, parecían de seguridad. En todas, la misma escena, pero ahora completa: un hombre camina en dirección opuesta a la multitud, evita a esa gente, es succionado por la sombra y es dejado atrás, tumbado en el piso. Nada de esto tenía sentido, pero me oprimió el pecho la sensación por saber qué era. No necesité investigar, la comunidad en torno a Sysinfo ya lo había hecho por mí: era el restaurante en la esquina de Canetti y Gasset, y se trataba del brutal crimen contra el senegalés que era empleado en Heladerías París. El caso había quedado olvidado por la emoción mundialera y la falta de evidencias. Claro que lo recordaba, solíamos comprar ahí el postre de los asados. ¡Ese individuo masacrado por la sombra era el senegalés!


La publicación agregaba: “¿Por qué los medios no emitieron estos videos? Somos ganado, no te dejes engañar. Confiá en vos, en nadie más”. Expertos en efectos visuales, físicos y especialistas en opinión ofrecían todo tipo de análisis en los comentarios. Me incomodó encontrar menos detractores que entusiastas. Todos confirmaban lo que acababa de ver: una sombra se separa de las demás, sin pertenecer a ningún individuo. El comportamiento de un oclusor. Aún no se había resuelto el crimen del senegalés y este material inédito era la mayor evidencia de lo sucedido. Pero el asesinato del video no era cometido por nadie, o más bien por la sombra imposible y nefasta surgida del montón: un oclusor.


Me levanté por un vaso de agua para despegarme de esas imágenes y tuve que encender todas las luces en mi camino. Me apoyé en la mesada con la mirada clavada en la oscuridad del living, demorando el agua. No podía pensar en otra cosa. Junté valor, apagué las luces de nuevo y volví a la cama. 


Seguí con otro video de los de Martín, titulado “La Apertura es Social, ellos o vos. LA VERDAD ESTÁ AHÍ FUERA”. Le di play. Una sola toma de celular muestra el cielo recortado por la boca del subte, a plena luz del día. Un grupo de policías vestidos de verde musgo, en un lugar que no parece Argentina, baja la escalera de lo que parece ser un subte empujando a civiles, y uno se rebela. En los últimos escalones el contraluz los recorta a todos como siluetas negras. Se oye un disparo, como de lanza gases. La grabación se sacude. De las sombras emerge una oscuridad. Un oclusor. Me apabulló ver la forma negra una vez más moverse con vida. Como en los otros, el video termina sin que nadie note el fenómeno. Boquiabierto, leí en los comentarios de la publicación que el video había sido tomado durante el estallido chileno, que era difícil ahora encontrar material como éste, que la culpa era del gobierno, que los medios no decían nada. Sysinfo también había comentado condenando a la política, como siempre. Me pregunté por qué. Quizás por eso me lo había compartido Martín. Volví a sentirme incómodo con lo que tenía frente a mí. Froté las palmas en las sábanas tanto para secar el sudor como para situarme, y acomodé la notebook que ya me hundía el estómago.


Tomé distancia, no quería seguir con lo que me había enviado Martín ni con lo que me sugería Reddit. Conozco bien los algoritmos; uno es expuesto a información por mecanismos de personalización conductual y yo no quería caer en esa espiral de sentido. Me desplacé a publicaciones más viejas y encontré un informe de inteligencia aparentemente filtrado. No cabía duda de que hablaba de oclusores (los llamaba manifestaciones oscuras espontáneas) y mencionaba la aparición física de sombras surgidas por la acumulación de otras, el Shadow Blister Effect. Entre cosas aún más viejas me detuve a leer algunos fragmentos de un estudio sobre desresponsabilización individual en contextos de conflictos bélicos, con párrafos enteros ofuscados. Ordené las publicaciones de otro modo, para vencer al algoritmo. Evité los contenidos de orden político porque los sospeché ingenuos y me incliné por los de ciencia, para encontrar respuesta a lo sobrenatural. Fui y vine entre discusiones documentadas que se daban en lugares como r/HighStrangeness y r/HypotheticalPhysics. La comunidad se perdía en debates interminables sobre la física del Shadow Blister Effect y algunos ensayaban explicaciones de física cuántica que apuntaban a las partículas virtuales del “Mar de Dirac”, el portal del que estarían llegando los oclusores


Otros, sin embargo, insistían en la irrelevancia de la física ante tales fenómenos perceptuales y ahondaban en la práctica de la meditación para experimentar la apertura. Ciencia física o realidad cognitiva: la comunidad se preguntaba por el origen no humano de estas criaturas. Sysinfo se quedaba en lo terrenal: hablaba de dominación política. Pero todos insistían en la apertura social ― algo así como evitar la desintegración individual en la masa ― para eliminar a los oclusores


Quise reducir al absurdo lo que había visto, pero carecía por completo de argumentos. Busqué mi celular en la oscuridad alrededor, tanteando en la cama. Un poco para aferrarme a algo, un poco pensando en compartir esto, sin saber a quién. Estaba perplejo. Y solo.


