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Los restos del jardín soñado

En un antiguo y no tan lejano reino, heredó el mando un joven soñador que era aficionado a los jardines. En sus primeros días de gobierno, planteó a sus tutores principales la necesidad y los beneficios de construir un enorme parque para disfrute de los súbditos, que incluyera un gran lago artificial, riachuelos y cascadas; parterres de flores; árboles de todo tipo; arbustos decorativos; laberintos de setos; muros de piedra donde hubiera profusión de hiedras floridas, plantas ornamentales y exóticas; caminerías y pérgolas; y rotondas perfumadas por rosas y jazmines. En definitiva, espacios generosos para el esparcimiento, para el ocio y disfrute de la población. Quería, en pocas palabras, el mayor y mejor jardín del mundo.


Sus asesores asintieron, cavilaron largamente y recomendaron abstenerse: la cuantía de los recursos necesarios para la construcción de aquel parque excedía en mucho las existencias del reino; se requerían muchos hombres para trabajar, comida y bebida para mantenerlos; habría que acceder a mercancías y materiales. Nada que por el momento estuviese al alcance.


El joven regente receló de los consejos, mas no se amilanó por los obstáculos. Tenía que conseguir aquella ventaja que le permitiese construir su sueño. Así, decidió invadir a su más inmediato vecino:  bajó la edad permitida a los soldados, aumentó impuestos, redujo ayudas, armó un ejército y declaró la guerra.  


El país fronterizo presentó más resistencia de la esperada; se extendieron las batallas a días; los enfrentamientos, por semanas; los movimientos de los ejércitos duraron meses; la guerra permaneció por años. Hubo muchos muertos, mucho sufrimiento para ambos bandos.


Finalmente, el rey alcanzó el triunfo: consiguió los esclavos necesarios, los recursos requeridos, exigió impuestos importantes al país dominado y también al suyo propio. Y comenzó por fin la construcción del parque.


La obra avanzó con cierta rapidez. Trajeron rocas coloridas del oeste y árboles frondosos desde el norte. Sembraron flores exóticas del sur que parecían pájaros y, del oeste, habituaron pájaros que parecían flores. Excavaron lagunas y movieron colinas. 


Pronto la magnitud de la construcción agotó las existencias; se acabó la carne y luego el trigo; se sublevaron los trabajadores y luego los esclavos.


El rey decidió conseguir lo necesario y emprendió la conquista de otra región.


Este nuevo país presentó más resistencia de la esperada: se extendieron las batallas por días; los enfrentamientos por semanas; los movimientos de los ejércitos duraron meses; la guerra permaneció por años. Hubo muchos muertos, mucho sufrimiento para ambos bandos.


Conseguida la victoria, nuevamente el rey prosiguió la construcción del parque, aplanó pequeñas montañas y produjo otras, perforó pozos y erigió fuentes ornamentales, sembró palmas y arboledas; las bellas vías empedradas describían un camino sinuoso y apacible hacia el éxito.


Una vez más escasearon los materiales y, enseguida, los alimentos. Los esclavos morían a diario por decenas y otros tantos escapaban; los contratados a sueldo desistían incluso sin reclamar salarios atrasados.


Nuevamente, el rey atacó, esta vez, una provincia del norte. Esta presentó más resistencia de la esperada; se extendieron las batallas a días, los enfrentamientos por semanas, los movimientos de los ejércitos duraron meses, la guerra permaneció por años. Sangre y tumbas costó el triunfo. Hubo muchos muertos y mucho sufrimiento para ambos bandos.


Vencedor una vez más, el rey reinició los trabajos para la construcción del gran lago. Las diferentes partes del inmenso jardín estaban avanzadas; a pesar de la falta de finalización, se evidenciaba aquí y allá la belleza de la concepción, la hermosura de los diseños, la delicadeza de los detalles. 


El anciano rey no vería los acabados de la obra; fallecería mucho antes de completarla. Tras su desaparición, el impulso de los trabajos fue decayendo; no hubo continuación y, al poco tiempo, comenzó el deterioro. 


Aún persisten sectores desperdigados por un área en parte urbana, en parte rural, de lo que fue aquella notable ciudad. Quienes pasean por sus pisos escaqueados, contemplan sus incompletos mosaicos; cruzan temerosos por pequeños puentes de rotas barandas; relatan que hubo un gobernante de épocas anteriores que regó con sangre los suelos de la patria y su tiempo fue de dolor y de luto; sin embargo, casi nadie concibe de dónde proceden los restos del colosal parque.

Acerca del autor
Antonio Márquez Fontán
Venezuela - España

Fecha de nacimiento, 03 DE OCTUBRE DE 1963.

La Coruña, España. Escritor hispano – venezolano, Ingeniero…

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