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“Yellow Submarine” en el noveno círculo

Solo llevaba tres años en el infierno cuando Lucifer se fijó en él por primera vez. Luego de ascender hasta el cuarto círculo para revisar su obra, el gran demonio vio a aquel hombre grueso, de cabellera negra y de barba tupida, moviendo una inmensa roca con los ojos cerrados y una sonrisa en el rostro mientras tarareaba algo. “¡Ni Sísifo!”, pensó el gran señor de los infiernos, algo irritado. 


— Pluto, tráeme a ese — dijo Lucifer, mientras señalaba al hombre — Lo mandaremos al quinto círculo. Arráncale los brazos y que allá abajo se los cosan, y que así lo repitan durante mil años.


Cierto día, pasados cuarenta y cinco años, Lucifer, acompañado de varias furias, avanzaba por el quinto círculo escuchando la hermosa cacofonía de lamentos. Llegado a la mitad del camino, en el inmenso lodazal, escuchó un solo ruido, suave y ajeno, que rompía la caótica paz del infierno.


—¿Qué es eso? — le preguntó el señor del mal a una de las furias.

— Es ese hombre de barba, gran amo. Lleva veinte años silbando melodías sin parar. Lo hemos hundido en el lodo y le hemos arrancado las extremidades, pero ninguna tortura en este círculo lo hace detenerse. Cuando lo interrogamos, mencionó algo sobre sindicalizarnos. 


El señor demoníaco le hizo un gesto a la furia para que guardase silencio. Acto seguido observó atentamente al hombre.


— Que le arranquen la lengua, que lo tomen del pescuezo y que lo tiren al séptimo círculo.


Pasados más de dos mil quinientos años, Lucifer abandonó su trono para visitar el tercer anillo del séptimo círculo. Alarmados, los centauros daban vueltas y hacían sonar las campanas para dar aviso al gran amo tenebroso.


— ¿Qué está sucediendo aquí?


— Gran amo, es ese sujeto lleva treinta y cinco años tarareando sin parar, moviendo la cabeza. Lo hemos hundido en la arena, le hemos cosido los labios, le hemos arrancado la quijada, pero no hemos podido volver a doblegar su voluntad.


—¿Volver a doblegarla?


— El tipo empezó a tararear y bailar desde que llegó aquí, mi señor. Las torturas lo hicieron callar durante siglos, pero desde hace varios años sigue cantando sin que nadie lo pare; no quisimos desterrarlo sin su autorización.


— Oye, tú — le gritó Lucifer al hombre. Este decidió ignorarlo y siguió tarareando.


— Te estoy hablando. Abre los ojos — volvió a decirle Lucifer. El hombre se mantuvo en su tarareo.


El amo del mal chasqueó los dedos y los párpados del hombre comenzaron a derretirse. Este dejó escapar agudos alaridos, pero pasados varios segundos, comenzó a tararear nuevamente. 


— ¡Habla! — le ordenó Lucifer, a la par que con un gesto le detenía la cabeza.


— Ujum, jum, jum, jum, jum — le respondió el hombre.


Con otro chasquido, Lucifer le restauró la garganta, las cuerdas vocales y le descosió la boca. El hombre empezó a cantar inmediatamente.


¡In the town where I was born, lived a man who set the seals!


— ¿Qué cantas? — le preguntó Lucifer.


Yellow submarine, de los Beatles.


— Lo estás cantando mal, esa no es la letra — le respondió uno de los centauros. Lucifer volvió su cabeza hacia él con una mirada asesina, y el centauro dio dos pasos para atrás, mientras agachaba la cabeza.


— ¿Cómo que esa no es la letra? ¿Entonces cómo es?


¡Who sailed the sea! — le gritó otro de los centauros, que se encontraba más alejado — Es sailed, de navegar, y no es seals.


— ¿Cómo que no es set the seals? No llevo cantando mal tres mil años.


— Llevas acá dos mil quinientos cuarenta y dos años, zopenco. Además, yo se la he escuchado a Ringo Starr, que está en el…


— ¡A callar! — gritó el gran amo, a la par que con su mirada evaporó al centauro y lo volvió a hacer aparecer en el calcinante mar de arena. Este empezó a hundirse mientras gritaba horrorizado.


— Pfff, ese no sabía nada — dijo el hombre.


— Tú también calla, alma en pena. Contéstame, pecador, ¿cómo es que no te hundes en la arena y, lo que es más, no chillas de agonía ante semejante tortura?


