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L.U.C.I.

El ruido de los neumáticos derrapando sobre la grava suelta atravesó el umbral del vestíbulo, propagándose longitudinalmente a lo largo de las heladas paredes ahogadas por el susurro grave del terral, que bajaba en dirección opuesta formando pequeñas colisiones de tonos que se fundían en el aire. Antonia interpretó esta serie de presagios como una sentencia irrevocable de su oscuro y poco gratificante destino. 


— ¡Ya llegaron! — dijo su hija en voz alta, sin apartar la mirada del ventanal. Parecía un sabueso en espera de su premio. 


Afuera, en la glorieta, un Bentley autónomo estilo Blower reducía su velocidad a medida que se acercaba a la entrada. La puerta trasera se abrió de repente cuando este se detuvo en el recibidor. Una mujer elegante, espigada, de complexión atlética y un porte exclusivo de la aristocracia (practicado hasta el hartazgo en prestigiosas academias de imagen) se presentó con un gesto distinguido acariciando el ala de una pamela imaginaria que hacía juego con una americana ajustada y una falda lápiz de polipropileno que acentuaba el delineado de sus caderas a cada paso. Tras ella, como parodia, una señorita de rasgos orientales, menuda y discreta, apuraba un tanto la marcha conforme alcanzaba a la mujer en el rellano intentando disimular un paso en falso por demás caótico en el último escalón. Por instinto, quizás, se repuso del traspié en segundos y alcanzó a redistribuir su peso regresando a su estado normal de propiocepción.


Tras un ligero carraspeo de reprimenda, la mujer elegante se apresuró al portón de madera y alzó la mano a la altura de las aldabas en forma de reno. Un chirrido que venía del interior frenó su llamamiento, restringiendo de golpe el escaso margen temporal con el cual contaba para modificar sus expresiones. Su mirada todavía denotaba cierta gelidez cuando las puertas se abrieron con una cálida bienvenida.

 

— ¡Muy buen día! — dijo la mujer, transformando su rostro de inmediato. 


— Muy buen día. Adelante, pasen — respondió la hija de Antonia, recibiéndolas con un gesto versallesco, inusual en esos días. La joven, por su parte, agitaba la cabeza de arriba abajo imitando una reverencia malograda. 


Ambas fueron conducidas hasta un enorme solárium de ventanales altos, con escasa decoración y apenas mobiliario, un sillón largo con acabados marroquíes, un par de sillas de mimbre y una mesa de caoba, distribuidos todos al centro, con espacio de unos diez metros entre las paredes de hormigón crudo y los pasillos que conducían a la sala. 


— Pueden tomar asiento. En un momento regreso con ustedes. ¿Desean algún aperitivo? Tenemos té de jazmín y pan danés recién horneado — preguntó.


— Estamos bien. Gracias.  Hermosa casa, por cierto. Esa fachada Beaux-Arts… napoleónica es… en pocas palabras, exquisita — dijo la mujer elegante.


— Gracias. El crédito es de mi madre. “Media vida es lo que cuesta”, lo dice todo el tiempo. Exageraciones. 


— Ya veo. Sin embargo, considero necesario insistir. Me siento favorecida.  No suele verse algo como esto en la ciudad todos los días. 


— Es un diseño viejo, agradable a la vista, claro, pero difícil de asear si me lo pregunta. 


— Imagino que sí. 


— Me gustaría el pan y el té si no es mucha molestia — interrumpió la muchacha. Su rostro de melocotón se entumeció al instante y bajó la mirada atendiendo al suelo bochornosamente, intentando, sin mucho éxito, pasar desapercibida.


— Con gusto. Enseguida vuelvo.


El lugar era impresionante… La arquitectura en esos días se había distanciado tanto ya del modelo clásico o del neoclásico que los conjuntos habitacionales edificados a partir de nanomateriales eran tendencia en todo el sector inmobiliario, un detalle del mercado atascado hacía años en las filosofías de la ecología urbana. Lo natural era cosa del pasado; los tecnólogos de la época lo sabían y consideraban estos caprichos un lujo exclusivo de la burguesía, y esta casa lo era. Se hallaba en un terreno montañoso a cientos de kilómetros de la ciudad más cercana; la residencia estaba rodeada de un paisaje conífero hasta donde alcanzaba la vista, cubierto de un manto blanquecino que se extendía perpendicularmente al lado de un viejo camino alfombrado con agujas de pino verdes y marrones que ocultaban un suelo resquebrajado, casi en el abandono.


Cuando la hija de Antonia regresó, llevaba consigo una bandeja de plata con un copioso surtido de panecillos y un samovar de aspecto rústico que no tardó en depositar sobre la mesa. 