La apertura social


Fui a escarbar a lo más viejo y me topé con la duda. No había video, sólo enlaces a noticias y opinión. Un juicio mediático que entonces aún no tenía sentencia: un grupo de adolescentes había golpeado y abusado de otra adolescente. Las noticias hablaban de una noche de alcohol y drogas; algunas titularon  “la manada” y a la menor de “imprudente”. Los varones decían que ninguno de ellos había hecho nada, que el alcohol los opacó y que ella “corrió su sombra hasta desaparecer”. Noté el sesgo en las notas y los comentarios. Ni videos ni evidencias filtradas, solo una acumulación tendenciosa sobre un posible oclusor. Nadie advertía que el relato era insostenible. Salí de Reddit y busqué noticias actuales: el caso ya estaba resuelto y no había dudas: se había tratado de un abuso sexual en grupo.


Estaba frente a una comunidad capaz de torcerlo todo. Los primeros videos eran reveladores, sí, pero esta gente era perversa en su lectura. Froté una vez más las manos contra la sábana para despegarme el asco. Me había removido el estómago. Cerré los ojos y respiré una, dos, tres veces. Vi la lámpara de Javier, con su candor habitual. Su luz me calmó. Volví a abrir los ojos y me acomodé en la cama para enderezar la espalda. 


Leí fragmentos de otras publicaciones que me ayudaron a tomar distancia y levantar un muro de escepticismo. Para esta gente los oclusores explicaban todo. La apertura social parecía el nombre completo de la excusa. Me pregunté si me habría topado con el usuario de Martín. No quise entrar en el último link de su lista, no era necesario. Cerré la notebook de un golpe, la dejé a un costado y me dormí de inmediato.


Sysinfo


La sensación de extrañeza de lo de Reddit ya había calado hondo. Dejaba una luz encendida cada noche, pero me sentía más perseguido de día: abandoné el transporte público y evitaba las multitudes. Una tarde tomé la peatonal para esquivar una manifestación frente al Congreso. Caminaba mirando el reflejo en las vidrieras, cuando vi la sombra de un oclusor espejada en la multitud. No pude mirar atrás y corrí para alejarme de la masa.


Pasaron un par de semanas en las que el trabajo fue menguando. Los días eran tranquilos y asocié la paranoia anterior al estrés. Mi parte estaba hecha y el acto de cierre de campaña ya dependía de otra gente. El grupo con los chicos se había hundido en silencio bajo decenas de chats individuales o de trabajo. Martín tampoco me había vuelto a hablar.



Llegó el sábado del acto. Yo estaba en casa, tenía la notebook encendida y la tele en silencio. El delivery acababa de traer una pizza y, mientras abría una lata de cerveza, pude distinguir la música de campaña de Fernández que se colaba por la ventana. El acto estaba por iniciar a pocas cuadras de casa, en Parque Girard. En la tele parecían hablar del operativo de seguridad. En la notebook tenía alertas programadas para medir el impacto del evento en redes sociales. Una mención reciente trepó entre las demás en el panel de escucha social. Deseé no haberla visto: r/Oclusores. Hacía tanto que no pensaba en eso que me invadió el miedo. Entré al enlace y, por primera vez, apareció Ernesto. No era la imagen de perfil; estaba él ahí, de torso entero, respirando frente a cámara, comenzando el anuncio.


Sentí la mirada a través de sus lentes redondos, clavada en mí. Estaba encorvado con los hombros adelantados y la barbilla hundida, como si quisiera pegar su frente a la pantalla. La expresión no era de furia ni de calma: era la de alguien que ha pasado demasiadas horas dentro de su propia cabeza. Tenía varios abrigos, superpuestos unos sobre otros, como amortiguando la presión del mundo exterior. 


El chat corría ilegible y los ojos le vibraban a la luz de la pantalla. Sentí una náusea; una enfermedad que se liberaba con una orden de esa mirada. Habló:


— Soy Ernesto. O sea, ustedes me conocen como Sysinfo — miraba de un lugar a otro en la pantalla, como viendo a los ojos de toda su comunidad — Siempre estuve solo detrás de la pantalla, pero ahora somos muchos. El día llegó. Hoy es mi apertura social.


Hizo una pausa mínima, la respiración era pesada, tragó saliva:


— Los oclusores… brotan en la multitud… están en todas partes… pero no están en mí o en vos. Son el mal que vino de afuera. Los líderes religiosos y políticos se aprovechan de ellos porque necesitan de las multitudes y usan a los oclusores para arrasar con nuestras ideas individuales. Vivimos un momento histórico. No es ni una cruzada religiosa ni una batalla cultural, como creen muchos: es la apertura social (elevó el tono con la última frase). Ni yo ni nadie te pueden decir cuándo te toque a vos. Seguí tu voluntad, no dejes que la multitud te conquiste y que la sombra te trague. ¡Expulsemos a los oclusores! Ahora empieza nuestra redención. En Parque Girard. En el acto de Fernández.


La última palabra me comprimió los pulmones. Dejé de oírlo o tal vez no habló más. Empujó el escritorio para levantarse e irse. Todo en la pantalla se agitó del sacudón, salvo su sombra, proyectada por el monitor, pero detenida en la pared, como si no le obedeciera el movimiento. Sentí que esa sombra tenía ojos, que esos ojos me miraban. El video se cortó.


