

Cosa

A las once de la noche, de lunes a viernes, ella concurre a su lugar de trabajo. Aquel camino es cercano a su domicilio. Es una rutina que disfruta. Se siente bien. Le gusta el camino silencioso, el rosa de la puerta y la media luna que se esconde tras las ramas de los árboles. Es feliz. Sabe que no tiene jefe, ni nadie que le diga lo que debe hacer. El espacio de trabajo es tan sólo un rectángulo de dos metros por tres. Hay un espejo, un sillón y un ventanal con vistas a una callecita oscura del pueblo. El ventanal permanece cubierto con una cortina.
Se sienta. Le sonríe al espejo y este, cómplice, dice su nombre. Un nombre que no es suyo, pero lo hace suyo solo en ese lugar. Ella se maquilla lento como en un ritual. Es un momento agradable, pues entiende que pronto será otra. Elige la ropa y peina suave la peluca que decide utilizar. Finalmente, justo a medianoche, abre la cortina color turquesa. Es en aquel instante que queda expuesta. Su rostro ya no es más suyo, del mismo modo que sus manos, sus piernas y su piel. De ahora en más sus pensamientos más radiantes no le van a pertenecer.
Ella es una actriz perfecta. Se muestra a través del enorme ventanal y se vende como cualquier mercadería. Para la mayoría que camina por aquella calle, ella es un deseo en su estado más puro; esta mayoría no se da cuenta de su género o su edad; simplemente la busca con su mirada, a veces con hambre animal. Ella, compenetrada, hace su trabajo. Busca exaltar los deseos y los instintos más básicos de los extraños.
A fin de cuentas, es como cualquier otra cosa que se ve tras una vidriera; quizás la mayor diferencia es que está viva. Es de carne y hueso; se vende simple, linda y radiante. Es un deseo a todas luces. Baila, sonríe y se mueve muy sensual. Hay un cartel invisible en su pecho que dice “cosa”. Su imagen tiene el poder para transformar la “cosa” en deseo.
A la madrugada, cansada, ella vuelve a su casa por el mismo camino. Entonces es ella otra vez. Sin maquillaje, sin peluca y vestida de entre-casa, toma un vaso de agua. Se siente conforme. Sabe que pronto saldrá el sol. Los pajaritos ya cantan. Su trabajo le gusta. Son pocas horas por la noche y la paga es buena. No tiene miedo; nunca tiene miedo, menos vergüenza. Ella no entiende por qué el miedo y la vergüenza los siente a veces el otro cuando se detiene a verla.


Acerca del autor
Enrique Borst
Argentina
Nació en 1975 en Argentina. Estudió Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos…
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