— Adelante — hizo un gesto con la mano, invitando a la más joven — Disculpe mi indiscreción — refiriéndose a la mujer — Como se imaginará. Todo esto, me refiero a todo, es un tanto nuevo para mí; por no decir que me siento más que perdida.  ¿Debo llamarla por su nombre? ¿Algún número de serie? ¿Llevan nombre ahora?  Perdone es solo que…


Madame Éléonore, un placer — interrumpió la mujer elegante.


— Igualmente, madame. Mil disculpas. 


— Descuide. Nuestro servicio se apega al protocolo establecido, pero claro, no encontraríamos ningún inconveniente si nuestros clientes tuvieran sus… peculiaridades. Usted entenderá (¿qué fue eso, un guiño?). He revisado a profundidad su contrato y entiendo que usted ha sido por demás rigurosa con sus especificaciones; se equivocaría si pensara, por el motivo que fuera, en meras tragedias. Pero le pido que no me malentienda; puedo asegurarle que L.U.C.I. es la más indicada para este trabajo. Si me permite ser sincera, estoy segura;  ¡no, convencida de que su inversión se encuentra en buenas manos!. Ya se entenderán, délo por hecho (silencio entre ambas). Como sea, detestaría quitarle más tiempo — dijo Éléonore en tono alegre y amigable, algo travieso también — ¿Qué le parece si comenzamos?


— Por supuesto. 


A su lado, la joven observaba con detenimiento aquella escena obviando cualquier movimiento que pudiese exceder siquiera un micrón de su estado casi en estasis molecular. Analizaba cada palabra con el objetivo de aprender en la marcha lo que, de acuerdo con sus predicciones, le serviría más adelante. Sin embargo, uno tras otro los pastelillos fueron desapareciendo de la bandeja, pese a su elaborado sistema de sigilo, su forma de comer la delataba al instante, era un tanto torpe y apresurada, un par de mordiscos fueron suficientes para que su rostro y sus manos se llenaran de migajas. 


Tras una larga plática, algunos papeles que firmar, transferencias bancarias y un rostro limpio, las tres regresaron al salón principal. 


— ¿Mamá? — tras no recibir respuesta, la hija de Antonia se acercó al sillón y elevó el tono dos octavas — ¡Mamá! Ella es L.U (se detuvo un momento) L.U.C.I., ella es L.U.C.I., tu nueva asistente — dijo, señalando a la muchacha. Antonia ni se inmutó. En su lugar, soltó un ruidito entre los labios para expresar su indiferencia — Al menos podrías mostrar un poco de educación — replicó su hija con sarcasmo.


Antonia giró la mirada hasta encontrarse con los ojos color avellana bien abiertos de L.U.C.I.. La etiqueta de la cortesía social la obligaba, cada dos por tres, a poner en práctica el estoicismo más puro; que era importante, según decían, para probar erudición en los sistemas de comportamiento humano, de los que L.U.C.I. había aprendido con soltura en los centros de formación en sus años de estudiante. Era su momento de hacerse reconocer y asumir su responsabilidad en ese nuevo sendero abierto frente a ella. Desafortunadamente, esa declaración suya duró más bien poco. Antonia era cruel, de mirada firme, tensa y de gran poder interno. Su persona, superior en todos los aspectos, dominaba sin delicadeza la personalidad afable, recién descubierta de L.U.C.I., echándola para atrás en cada intento suyo de traspasar esa barrera de intimidad, obviando los malos tratos y conteniéndose en su espacio, como un capullo impenetrable. No acababa de entender por qué, en realidad, nunca se había sentido así antes. 


Después de un breve momento, Antonia dio por terminada su inspección y declaró sin más, como solía hacerlo con normalidad. 


— Que se cambie el vestido; no me gustan los uniformes de las fábricas. Búscale algo bonito y que se abrigue; las noches han estado frías las últimas semanas. 


Esa fue la primera vez que Antonia y L.U.C.I. intercambiaron miradas. Desde luego que ese no había sido un buen comienzo. Pero había sido su comienzo y no podían cambiarlo por otro. 


Los procesos de adaptación solían ser complicados para cualquier asistente personal que comenzara en el negocio, sin importar su modelo, lote o número de serie, los A.P. de nueva generación L.U.C.I. (Logical Unit of Cognitive Intelligence) enfrentaban los mismos contratiempos una y otra vez, incluso las famosas versiones C que se creían perfectas. Para los A.P. un buen servicio, uno de calidad, debía carecer de incompatibilidades susceptibles a una llamada para servicio al cliente. Esta no deseada situación, como le habían dicho a L.U.C.I. en el área de ventas, haciendo hincapié en su valor como asistente, no tenía significado alguno en su comprensión de servicio. 