Los oclusores


Corrí hacia el acto. Mis contactos en la gobernación no tomarían en serio mis mensajes, no podría explicarme. En pocos minutos podría llegar. Me guie por el ruido y el tumulto, que crecía cuanto más avanzaba. Una música de suspenso capturó el ambiente. Recordaba de memoria el guion: en menos de cinco minutos saldría Fernández. Mientras avanzaba, no pude evitar la satisfacción: la multitud convocada era la medida de mi éxito. Me metí en la muchedumbre a empujones para alcanzar el escenario. Choqué con el cordón policial y corrí para rodearlo. Descubrí con asombro la cara de Martín tras las vallas. “Por suerte no me vio”, pensé; no entendí qué hacía ahí. La música subió de volumen: ya entraría Gerardo. Intenté una escalera trasera, pero la policía me seguía bloqueando. Hubo un silencio, un apagón y una explosión sonora. Las luces estallaron en movimientos sincronizados que por momentos cegaban y, por otros, proyectaban sombras. La música aturdía. Estiré el cuello hacia el escenario buscando algún rostro conocido. Descubrí uno solo. Ernesto. Del otro lado del cordón, a través de los flashes, los ojos puestos en mí.


— ¡Allá atrás! — grité a un policía señalando por sobre su hombro. Miró y sólo vio oscuridad. Después volví a ver a Ernesto en la escalera: por momentos él, por momentos una sombra.


— Flaco, ¡te controlás o te controlo yo! — me lanzó el oficial ante mi insistencia, los ojos fijos en mí, y me devolvió el empujón con violencia para firmar la amenaza.


Con mi voluntad ya sometida, inició la música de campaña y con ella, el acto: “Muchachos, ahora nos Volvimos a Ilusionar”… El gobernador apareció en escena y todas las luces se posaron sobre él. Hasta ahí, todo guionado. A Ernesto no lo vi más. Recuerdo estar de puntas de pie, buscando un oclusor entre las sombras proyectadas alrededor de Fernández, sin éxito. Lo siguiente fue un disparo seco, otro y otro más. El abogado defensor dice que son de armas distintas. Fernández cayó al suelo; después supe que por protocolo no más, que sólo fueron raspones. Abajo, en la multitud, hubo muertos: el operativo policial actuó de inmediato y hubo varios disparos más, parecían lejanos. Todos atribuidos a Ernesto. Yo me escabullí entre el sudor y la pólvora. Cada uno hizo lo que pudo. La noticia alimentó a los medios por semanas. 


Yo


Estamos todos de acuerdo en que lo de Sysinfo fue una vergüenza, no hace falta ahondar en eso. Un tipo raro que no sale de la casa, que tuvo eco y fama a la luz de Reddit, convocando a una propuesta social más rara aún. De haber permanecido en internet, habría perdurado, pero cruzó la pantalla. Cruzó el alambrado político, que es lo peor, y se quemó solo. Yo creo que en lo personal nadie lo juzga. Es como un algoritmo afectivo; no hay mucho que explicar, se ordena solo, a la medida de todos y cada uno.


Condenado Ernesto, la comunidad r/Oclusores se disgregó; seguro había otras parecidas, como las que hay por todo internet. Porque claro, los oclusores siguen apareciendo y, sin explicación, aunque sean pocos y pobres los videos que lo atestiguan. 


Yo pensé que algo encontraría en las cámaras del evento, las revisé al detalle. La policía me concedió todo el material a cambio de enriquecer mi testimonio privilegiado, señalando a Ernesto. No había nada. A mí ya no me importa de dónde vienen: yo sé que están, que actúan entre nosotros, y que nadie nos salva de eso: que hay que tenerlos en cuenta. A raíz de eso, me llaman cada vez más: políticos, consultores, periodistas. No me sorprende. Es que Fernández arrasó en las elecciones y yo puedo tener algo que ver, aunque algunos lleguen a pensar que inventé la intervención de Sysinfo. Claro que esa noche hubo oclusores en Parque Girard, ¡si está lleno de ellos! Yo calculo su número como una suma de individuos: ninguna estimación reflejaba los resultados que obtuvo Fernández. Esa gran diferencia son ellos.


Martín no volvió a escribir. Es más, cuando Sysinfo fue noticia, Claudio lo compartió con todos nosotros y el idiota de Andrés abandonó el grupo. Algunos reaccionaron, pero ahí quedó todo. Yo me quedé al margen, ¿qué iba a decirles a ellos? Cada uno hace lo que puede. Hablo cada tanto con Lucas, como siempre. Acabo de mandarle una foto de la lámpara que me mandé hacer para el living. No es una de serie como la de Javier; es única: está hecha a medida de mi living, lo ilumina todo y no deja sombra.

Acerca del autor
Héctor Fazio
Argentina

Héctor Fazio (Bahía Blanca, Argentina, 1982) es productor y escritor con formación híbrida en ciencias, arte…

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