— Ah, eso es fácil: ya me acostumbré — dijo el hombre con una sonrisa. Lucifer creyó ver algo de socarronería en ella. Hacía milenios que el señor de los infiernos no se había encontrado tan irritado. —Además, flotar aquí no es muy difícil; uno va moviendo los pies de a poquito y con buen ánimo va subiendo. Me costó quinientos años y me hundí muchas veces, pero es un poco de buena fe cristiana también, ¿no?


— ¿Te… acostumbraste… pequeño humano?


El hombre miró hacia arriba, dubitativo por unos instantes, hasta que finalmente respondió: 


— Pues sí, creo que sí.


— Ser nauseabundo, sería muy fácil para mí deshacer tu existencia por completo; ocultarte en el más profundo mar de magma; enterrarte en el más apretado cajón; arrebatarte los pulmones, para que no puedas volver a tararear nunca más canciones de John Lennon. 


— ¡Primero que nada, la canta Ringo! — le interrumpió el hombre.


— ¡A callar! — Lucifer le desapareció la tráquea y le cosió la boca.


— Te daré la más grande de las torturas. Verás tu voluntad doblegada. Vendrás conmigo al noveno círculo del infierno, donde te masticaré por toda la eternidad.


El hombre empezó a mirar hacia arriba, mientras agitaba la cabeza y los ojos de extremo a extremo como queriendo decir algo.


— ¡Habla por última vez! — Lucifer le devolvió las partes de su cuerpo.


— ¡Oye, Luci! Y si estás aquí en este momento, ¿quién está masticando a Judas y a los otros?


Todos en el séptimo círculo guardaron silencio. Por unos instantes, uno de los centauros no pudo contener la risa. De un chasquido, Lucifer lo mandó a las arenas.


— Uff, ahí va otro. Ya les dije que se sindicalizaran — dijo el hombre.


— ¡Cállate ya! — gritó Lucifer. El infierno entero comenzó a temblar.


El demonio comenzó a batir sus inmensas alas y voló hasta el hombre. Posó sus piernas sobre los hombros de este; con sus brazos lo tomó de la cabeza. Mientras el hombre chillaba de agonía, el demonio le jaló el cráneo hasta desprendérselo junto con la columna vertebral. 


El hombre dejó de cantar.


Quinientos treinta y seis mil noventa y dos años después, Lucifer, sentado en su trono, mientras masticaba y trituraba una y otra vez los cuerpos de los traidores, comenzó a escuchar un leve chasquido que se asomaba por encima de los gritos y lamentos.


Plam, Plam…


El señor de los infiernos miró hacia todos lados.


Plam plam plam… 

Plam plam plam… 

Plam plam plam.


Siguió masticando, esta vez lentamente. Solo en ese momento, se dio cuenta de que, desde hacía varios milenios, venía escuchando un grito menos.


Plam, plam, plam… 

Plam plam plam…


— ¡Qué mierda! — gritó e inmediatamente, con los dedos, sacó una cabeza y una vértebra de su boca y los colocó en el suelo.


La cabeza se movía y chocaba contra el suelo, formando una especie de ritmo.


Lentamente, Lucifer se pasó las manos por la cara. Después de breves instantes, con un chasquido recompuso el cuerpo del hombre. Este, enseguida, siguió cantando.


— ¡And he took, beneath the waves, in a yellow submarine!


— Otra vez tú…


— ¡Hola, Luci…!


— ¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos, alma condenada?


— No lo sé, pero ya he cantado todo Sargeant Peppers y Abby Road unas cien mil veces, así que van por lo menos…


— ¿Por qué te empeñas en esto? ¿Cómo te sobrepones al más grande castigo en la eternidad?


— Uhmmm — el hombre se cruzó de brazos — No sé, me gustan mucho los Beatles.


— ¡Ni siquiera sabes las letras! ¡Además, esa canción ni siquiera es de esos álbumes! — gritó Lucifer.


— ¡Ah, entonces te hacías el que no te gustaban los Beatles, eh, picarón?


Por primera vez, en la historia de la eternidad, el príncipe del mal se había quedado sin palabras. Después de mucho pensar, dijo:


— Bueno, voy a hacer algo que nunca había hecho.


Y el hombre comenzó a sonreír.

Acerca del autor
Sebastián Andrés Mayor Molinares
Colombia

Soy Sebastián Andrés Mayor Molinares (1995 -  ), Ingeniero de Sistemas graduado de la Universidad del…

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