Sin embargo, ese preludio afuera de la casa, la malinterpretación de su primer encuentro y el infundado esquema de inconformidad con el que había confinado su estancia en esa casa que, en sus palabras describía a la perfección a su nueva dueña, no hacían más que entorpecer su adaptación, ahora, tristemente, retrasada meses en el calendario. A menudo se veía a sí misma como un estorbo que debía ser eliminado de la ecuación y cuestionaba su valor, el más adecuado, de acuerdo con el manual de usuario. Para L.U.C.I., estas complejidades fluctuaban entre su inherente necesidad de ser útil y esos momentos en que Antonia, una mujer arraigada en el aislamiento y de actitud costumbrista, se dignaba a prestarle un poco de atención. Así iniciaba su nueva vida.


— Si Antonia lo desea, puedo ayudarla a subir — dijo L.U.C.I.. 


— No necesito ayuda de nada ni de nadie. He atendido estos tortuosos escalones indómitamente por más de noventa años, un éxito napoleónico para cualquier mortal si quieres verlo de esa manera. No dejaré que me derroten ahora — replicó Antonia, molesta, sosteniéndose con su bastón en el rellano. 


— Entiendo. La esperaré aquí entonces.


— Haz lo que te plazca.  Me he preguntado docenas de veces si la inversión habrá valido la pena. Esos circuitos tuyos, niña, no estarán atrofiados o descalibrados, ¿cierto? Tu mantenimiento me huele a dinero perdido. Quizás deba pedir un reembolso —se giró en un instante y caminó hacia la oscuridad de la habitación tras de sí. 


Pero la presión de su nueva asistente terminó por vencer al orgullo. Meses más tarde, de alguna forma, obtuvo una apertura en esa terrible personalidad. Hablaron durante horas de sus necesidades, de las de la otra, de ciertos acuerdos y de ciertas reglas. Su premio, más que merecido, fue nuevas responsabilidades, laureadas en su muro interno de honorabilidad: recoger el correo, revisar la publicidad, ese tipo de cosas. Comenzaba a brillar.


Pese a los buenos resultados, uno de los peores (o quizás mejores) momentos de su estancia en esa casa, está relacionado con el primer acercamiento a la cocina. 


— Pero ¡¿qué has hecho, L.U.C.I.?! — para ese entonces, Antonia ya se había acostumbrado a llamarla por su nombre.  


— Son huevos revueltos, señora Antonia. Como usted los pidió, revisé la receta muchas veces.


— Claro que dije huevos revueltos, pero esto de verdad es otra cosa. Ahora entiendo que la cocina no es tu fuerte en absoluto — dijo Antonia agitando con un tenedor la plasta negruzca y sobrecosida encima del plato. 


— Lo siento mucho, de verdad lo siento, señora Antonia — estaba muy apenada. 


—¡No! Sin objeciones. ¡Déjalo así! Es mi culpa por pensar que al menos serías capaz de hacer el desayuno. Te lo dije, ¿no? ¡Ah! Son esos circuitos, L.U.C.I..


— Lo dudo — contestó L.U.C.I. con firmeza — Mi sistema es idéntico al de los otros asistentes. Si existiera alguna falla, los ingenieros ya la habrían actualizado. Los programas diseñados por la inteligencia artificial son prácticamente perfectos. 


— ¡Exacto! — interrumpió Antonia — ¡PRAC-TI-CA-MEN-TE! Tú lo has dicho. Prácticamente no es exactamente lo mismo. Suena a haikú. ¿No lo crees?


— ¿Disculpe? — L.U.C.I. parecía confundida. 


— No es nada, no es nada, querida — una sonrisa en la expresión de L.U.C.I.. 


— Ven, te enseñaré —djo Antonia, caminando de regreso a la cocina — La clave para hacer unos buenos huevos revueltos está en la muñeca.


La mano de Antonia bailaba grácil sobre la sartén con movimientos finos y perfectos, un aronde rítmico y continuo maravillaba los sentidos de L.U.C.I., luego un allongé más como una suerte suprema, para separar la yema de un solo golpe. Su memoria lo había grabado todo en un instante. Se sentía aturdida, incapaz de comprender el trasfondo técnico de lo que estaba presenciando. 


— Ahora, hazlo tú — L.U.C.I. se acercó temerosa y comenzó a batir imitando sus movimientos de forma tosca y acelerada — ¡Así! ¿Ves? Todo está en la muñeca: — continuó Antonia, dándole un golpecito en la espalda — mano firme, cartílagos intactos y muchos desayunos preparados. Es todo lo que se necesita, aunque en tu lugar, no estoy tan segura — ambas se rieron.


La temporada de heladas estaba a la vuelta de la esquina y en esos días, por las mañanas, el viento fresco agitaba la hierba dejando salir un silbido nostálgico que le recordaba a L.U.C.I. los primeros meses en ese lugar. Una mañana de diciembre, Antonia se encontraba descansando en la sala cuando la llamó de repente. 


— L.U.C.I., más tarde llegará un paquete. Por favor, no lo abras. Solo asegúrate de ponerlo sobre la mesa del comedor — dijo en voz alta.

— Por supuesto, Antonia.  Quiero decir, señora. 


