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Brevísima historia del vampirismo en Cartagena

Los no-muertos no son cosa nueva en nuestra ciudad. La Colonia, de hecho, fue financiada por los líderes vampiros europeos para establecer una base de operaciones en América, puesto que Europa se estaba quedando pequeña para su hambre. Desde aquí adquirían nuevos sacrificios para saciar su sed y expandir su enfermedad por el resto del territorio, estableciendo prósperas semillas en lo que después se llamó Colombia. 


De esta época provienen las más antiguas familias de vampiros de nuestro país, venidas de casas solariegas del País Vasco, Asturias, Castilla la Vieja, Sevilla, Génova. Actualmente residen en el altiplano bajo otros nombres. Pero llegó un punto en que los indígenas no podían satisfacer el deseo de los virreyes y marqueses.


Fue entonces cuando la Corona salvó a la dinastía rediviva en Colombia: autorizó la compra de esclavos negros. Así, Cartagena se convirtió en un inmenso mercado a cielo abierto donde los ilustres no-muertos compraban, vendían e intercambiaban esclavos como si de cortes de carne se tratara. Un tierno ejemplar igbo por acá, una delicia yoruba por allá, un purasangre mandinga de postre… innumerables vidas se perdieron en las haciendas, cultivos y casas de la nobleza. 


Si a un grupo de negros se le ocurría defenderse, ayudados por los hechizos y sortilegios de su África natal, ayudados por los amuletos de Yemayá y Babalú Ayé, los soplones e inquisidores acababan con toda resistencia. Y así el banquete podía continuar. 


Los años posteriores a la independencia fueron angustiosos para la nobleza vampírica. La mayoría tuvo que cambiar de identidad. La cantidad de alimento disminuyó notablemente. Muchos prefirieron morir de inanición antes que arriesgarse a cazar indignamente como vampiros salvajes. Otros emigraron a distintas zonas del país o del mundo. 


Pronto, la inestabilidad de Colombia se reveló como una oscura bendición. Había muertos, muertos y más muertos, desperdigados por todo el territorio. Las guerras civiles, la peste del cólera, la Guerra de los Mil Días, la violencia, la guerra eterna de guerrillas y paracos. Todo ello permitió que los chupasangres continuaran activos en el país bajo otras ocupaciones: coroneles, capitanes, médicos, senadores, sicarios…


Cartagena languideció en el olvido durante años. Pero en los arrabales, en los picós y los caños oscuros, grupos de no-muertos se mantuvieron ocultos en la oscuridad, alimentándose de los despojados, los desplazados, las putas, los locos, los niños, los olvidados. Nadie los buscó. Nadie se acordó de ellos cuando sirvieron de comida para los espectros.


Pero desde hace algunos años, gracias a la labor incansable de nuestra clase alta vampírica, en Cartagena se ha establecido una próspera industria para los chupasangres. Los vampiros ya no solo provienen de nuestro país, sino que llegan en bandadas desde el extranjero. Hordas de entes pálidos y dorados, altos y sonrientes, arriban todo el año, todos los días. Con la puesta del sol, salen en manada por las callejuelas viejas, los mercados, los hoteles, los bares, los clubes, y se alimentan de la carne local. Se desparraman como ratas blancas entre las callejuelas, como virus a través de un cuerpo. Compran, venden, degustan, chupan, matan si les da la gana. 


En esta ocasión, sin embargo, la invasión no es recibida con terror: es bienvenida. Los habitantes de la ciudad, ganado de matadero, reciben con sonrisas y brazos abiertos a los no-muertos; exhiben sus cuellos vírgenes y los invitan a entrar a sus hogares, siempre riendo y bailando para ellos. Se habla de un nuevo centro de tecnología vampírica, de hoteles, islas y ciudadelas exclusivas para ellos y de cultos que les rinden pleitesía; se incentiva el gasto de los no-muertos con eventos, fiestas y simposios. En todos los callejones se habla la lengua del invasor.


Creo que, en algunos años, no se podrá caminar por el centro sin pisar charcos de sangre.

Acerca del autor
Sebastián González Sierra
Colombia

Nacido en Cartagena y criado en Bogotá. Comunicador audiovisual y multimedios por la Universidad de La…

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