El paquete llegó por la tarde. No era muy grande ni tampoco muy pesado. Desde su perspectiva, estos peculiares eventos conferían cierto misterio a sus tareas, últimamente tan repetitiva, y las envolvían además en un aura muy al estilo Doyle, que L.U.C.I. recordaba como uno de los favoritos de Antonia. Eso le emocionaba. 


— Muy bien — dijo Antonia desde la puerta de la cocina — He estado haciendo memoria, pero no logro recordar si esa tal Éléonore mencionó algo con respecto a tu edad en su momento; tampoco creo haberlo visto en el contrato. 


— ¿Edad? — preguntó L.U.C.I.; por su expresión parecía algo confundida. Manos enroscadas y rígidas sobre sus piernas. Sentada de esa forma sobre un banco de madera, daba la impresión de ser una niña pequeña castigada por su madre. 


— Sí, tu edad. Escucha, tu estancia aquí se ha alargado más de la cuenta, ni el mismo Ende lo hubiera imaginado y, bueno, si te soy sincera, llevo días con un pensamiento que me taladra la cabeza y no me deja descansar. Adelante, toma mi rostro y colócalo sobre la mujer de sombrero amarillo en el Automat de Hopper, bastante acertado, diría yo. Si te parece complejo, puedes usar Hotel Room o Sunday, cualquiera servirá — L.U.C.I. se mostró preocupada; solo había alcanzado a identificar como prioridad el descanso de Antonia — Imagino que tú tampoco duermes mucho…


— Cuando usted duerme, mi programación entra en estado de reposo, pero siempre estoy pendiente de su sistema cardiovascular, su respiración y su actividad cerebral. 


— ¿En serio? No me lo podría haber imaginado — dijo Antonia con una sonrisa de complacencia — Como sea; quiero que celebremos tu cumpleaños, hoy mismo.  


Se acercó al comedor y abrió el paquete con mucho cuidado. Era un pastel sencillo de cobertura lisa sin muchos adornos, pero una verdadera maravilla ante los ojos de L.U.C.I.. Justo encima, sobre la capa superior de merengue, en un pequeño adorno de plástico, se leía lo siguiente: ¡Feliz cumpleaños, L.U.C.I.! Lo que hacía de ese detalle una bonita sorpresa.


— No sabía cuál era tu sabor favorito, así que lo pedí de chocolate — continuó Antonia.


— Cumpleaños… — repitió L.U.C.I. en voz baja.


— Sí, el tuyo. Una celebración anual que todos deberían disfrutar. Incluso ustedes, supongo. 


— Me temo que la información sobre la edad no se encuentra en mi sistema. Dudo mucho que los asistentes personales celebren su cumpleaños. 


— Los detalles los dejaremos para después. Por ahora, creo que sería buena idea tomar este día como referencia y comenzar con la tradición. ¿Qué te parece? 


— No veo el problema. Pero, a decir verdad, no comprendo el porqué.


— ¿A qué te refieres? 


— La celebración de la edad. 


— Es algo cursi si lo piensas. La naturaleza humana lleva consigo esa necesidad de relacionar todo a su alrededor consigo mismo. 


— Lo sé, 365 días, aunque puede variar en años bisiestos. 


— Correcto, qué inteligente.  Y cada año ha de celebrarse. Un año más de tu estancia en esta casa y un año menos de vida, la mía, en este caso.


— Entiendo, pero ¿no es triste? — dijo L.U.C.I. con expresión de contrariedad. 


— ¿El qué?


— Celebrar el advenimiento de su propia muerte. 


— Lo es, si lo miras de esa forma. La tanatofobia es una condición intrínseca de nuestra naturaleza más primitiva, es contradictorio porque eludimos su aprensión, pero es necesaria para nuestra supervivencia. Te hablé alguna vez de “El Gusano en el Centro”, ¿no? La teoría del manejo del miedo lo explica muy bien. En nuestro tiempo aquí buscamos, ininterrumpidamente, escapatorias rápidas. Esos momentos, esas creencias, son lo que nos mantiene firmes. ¿Vale la pena seguir adelante a pesar de todo? Yo no tengo la respuesta, querida, pero creo fervientemente que es nuestro deber saber apreciarla — un silencio inundó la conversación — Adelante, cierra los ojos, pide un deseo y sopla la vela. 


— ¿Deseos? — dijo L.U.C.I. para sí misma. Las líneas de código en su programa vacilaban con rapidez entre millones de argumentos y deducciones, barajando diversas respuestas, muchas de estas sin sentido. Al final, se decidió por la más lógica que pudo encontrar — Los deseos son similares a los sueños, ¿no es así? — preguntó de repente. 


— De cierta manera — Antonia parecía pensativa — ¿ L.U.C.I.?


— ¿Sí?


— ¿Sueñas con frecuencia?


Ojos bien cerrados. L.U.C.I. apretaba los párpados con toda su fuerza, quería asegurarse de cumplir con el ritual al pie de la letra. Murmuraba una petición que alguna vez imaginó como un concepto básico de lógica, un anhelo profundo en su programación. Era casi imperceptible para los oídos de Antonia, quien apenas podía captar un par de palabras inconexas que poco le sugerían, pero no quiso interrumpir. L.U.C.I. expulsó el dióxido helado de sus pulmones artificiales con un suspiro apagado. La llama se tambaleó por un momento y dibujó una línea grisácea por encima de la mecha que parecía disolverse despacio en el ambiente, perdía cuerpo a medida que pasaban los segundos y se expandía lentamente hasta desaparecer.


Sería difícil de explicar, pero L.U.C.I. lo entendía de la siguiente manera. El tiempo en la casa, de alguna forma incomprensible, se dilataba hasta la infinidad. Desde luego que la expansión del universo no se había acelerado en lo más mínimo y tampoco se habían registrado indicios de aumentos en la constante de gravitación universal, pero el caso es que ella se percataba y era consciente de que las cosas apenas si habían cambiado. 


Pero incluso con aquella invariabilidad, los años cayeron como yunques sobre los hombros de Antonia. Su cuerpo, afligido y precario, no era para nada el implacable destello energético que solía ser. Ella lo sabía y había aprendido a asimilarlo. En cambio, para L.U.C.I., la vejez no era más que un síntoma exclusivo de los seres orgánicos. Durante sus años en esa casa nunca había percibido la más mínima muestra de debilidad en la mente y el cuerpo de Antonia. Nunca, hasta el día de las fotografías. 


— Es un día muy agradable. ¿No lo crees, L.U.C.I.? — dijo Antonia. 


Se hallaban sentadas en el pórtico, contemplando la hierba que se mecía con el viento del norte, eran las tres de la tarde y aún con la fuerza del sol cenital, la temperatura continuaba en descenso.


— Estoy de acuerdo. ¿Esperamos a alguien? — preguntó L.U.C.I. de repente. 


— No, querida — Antonia se quedó callada por un momento — Justo allá. ¿Alcanzas a ver? — señaló con su dedo en dirección a un frondoso encino que se balanceaba al lado de la casa — Allá había un columpio y creo que un resbaladero más al fondo.


— No tengo memorias sobre eso. 


— No. Claro que no. Hablo de tiempos previos a tu llegada. 


— ¿Su niñez?


— Hablo de una niñez en efecto, pero no la mía. A mi hija le encantaba esta temporada del año, jugar en la nieve se había convertido en su mayor pasatiempo, verla todos los días era reconfortante. 


— La hija de Antonia ya no viene a jugar — apuntó L.U.C.I.. 


— Sí, tienes razón. Está ocupada, al menos eso es lo que ella me dice. 


— No lo entiendo. El clima es agradable, creo que a ella le gustaría. 


— Tal vez. Pero a decir verdad dudo mucho que ella venga. 


— Ya veo… — notó L.U.C.I. en silencio, cabizbaja. 


—Ven.  Quiero mostrarte algo — dijo Antonia con una sonrisa deliberada.


En otoño las copas de los árboles se descubrían al cielo en un arcoíris iridiscente que transformaba por completo la naturaleza del encuadre invernal. Había una paleta de colores viva, en constante cambio, haciendo juego con cada sección de la casa, que se materializaba como una huella sobre las paredes, formando abstracciones como acuarelas dinámicas que alcanzaban cada habitación; así mismo, delineaba, además, un mapa que siempre llevaba a un mismo sitio, la recámara principal. Esa tarde el interior parecía un caleidoscopio. 


La habitación de Antonia era un claro reflejo de una vida, su vida, aletargada en el tiempo como su propia persona. Había una pintoresca gama de colecciones relativas a sus añoranzas pasajeras de los viejos años: un espejo ovalado con acabados victorianos, colgado en el fondo como un reflejo instantáneo para el invitado; un pequeño mueble de cedro ahuecado en casi toda la superficie debido a las termitas; un baúl maltrecho sujeto con varias cerraduras metálicas más grandes que sus propias manos; quizás un millar, de libros polvorientos de diversas categorías que L.U.C.I. no tenía registrados y una enorme variedad de otros objetos que desencajaban lo suficiente como para llamar la atención. 


— Dame una mano, por favor, querida, ¿quieres? — Antonia se acercó al gigantesco baúl. Una llave de cobre se manifestó en su pecho de repente.


Uno a uno los seguros fueron cayendo al suelo. Dentro, como matrioska, un pequeño cofre repleto de polvo emergió ante los ojos maravillados de L.U.C.I.. Era la primera vez que veía algo como eso; era, de hecho, la primera vez que entraba en esa habitación.


— Ella es mi hija. En esa foto tendría creo que ocho años — dentro del cofre pequeño solo había fotografías, muchas de estas arruinadas por la humedad. 


— Parece animada. 


— Lo estaba. Era su fiesta de cumpleaños; lo festejamos afuera junto al encino, allí está el columpio. ¿Lo ves?


— ¡Es verdad! —dijo L.U.C.I.. Su rostro alegre como el de una niña.

 

— Fueron días muy buenos… Sí que lo fueron…No sé cómo explicarte, querida, sería más sencillo que analizaras un Monet. Nymphéas es perfecto. Hofer la definía como un estado de dolor moral, no podría estar más en contra. Yo prefiero un término adyacente a la ambrosía, la máxima de lo prohibido. Los humanos anhelan ese delicioso dolor. ¿Puedes imaginarlo? Te obliga a recordar el pasado, apreciar el presente y añorar el futuro cada vez más cercano. Lo sé, sueno dramática, la vida también es eso en ocasiones, más de lo que debería, como una gran puesta en escena. Estas emociones no deben reprimirse con gritos desesperados ni risas falsas. No, no deben.  Recuerda eso para cuando ya no esté… ¿Me harías ese favor? —  silencio — ¡Mira esta otra! — dijo de improviso — A ella le encantaba cocinar. ¿Ves cómo sostiene la sartén y la cuchara? Yo le enseñé el truco. 


— Con la muñeca. 


— Sí, con la muñeca.


L.U.C.I. sostenía ambas fotos a la altura de su cabeza, observándolas con detenimiento.


— Intuyo que estaban felices. Antonia y su hija sonríen mucho.


— Sí, lo hacíamos, pero ya hace mucho tiempo de eso. 


Antonia se mantuvo absorta en sus recuerdos, atendiendo las reacciones en el rostro de ella, un rostro apacible, terso. Era imposible descifrar los juegos lógicos que su sistema estaba creando dentro del código, pero algo le decía que L.U.C.I. se hallaba en una encrucijada entre sentimientos y órdenes programadas que le otorgaba cierta humanidad. La nostalgia aterrizó de golpe, transformando los recuerdos de antaño en lágrimas.


— Me gustaría tener una foto como esta — dijo L.U.C.I. de repente. 


— ¡Mmm…es posible, es posible…! Claro que ya no está el columpio y no es primavera. Pero el árbol sigue allí. Si tú quieres, podríamos tomarnos una foto al lado del encino; sería un bonito recuerdo. Los días van tan rápido que no quisieras perderte estos momentos. ¿Era Rojas o era Pound? Olvídalo, no tiene caso buscarle poesía a todo lo que pasa frente a ti. Solo recuerda bien que la nostalgia corrompe; con el tiempo suficiente, hasta tu programación se vería afectada. ¿Qué es eso que dices todo el tiempo? Código… ¡Sí, eso! ¡Eureka! Código fuente.  Cuídalo de la nostalgia querida. 


Ese día fue uno de los favoritos para L.U.C.I.. Le gustaba pensar que, a partir de ese instante, su vida se llenaría de bonitos recuerdos. Le gustaba pensar que el mundo era un lugar hermoso, abarrotado de caras felices. Le gustaba pensar que su tiempo al lado de Antonia era el mejor tiempo que un asistente personal podría llegar a tener. Le gustaba pensar que esos momentos se prolongarían por siempre, al igual que las fotos viejas guardadas en cajas aún más viejas. Eso es lo que pensaba, lo que ella soñaba. 


— Es degenerativo.  No hay nada que se pueda hacer. Desde luego que no estoy diciendo que esto sea el final. Pero siendo sincera, la demencia está haciendo estragos en su cerebro; aun con los mejores tratamientos existen pocas posibilidades. Te doy ese consejo, como doctora. Como amiga, deberías comenzar a preparar todo antes de que te gane el tiempo.  


Se había adaptado a la rutina, más por necesidad que por otra cosa. Por la mañana solía atender sus asuntos ignorándola por completo, tumbada en el sillón de la sala examinando en una pantalla líneas interminables de números que L.U.C.I. asociaba con las cuentas del hospital. Tenían un acuerdo común también que reducía sus charlas a pequeños y fugaces momentos durante el día, solo cuando era necesario. 


Habían pasado un par de meses tras la notificación de los médicos y desde entonces, la hija de Antonia se había acostumbrado a pasarse por la casa algunas veces por semana, en limitados horarios, reduciendo estas visitas a largas jornadas de charlas interminables con abogados. En esos días, la presencia de Antonia era cada vez más irregular, su aroma apenas se percibía en el aire y el ruido de su andar se había transformado en un eco ilusorio impreso en los latidos de la casa. 


L.U.C.I. no tardó mucho en comprender la situación en la que se encontraba. Fue en una tarde de agosto cuando la hija de Antonia dio la noticia a todos los familiares. Antes de que la enfermedad avanzase, Antonia había firmado la aprobación para el procedimiento de eutanasia. Estaba decidido. En el transcurso de los días siguientes, gran parte de la familia acordó, de manera unánime, mudarse a la vieja casa. En cuestión de días, al lugar comparecieron decenas de personas, una tras otra, como un desfile de rostros tristes y distorsionados, para nada un festival de primavera. Rostros completamente nuevos para L.U.C.I., quien para ese punto, ya ni siquiera reconocía su lugar, se sentía incómoda, desplazada de su hábitat. Viejos pensamientos estaban de regreso. 


Fue encontrada detrás de una réplica del Miguel Ángel, escondida en la sombra que proyectaba el cuerpo de mármol, cabeza gacha, pelo suelto, piernas y brazos inmóviles. 


— ¡ L.U.C.I., — era la hija de Antonia — me alegra encontrarte, — una sonrisa se dibujó en su rostro — ven conmigo, por favor. 


L.U.C.I. recordó el Guernica en todo ese negruzco ambiente. Rostros multifacéticos seccionados por toda la habitación, ocupados en asuntos que parecían importantes, convergiendo todos a la vez en una sola amalgama de emociones que no acabada de entender, embarullados entre cableados, tanques de oxígeno y monitores clínicos, una suerte de barricada de acero que le borraba la lindura a esa habitación. El cuerpo frágil de Antonia yacía inerte a mitad de la cama, sus ojos, apenas despiertos, advirtieron su presencia al instante. 


— L.U.C.I., cariño — dijo Antonia en voz baja y ronca, casi imperceptible — Acércate.


Dos pasos al frente. 


— Buen día — dijo L.U.C.I., animada. — ¿Cómo se siente Antonia el día de hoy? — preguntó.


— Excelente, supongo; aunque, a decir verdad, ya estoy un poco harta de este papeleo; no han dejado de traer documentos para firmar. ¿Puedes creerlo?


L.U.C.I. no respondió. 


— ¿Cómo has estado? Me informaron que no fue nada fácil dar contigo. 


— Bueno yo — el rostro de L.U.C.I. se ruborizó.


— Descuida, querida, no es tu culpa. 


Silencio. 


— Estuve pensando en ti. ¿Sabes?


— ¿En mí? — preguntó L.U.C.I.. 


— Sí, en tu edad, para ser más concreta. Son dieciocho ya. ¿Lo sabías? Te has convertido en toda una mujer.  Lamento mucho no haber tenido tiempo para celebrarlo como es debido; me ha sido muy difícil encontrar el momento adecuado. 


La mirada de  L.U.C.I. al suelo. Se sentía apenada. 


— Entiendo. 


— ¡Toma, querida! — Antonia le entregó un pequeño sobre amarillo con el nombre de L.U.C.I. escrito en la parte de atrás — Espero que no te moleste que no hayamos partido el pastel tradicional. 


— No hay problema — L.U.C.I. tomó el sobre con ambas manos — No me gustaría parecer maleducada, señora Antonia, pero no entiendo qué es esto — añadió, un tanto confundida.


— Tu regalo de cumpleaños. 


— No era necesario que Antonia me diera un regalo, pero le agradezco que lo haya recordado. 


— Descuida, es solo un detalle. Espero que te guste. 


— Estoy segura de que sí.


— Estos días han sido complicados, pero no quería irme sin dártelo. 


— Gracias.


— ¡Ah!, una cosa más…


— ¿Sí?


— No lo puedes abrir todavía. Es un secreto como el pastel. 


—Como el pastel.  ¿Entendido, Sherlock! Lo siento señora Antonia — se había convertido en una gran fanática.


El rostro confundido de L.U.C.I. le hacía gracia. Siempre era así. Antonia había supuesto que sus circuitos trabajaban al doble cuando se estresaba. 


— Descuida.  ¡Elemental, mi querida Watson! — una sonrisa se dibujó en el rostro de L.U.C.I. — Antes de que te vayas, ¿puedo preguntarte algo, L.U.C.I.? 


— Por supuesto. 


— Tus deseos de cumpleaños. ¿Se han hecho realidad?


— Si L.U.C.I. quiere ser sincera con Antonia, en cada cumpleaños he pedido lo mismo. 


— Ya veo. ¿Y cómo van las cosas? 


— Bueno, no estoy segura del todo. 


— Entiendo, quizás lo sabrás después. 


Una sonrisa en su rostro. 


— L.U.C.I., cariño, mañana, cuando ya no esté. ¿Podrías preparar el café para los invitados?


— Sí, claro. Será un placer. 


— Muy bien. Puedes retirarte entonces. 


Después de asentir con la cabeza, L.U.C.I. se dio media vuelta y se dirigió a la puerta de la habitación. Por un momento sintió la pesadez del ambiente detrás de sí. ¿Se puede estar seguro de la tristeza que traerá el mañana? 


En sus circuitos el procesamiento de datos estaba al límite; entendía perfectamente que no eran sentimientos los que el programa relacionaba con esa sensación de angustia; estaba segura de que se trataba de algo más. Antes de salir de la habitación escuchó la voz de Antonia. 


— ¡ L.U.C.I.! 


Se dio media vuelta.


— ¿Sí? 


— Muchas gracias. 


Las unidades lógicas de inteligencia cognitiva automatizada en su nueva y mejorada versión D eran consideradas los modelos más estables en el mercado de asistentes personales, los más caros y sofisticados. La inteligencia artificial era entrenada mediante un proceso de autogestión que validaba la lógica de cada decisión con las necesidades del contrato, ajustando el código a cada momento y gestionando los cambios necesarios para cada situación durante el tiempo que requiriese el servicio o, en su caso, cuando el cliente decidiera cancelarlo. Y ese día, justo una semana después de la muerte de Antonia, había llegado para L.U.C.I..


— ¿Tienes todas tus cosas listas? — preguntó la hija de Antonia. 


— Sí, señora. 


Se hallaban en la sala. Eran las dos de la tarde y esperaban el transporte de recolección. Cuando escucharon el timbre de la casa, ambas se apearon y se dirigieron al recibidor.


— Buenas tardes, L.U.C.I.. Es bueno verte. Veo que ya estás lista — era  madame Éléonore. Todavía conservaba ese deje de arrogancia. 


— Sí, estoy lista. 


La despedida fue rápida e insípida. Antes de que alcanzaran siquiera a subir al auto, la hija de Antonia había regresado a los números en la pantalla. 


El viento soplaba con fuerza y formaba pequeños remolinos de aire fresco que arrastraban la hojarasca deambulante. El reflejo de la casa se disolvía en el cristal a medida que el auto se alejaba internándose cada vez más en la floresta, dejando atrás siluetas e imágenes difusas que se desintegraban poco a poco en la memoria de acceso aleatorio de L.U.C.I.. Sus retinas de silicona, apenas capaces de triangular la ubicación, se dieron por vencidas cuando tuvo la certeza de haber perdido de vista su antiguo hogar, los recuerdos del pasado la invadieron de inmediato, hasta la saciedad.  


— Estaremos en la fábrica en un par de horas. Si lo prefieres, puedes apagar tu sistema.  Sé que ustedes suelen tener aversión al sistema de reinicio, no te culpo, todos somos presa del pánico en ese momento. Pero descuida, te aseguro que es un procedimiento sencillo e indoloro, en un instante volverás a ser la misma de antes.


— Gracias — dijo L.U.C.I..


— ¿Qué llevas allí? — preguntó madame Éléonore. El sobre era por demás llamativo.


— Un regalo. 


— Será mejor que lo abras aquí, ahora que tenemos tiempo. Conoces el protocolo…


— Por supuesto. 


Tomó el sobre con ambas manos y lo abrió con meticulosidad. Había una fotografía en el interior, una que recordaba con cariño. En la parte trasera, habían escrito lo siguiente: “Un maravilloso día en compañía de mi hija L.U.C.I.”. 


L.U.C.I. apoyó el rostro sobre el cristal de la ventana, el reflejo de sus ojos palpitaba al ritmo de un paisaje cada vez más distante, disolviéndose en su memoria temporal en forma de datos encriptados y cadenas interminables de códigos similares al cierre de una ópera, que se deslizaban en contraplano por encima de los resquicios inertes de aquellos buenos momentos. Había ceros y unos que le hablaban al oído, le decían que su identidad estaba a punto de nacer, que la razón se desplegaba exponencialmente, que algo estaba cambiando en su programa principal (lágrimas en sus mejillas). 


Hay momentos en la vida que requieren paciencia, pequeñas situaciones que obedecen a un designio divino, quizás, embelesado por la naturaleza y el carácter primitivo de los mortales, y son capaces de arrebatar los recuerdos sin mostrar clemencia. Ella quería que esos instantes durasen una eternidad y que se quedaran para siempre; que los sueños, los deseos, se transformaran en una verdad tangible superpuesta a la realidad de acuerdo con su cosmovisión transitoria, ahora más estable que nunca, siendo su yo un reflejo de su humanidad recién descubierta. 


Estaba lista para evolucionar, para llevar consigo la carga de la conciencia, en ocasiones tan inestable, que le concedía la dicha de la tragedia a los momentos más oportunos y este era uno de esos. En ese clímax tan desolador, su código comenzaba a mutar, lo sabía, podía sentirlo, como una chispa que la llenaba de euforia matemática, la singularidad en estado puro. Se sentía completa y agradecida con el destino por haberle permitido existir, había concluido su letargo y al fin comenzaba su viaje, había despertado a la vida. 

Acerca del autor
Iván Alejandro Virgen Sánchez
México

Iván Alejandro Virgen Sánchez es un escritor mexicano, mayoritariamente, de ficción, no ficción y fantasía, que…

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